Terremotos

El científico Diego Ruiz propone un viaje al centro de la Tierra para abordar los fenómenos geológicos como forma distinta de encarar el tema ambiental: en lugar de presentar los problemas que causamos al planeta, ¿por qué no presentar a los procesos naturales del planeta y vemos cómo podemos intervenir y modificar?

Diego Ruiz es doctor en química y un apasionado por estudiar algunos fenómenos de la naturaleza que a simple vista escaparían a la lógica o el sentido común: ¿por qué hay erupciones de roca fundida capaces de destruir todo un paisaje de un plumazo? o ¿cómo puede ser que una tormenta sea capaz de liberar tanta agua o generar un tornado que arrasa con todo en su camino? A partir de los fundamentos básicos de la química y la física, Ruiz intenta dar respuesta a estas preguntas en torno a diferentes fenómenos geológicos como volcanes y terremotos en su nuevo libro “Viaje al centro de la Tierra”.

“Viaje al Centro de la Tierra” (editorial Siglo XXI, “Colección Ciencia que ladra”) nace como “continuación natural” de su libro anterior (“Ciencia en el aire”) que giraba en torno a la atmósfera y su comportamiento). “Fue algo así como: “bueno, ya recorrimos todas las capas de aire y llegamos a la superficie. ¡Sigamos hacia abajo entonces!”, confiesa.

Para este científico argentino, uno de los temas más apasionantes de la geología es el propio centro de la Tierra, porque su estudio representa a la ciencia en acción: “Toda la información que tenemos es indirecta, pero incluso con eso se puede conocer mucho de una parte inaccesible de nuestro planeta. Y eso es mérito de la ciencia y de los científicos que recorrieron y recorren ese camino con más incógnitas que certezas”.

Ruiz pertenece un grupo de investigación de la Universidad Nacional de La Plata que trabaja en lo que se conoce como la “química verde”, una forma de hacer química basada en principios compatibles con el cuidado del medio ambiente, que intenta reducir la generación de contaminantes en lugar de eliminarlos después.

Sus textos de divulgación científica, explica, surgen como una forma distinta de encarar el tema ambiental: en lugar de presentar los problemas que causamos al planeta, ¿por qué no presentar a los procesos naturales del planeta y en ese contexto vemos cómo podemos intervenir y modificarlos, ya sea positiva o negativamente?

Su nuevo libro intenta responder a la pregunta inicial de sobre qué estamos parados. ¿Hay respuesta a esa pregunta? ¿Tenemos certezas de cómo se comporta nuestro planeta en la superficie, el subsuelo y más hacia dentro?

–Podría decirse que a medida que vamos adentrándonos bajo la superficie, las certezas disminuyen exponencialmente. Sobre la capa más externa (la corteza) se conoce con cierta precisión la composición general. Pero de las capas que siguen hay muchas más dudas a cada kilómetro de profundidad. Del manto, el único contacto directo es sólo a través de unas pocas rocas que han aflorado a la superficie y algunas otras como los diamantes que han aflorado hace cientos o miles de millones de años hacia zonas menos profundas. Y en cuanto al núcleo, las teorías se fundamentan en la evidencia de las ondas sísmicas (que atraviesan todo el planeta) y a la existencia del campo magnético terrestre que se supone que es generado por el propio núcleo.

La humanidad ha hecho un denodado esfuerzo por conquistar el espacio. ¿Alguna vez en la historia de la disciplina alguien pudo viajar hacia el centro de la Tierra? La literatura se lo planteó pero ¿la ciencia? ¿Podremos hacerlo alguna vez?

–El científico premio Nobel y divulgador Richard Feynman dijo alguna vez que conocemos mucho más del interior del Sol que del interior de nuestro propio planeta. Y es así nomás la cosa. Pese al esfuerzo, nuestra tecnología no ha permitido perforar más de 12 kilómetros. En ese punto la roca se comporta más parecido a la plastilina que a una piedra. Hay que considerar que la capa más fina del planeta (la corteza) tiene en las zonas más delgadas como mínimo el triple de espesor (todo considerando que la corteza sería como la cáscara de una fruta en relación al volumen del cuerpo de nuestro planeta). Si pensamos que el centro del plantea está a unos 6.400 kilómetros de profundidad y que las temperaturas que hay allí son superiores a la de la superficie del Sol, podría decirse que no faltan años, sino siglos para poder acceder allí, si es que alguna vez logramos hacerlo (y si es que tiene algún sentido también).

Explosiones volcánicas de los últimos años, han tocado de cerca a poblaciones de Río Negro y Neuquén. ¿Estos fenómenos se pueden predecir? ¿Vivimos sobre peligrosos “polvorines” a punto de estallar?

–Los volcanes de la zona cordillerana están constantemente monitoreados. El monitoreo de las condiciones permite hacer algunas predicciones, pero éstas siempre tienen un alto grado de incerteza. Un volcán puede comenzar a echar humo y provocar temblores en la zona y, sin embargo, unos días después calmarse. O puede no avisar demasiado y hacer erupción espontáneamente. Podría decirse que cada volcán es distinto al otro. Algunos son más predecibles que otros. Pero la vulcanología no es una ciencia exacta. Hay muchísimas variables que entran en juego para que tenga lugar (o no) una erupción. Otra cosa importante de los volcanes es que, a pesar de todo lo que hacemos en contra del medio ambiente, no hemos podido dominarlos. Eso quiere decir que no podemos hacer un volcán artificial, ni tampoco podemos evitar artificialmente que entren en acción. Aunque parezca contradictorio los volcanes son uno de los mecanismos que han favorecido el origen y el desarrollo de la vida. Respecto del cambio climático, los volcanes tienen una participación importante, aunque de una manera impensada hace años: las partículas que lanza a la atmósfera una erupción favorecen el enfriamiento de la atmósfera. Tal es así que en la actualidad se están estudiando posibilidades de emular ese efecto de los volcanes para contrarrestar el calentamiento global causado por la humanidad.

Y los terremotos, ¿se pueden pronosticar?

–Si bien los terremotos no son predecibles, se conocen con bastante certeza las zonas que son más susceptibles a sufrir este tipo de fenómenos. Eso quiere decir que en algunos lugares se espera que tenga lugar algún tipo de sismo, pero se desconoce el momento en que suceda. Es el caso de Chile: todo el país se encuentra sobre el límite entre la placa continental sudamericana, la cual se encuentra en un choque permanente con otra placa submarina (la de Nazca). Eso hace que toda esa zona, como también parte de Perú sea una zona de gran actividad sísmica. Lo es y lo será por millones de años.

Es como si en algún momento de la historia de la humanidad hubiéramos necesitado olvidar que nuestro suelo se mueve y nos deja atónitos. ¿Qué tenemos que cambiar?

–Siempre olvidamos que estamos sobre suelos que se mueven. Sea en zonas sísmicas o no, los continentes se encuentran en constante movimiento. Sudamérica se está separando de África a una velocidad de 5 cm por año (más o menos la misma a la que nos crecen las uñas). Pero así como se aleja de África, por atrás nuestro continente se está chocando con la placa de Nazca. Son fenómenos que siempre existieron y seguirán existiendo, sólo que para nuestro ritmo de vida, pasa desapercibido habitualmente… hasta que se hace notar de maneras espectaculares. En ese aspecto no sé si tenemos que cambiar algo, quizás sea el conocimiento cada vez mayor el que pueda hacernos ver las cosas de otra manera.

Natalia López

natalial@rionegro.com.ar


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