Temblores tucumanos

Redacción

Por Redacción

Como si para ellos sólo se tratara de una pelea entre chicos, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros dirigentes oficialistas procuran hacer pensar que lo que ha sucedido últimamente en Tucumán se debe exclusivamente a la negativa de la oposición a darse por vencida. Parecería que a su juicio todo lo demás –las muchas irregularidades que se cometieron, las sospechas de fraude sistemático, las protestas masivas que se celebraron en los días que siguieron a los comicios y la represión policial– carece de importancia, ya que, insisten, lo único que quieren Mauricio Macri, Sergio Massa y, desde luego, el candidato a gobernador radical José Cano es desconocer el rotundo triunfo del kirchnerista Juan Manzur que, según las cifras provisionales, ganó por casi 14 puntos. Es un lindo relato y es posible que les sirva para amortiguar los golpes que les están asestando los candidatos presidenciales opositores al cerrar filas para reclamar mayor transparencia, pero la verdad es otra. La oposición no se siente preocupada por el resultado como tal, ya que hasta Cano mismo dice que es más que probable que Manzur lo haya derrotado, si bien por un margen más reducido que el anunciado por las autoridades tucumanas, sino por la forma en que los kirchneristas aprovecharon un sistema electoral arcaico que, en opinión de todos los líderes opositores, brinda demasiadas oportunidades a los acostumbrados a hacer trampa. Uno podría argüir, como hizo el gobernador tucumano José Alperovich, que la quema de 40 urnas no incidió en el resultado por ser cuestión de sólo el uno por ciento de los votos, pero de difundirse la sospecha de que en las elecciones presidenciales el oficialista contará con una ventaja estructural, por decirlo así, de varios puntos, estaría en duda la legitimidad de un eventual triunfo del candidato kirchnerista Daniel Scioli a menos que resultara aplastante. Puesto que nadie prevé que en octubre el bonaerense se imponga por una mayoría tan abultada como la que cuatro años atrás consiguió Cristina, el resultado final del torneo electoral podría depender de un puñado de votos. Sea como fuere, aun cuando las elecciones tucumanas hubieran transcurrido sin los lamentables incidentes que tanto han dado que hablar, los partidarios de Scioli tendrían buenos motivos para sentirse alarmados. Desgraciadamente para el oficialismo, la balanza de poder en la provincia ha cambiado mucho en los últimos años y podría continuar modificándose en las semanas que nos separan del 25 de octubre. En el 2007, Alperovich obtuvo casi el 80% de los votos y en el 2011 fue reelegido nuevamente, con poco menos del 70%, mientras que Manzur a lo sumo habrá conseguido el 54,4% a pesar de los abusos clientelistas que se han denunciado y de la ayuda muy valiosa que le prestó el oficialismo, provincial y nacional. En las elecciones de hace cuatro años, Cano recibió apenas el 15% de los sufragios, pero en esta ocasión logró el 40%. Asimismo, como en el resto del país, en Tucumán la oposición ganó en los centros urbanos más importantes, entre ellos la capital provincial, que son relativamente prósperos según las pautas locales, pero perdió en los distritos más pobres, donde para sobrevivir la mayoría depende de la buena voluntad de quienes administran los fondos públicos. Puede que Scioli sea beneficiado por los resultados electorales conseguidos por el Frente para la Victoria en las provincias vecinas que habitualmente se ven calificadas de feudales, pero sorprendería que el aporte del norte del país a su eventual caudal fuera tan grande como con toda seguridad esperaba antes de emprender viaje a Tucumán con el propósito de compartir lo que suponía que sería un triunfo oficialista indiscutible. Antes bien, podría ser llamativamente menor, lo que sucedería si el malhumor de los tucumanos de clase media afectara a sus comprovincianos más pobres y a los habitantes rezagados de otras provincias de cultura política parecida. En tal caso, el destino electoral de Scioli dependería aún más de lo que ocurra en el conurbano bonaerense, donde –según parece– las huestes de Macri y Massa están avanzando y son muchos los intendentes que desconfían del candidato a gobernador, Aníbal Fernández, y más aún de su compañero de fórmula, Martín Sabbatella.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Sábado 29 de agosto de 2015


Como si para ellos sólo se tratara de una pelea entre chicos, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y otros dirigentes oficialistas procuran hacer pensar que lo que ha sucedido últimamente en Tucumán se debe exclusivamente a la negativa de la oposición a darse por vencida. Parecería que a su juicio todo lo demás –las muchas irregularidades que se cometieron, las sospechas de fraude sistemático, las protestas masivas que se celebraron en los días que siguieron a los comicios y la represión policial– carece de importancia, ya que, insisten, lo único que quieren Mauricio Macri, Sergio Massa y, desde luego, el candidato a gobernador radical José Cano es desconocer el rotundo triunfo del kirchnerista Juan Manzur que, según las cifras provisionales, ganó por casi 14 puntos. Es un lindo relato y es posible que les sirva para amortiguar los golpes que les están asestando los candidatos presidenciales opositores al cerrar filas para reclamar mayor transparencia, pero la verdad es otra. La oposición no se siente preocupada por el resultado como tal, ya que hasta Cano mismo dice que es más que probable que Manzur lo haya derrotado, si bien por un margen más reducido que el anunciado por las autoridades tucumanas, sino por la forma en que los kirchneristas aprovecharon un sistema electoral arcaico que, en opinión de todos los líderes opositores, brinda demasiadas oportunidades a los acostumbrados a hacer trampa. Uno podría argüir, como hizo el gobernador tucumano José Alperovich, que la quema de 40 urnas no incidió en el resultado por ser cuestión de sólo el uno por ciento de los votos, pero de difundirse la sospecha de que en las elecciones presidenciales el oficialista contará con una ventaja estructural, por decirlo así, de varios puntos, estaría en duda la legitimidad de un eventual triunfo del candidato kirchnerista Daniel Scioli a menos que resultara aplastante. Puesto que nadie prevé que en octubre el bonaerense se imponga por una mayoría tan abultada como la que cuatro años atrás consiguió Cristina, el resultado final del torneo electoral podría depender de un puñado de votos. Sea como fuere, aun cuando las elecciones tucumanas hubieran transcurrido sin los lamentables incidentes que tanto han dado que hablar, los partidarios de Scioli tendrían buenos motivos para sentirse alarmados. Desgraciadamente para el oficialismo, la balanza de poder en la provincia ha cambiado mucho en los últimos años y podría continuar modificándose en las semanas que nos separan del 25 de octubre. En el 2007, Alperovich obtuvo casi el 80% de los votos y en el 2011 fue reelegido nuevamente, con poco menos del 70%, mientras que Manzur a lo sumo habrá conseguido el 54,4% a pesar de los abusos clientelistas que se han denunciado y de la ayuda muy valiosa que le prestó el oficialismo, provincial y nacional. En las elecciones de hace cuatro años, Cano recibió apenas el 15% de los sufragios, pero en esta ocasión logró el 40%. Asimismo, como en el resto del país, en Tucumán la oposición ganó en los centros urbanos más importantes, entre ellos la capital provincial, que son relativamente prósperos según las pautas locales, pero perdió en los distritos más pobres, donde para sobrevivir la mayoría depende de la buena voluntad de quienes administran los fondos públicos. Puede que Scioli sea beneficiado por los resultados electorales conseguidos por el Frente para la Victoria en las provincias vecinas que habitualmente se ven calificadas de feudales, pero sorprendería que el aporte del norte del país a su eventual caudal fuera tan grande como con toda seguridad esperaba antes de emprender viaje a Tucumán con el propósito de compartir lo que suponía que sería un triunfo oficialista indiscutible. Antes bien, podría ser llamativamente menor, lo que sucedería si el malhumor de los tucumanos de clase media afectara a sus comprovincianos más pobres y a los habitantes rezagados de otras provincias de cultura política parecida. En tal caso, el destino electoral de Scioli dependería aún más de lo que ocurra en el conurbano bonaerense, donde –según parece– las huestes de Macri y Massa están avanzando y son muchos los intendentes que desconfían del candidato a gobernador, Aníbal Fernández, y más aún de su compañero de fórmula, Martín Sabbatella.

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