Sueños anacrónicos
Por motivos ideológicos, ya que a su entender el campo siempre ha sido un criadero de terratenientes oligárquicos de mentalidad reaccionaria, los radicales, peronistas y afines, entre ellos los militantes kirchneristas, quisieran que la Argentina contara con un sector industrial fuerte, lo que le permitiría dejar de ser un país agroexportador. Los argumentos que, desde la segunda mitad del siglo XIX, esgrimen quienes piensan así son convincentes. A diferencia del campo, la industria puede crear muchísimos puestos de trabajo, a la larga produce más riqueza y estimula el desarrollo del capital humano de la sociedad. Sin embargo, aunque todos los gobiernos nacionales, entre ellos los encabezados por los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, se han comprometido a privilegiar la expansión de la industria, los resultados de sus esfuerzos han sido llamativamente mediocres. Como suele suceder al agotarse un “modelo” supuestamente industrializador, de los que el de “matriz de acumulación diversificada con inclusión social” reivindicado con vehemencia por Cristina es sólo el más reciente, el país depende aún más que antes de las exportaciones agrícolas. De no haber sido por el aumento imprevisto, para nosotros muy oportuno, del precio internacional de la soja, el país no se hubiera recuperado macroeconómicamente de la crisis que siguió al colapso de la convertibilidad. Por cierto, la raquítica industria nacional no estaba en condiciones de aportar el dinero que el gobierno kirchnerista necesitaba para financiar los planes sociales que tanto lo ayudarían a consolidarse. Según las estadísticas difundidas por el Indec, la producción industrial está en recesión desde fines del 2013. Todas las medidas proteccionistas que se han ensayado, en especial las ordenadas en su momento por el entonces secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, con el propósito de revertir la tendencia negativa han resultado contraproducentes, ya que tanto en nuestro país como en la mayoría de los demás las fábricas locales no pueden funcionar sin insumos importados. También ha incidido el proceso de desindustrialización que afecta a virtualmente todas las economías del mundo –en este ámbito, la alemana constituye una excepción acaso pasajera–, al cobrar cada vez más importancia relativa el conjunto heterogéneo de actividades habitualmente calificadas de “servicios”. Sea como fuere, no cabe duda de que, a pesar de más de un siglo de retórica a favor de la industrialización, la Argentina sigue dependiendo de la evolución de los precios de sus recursos naturales en los mercados mundiales, lo que no sería el caso si fueran más competitivas no sólo las empresas industriales sino también las vinculadas con los servicios. Puesto que parece probable que en los años próximos tales precios sean inferiores a los registrados en el transcurso de la “década ganada”, las perspectivas inmediatas distan de ser alentadoras. No es ningún secreto que los miembros principales del gobierno actual, comenzando con la presidenta, se resisten a abandonar ideas que estaban de moda en el mundillo universitario de los años setenta del siglo pasado, ideas que, para más señas, les aportaban “revisionistas” resueltos a desenterrar ciertos proyectos decimonónicos que a su juicio habían frustrado los liberales. Si bien se creen progresistas los kirchneristas y otros que, cuando de la economía se trata, comparten sus opiniones, la verdad es que son conservadores que sueñan con volver al siglo XIX a fin de reencontrar el camino que según ellos el país debió haber emprendido. Sin embargo, puesto que no podremos modificar el pasado, convendría que los dirigentes políticos procuraran actualizar su pensamiento para que la Argentina pueda enfrentar desafíos socioeconómicos que son radicalmente distintos de los de otros tiempos. La Argentina nunca será la gran potencia industrial soñada por los obsesionados por lo que sucedió o no sucedió casi dos siglos atrás, o en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, pero de aprovechar debidamente los recursos humanos que posee en abundancia podría asegurar al grueso de sus habitantes un nivel de vida equiparable con el del norte de Europa o de algunas partes de Asia oriental como Singapur y Hong Kong.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Jueves 14 de mayo de 2015