Soria y unos “fierros” muy particulares
Tórrido y furioso fue para el grueso de los argentinos el verano de 2002. Convencido de que no tenía mucho tiempo, Eduardo Duhalde se empeñaba desde pocas horas antes en juntar los escombros del poder político del país. Y, si podía, hacerlos cuajar en alguna forma de mando. Muy temprano llamó a su amigo Carlos Soria, diputado nacional. –Vení, tenemos que hablar… Y el rionegrino partió para Olivos por el bajo de Buenos Aires tras bordear una plaza en la que se cuarteaba la sangre que costó la estampida de la Alianza. –Carlos, serás el jefe de la SIDE. –Pero Eduardo, yo… –¡No estoy para que me rompan las pelotas, “Gringo”. Todo apremia, no me vengas con remilgos… ¡Rajá, juntá ideas, averiguá… no sé, tema tuyo! –escuchó Soria. Y clavó tacos. El mundo de la SIDE no le era ajeno. Lo conocía desde los días por entonces no muy lejanos en que lideró la Comisión Parlamentaria de Seguimiento de las Investigaciones a los Atentados de la Embajada y AMIA. También, por haber sido varios meses ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires tras la carnicería de Ramallo. Y Soria arrancó. Todos los días, durante cinco meses, siguiendo un clásico en la rutina de un presidente, a las 6:30 de la mañana Soria salía de la SIDE y cruzaba la avenida Rivadavia. Entraba a la Rosada e informaba a Duhalde sobre todo lo sucedido en el país en las horas últimas. Luego, a seguir pispeando un país que estaba muy caliente. Un día comenzó a recorrer instalaciones dispersas de la SIDE por Capital Federal. Un anochecer lo llevaron a un depósito inmenso. –Con esto nos disfrazamos para saber cosas de uno, de otros –le dijo un veterano de ese mundo que hace al control de la sociedad. Y Soria se quedó perplejo. Ante él, limpios, listos para “a trabajar que para eso nos pagan”, había docenas de motos que simulaban inocentes delivery de pizzas, taxis, remises (todos de empresas inexistentes), camionetas térmicas con publicidad del “mejor pollo del país”, combis, ómnibus, camiones pesados y livianos. Y todo, inexorablemente todo ese parque, luciendo antenas chicas, agujeros en sus carrocerías para filtrar una lente, micrófono y una larga lista de etc., etc. –Y bueno jefe, si hay que espiar hay que disimular, ¿no? –le comentó el guía del periplo… (CAT)
Tórrido y furioso fue para el grueso de los argentinos el verano de 2002. Convencido de que no tenía mucho tiempo, Eduardo Duhalde se empeñaba desde pocas horas antes en juntar los escombros del poder político del país. Y, si podía, hacerlos cuajar en alguna forma de mando. Muy temprano llamó a su amigo Carlos Soria, diputado nacional. –Vení, tenemos que hablar... Y el rionegrino partió para Olivos por el bajo de Buenos Aires tras bordear una plaza en la que se cuarteaba la sangre que costó la estampida de la Alianza. –Carlos, serás el jefe de la SIDE. –Pero Eduardo, yo... –¡No estoy para que me rompan las pelotas, “Gringo”. Todo apremia, no me vengas con remilgos... ¡Rajá, juntá ideas, averiguá... no sé, tema tuyo! –escuchó Soria. Y clavó tacos. El mundo de la SIDE no le era ajeno. Lo conocía desde los días por entonces no muy lejanos en que lideró la Comisión Parlamentaria de Seguimiento de las Investigaciones a los Atentados de la Embajada y AMIA. También, por haber sido varios meses ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires tras la carnicería de Ramallo. Y Soria arrancó. Todos los días, durante cinco meses, siguiendo un clásico en la rutina de un presidente, a las 6:30 de la mañana Soria salía de la SIDE y cruzaba la avenida Rivadavia. Entraba a la Rosada e informaba a Duhalde sobre todo lo sucedido en el país en las horas últimas. Luego, a seguir pispeando un país que estaba muy caliente. Un día comenzó a recorrer instalaciones dispersas de la SIDE por Capital Federal. Un anochecer lo llevaron a un depósito inmenso. –Con esto nos disfrazamos para saber cosas de uno, de otros –le dijo un veterano de ese mundo que hace al control de la sociedad. Y Soria se quedó perplejo. Ante él, limpios, listos para “a trabajar que para eso nos pagan”, había docenas de motos que simulaban inocentes delivery de pizzas, taxis, remises (todos de empresas inexistentes), camionetas térmicas con publicidad del “mejor pollo del país”, combis, ómnibus, camiones pesados y livianos. Y todo, inexorablemente todo ese parque, luciendo antenas chicas, agujeros en sus carrocerías para filtrar una lente, micrófono y una larga lista de etc., etc. –Y bueno jefe, si hay que espiar hay que disimular, ¿no? –le comentó el guía del periplo... (CAT)
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora