Templarios

Redacción

Por Redacción

por CLAUDIO ANDRADE

candrade@rionegro.com.ar

Me he enterado, aunque el tema de por sí no me interesa mucho, que los caballeros templarios encontraron un misterioso tesoro en uno de los castillos o residencias que les fueron otorgadas por el papa de la época. Algunos dicen que se trataba del Santo Grial, otros de un tesoro de inconmensurables dimensiones que los volvió aún más poderosos de lo que ya eran. No pocos aseguran que hallaron ambas cosas y más.

Como sea, cada cierto tiempo algún historiador, arqueólogo, especialista en los temas vinculados a la iglesia o un buscador de riquezas escondidas descubre una nueva pista, un nuevo indicio de que efectivamente los caballeros templarios tenían en su poder una riqueza envidiable.

Ahora bien, ese «cierto tiempo», que divide un hallazgo de otro, parece haberse acelerado ridículamente luego de la aparición de la novela de Dan Brown, «El código Da Vinci». Un escritor del que jamás había oído y en el que jamás habría reparado tampoco de no ser porque entre History, Discovery y Nacional Geographic, más sus prolongaciones en papel, ¡y en la red! se encargaron de que le prestase atención. Sólo por un extremo descuido, creo, podría haber salvado mi pellejo intacto de aquel ejército de promociones vinculadas al libro, aunque estoy convencido de que jamás me habría librado de ver la película… en DVD.

Como sea, en materia de pasiones cualquier cosa es posible. Ahora resulta que Cristo y María Magdalena tuvieron un romance. De esa relación nació un bebé y, a través de él, la descendencia de Cristo llegó hasta nuestros días. ¿Qué tenían que ver los templarios en todo este (y nunca tan bien dicho) bendito asunto?

Pues, que si no estaban custodiando el Santo Grial (la copa de la que bebió el Salvador antes del calvario) ni un tesoro calculado en miles de millones de dólares según criterios actuales, entonces se trataba de información clasificada. ¡Los templarios cuidaban a los descendientes directos de Jesucristo!

Los templarios fueron juzgados y exterminados con la ayuda de la propia Iglesia y un buen empujón de la corte francesa, allá por el 1300, que los acusó de blasfemia y homosexualidad. En las zonas donde una vez estuvieron ubicadas sus «oficinas centrales» en Francia, ahora la gente ha comenzado a ver milagros, extrañas apariciones y, por supuesto, ovnis.

No hay que olvidarse de las tesis que indican que Cristo era un extraterrestre llegado al mundo a poner un poco de coherencia y amor. Dos virtudes que nunca le han sobrado a la humanidad.

Aun estando ocupado, y mucho, en otros menesteres terminé por sentir algún cosquilleo por los templarios y sus vestidos blancos estampados con una cruz roja.

Su historia me incentivó a ver una mala película de Ridley Scott llamada «Cruzada» y, ya que estamos, vi «Jesús de Nazareth» de Franco Zeffirelli, lo que me condujo a «Jesús de Montreal» y a la «Mayor historia jamás contada», y de ahí a «La última tentación de Cristo» de Martin Scorsese (durante años prohibida en este país) y, por qué no, a «La profecía»; y en la misma línea «El exorcista», incluso «Los ríos de color púrpura» y «El cuerpo», uno de los pocos trabajos decentes que hizo Antonio Banderas en Hollywood. Me pareció necesario, en este marco, exponerme además a «La séptima profecía», «Estigma» y «El día de la bestia». Un conjunto muy heterogéneo que me guió a una película fantástica «El evangelio según San Mateo» de Pier Paolo Pasolini.

Como estaba subido al tren religioso imaginé que quizás el director italiano podría indicarme otros caminos: ¡y lo hizo! La siguiente película que alquilé fue «Saló».

Después de presenciar asesinatos, fellatios, defecaciones, torturas, gritos desgarradores, insultos, blasfemias, adoraciones a falsos ídolos y una inmensa variedad de pecados cristianos, entendí que Pasolini estaba enseñándome algo.

Aún no sé con exactitud cuál es la moraleja de este asunto, sólo me queda concluir que el mismo hombre que dibujó el rostro del paraíso también pergeñó una película sobre el infierno.

El sabor agridulce de los labios de Pasolini ha ido mermando mi tibio interés por la masculinidad fanática de los templarios.


por CLAUDIO ANDRADE

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