Un crucifijo marxista en la mano
No sólo algunos partidarios del capitalismo liberal sino también el presidente boliviano Evo Morales creen que el papa Francisco es un comunista, o por lo menos un hombre de izquierda, razón por la que aprovechó la visita del sumo pontífice a su país para regalarle un crucifijo tallado sobre la hoz y el martillo, de tal modo dando a entender que, en el fondo, el catolicismo y el comunismo se asemejan mucho. Aunque algunos religiosos procuraron asegurarnos que las ideas contundentes que Jorge Bergoglio se ha puesto a reivindicar no son marxistas, ya que se basan en tradiciones milenarias que se remontan a la tardía antigüedad, las homilías que pronunció en su gira por América del Sur no contribuyeron a eliminar las dudas en tal sentido. Sin embargo, a juzgar por la retórica que ha adoptado últimamente, los planteos del papa son más populistas, para no decir peronistas, que marxistas. Por cierto, aún no se le ha ocurrido hablar a favor de la estatización de todo para que ideólogos o sacerdotes reemplacen a empresarios que, desde luego, suelen subordinar lo demás a “la lógica de la ganancia”. Para Bergoglio, “los pueblos”, siempre y cuando sean pobres, son víctimas inocentes de un orden mundial terriblemente injusto basado en “la dictadura del dinero”, que califica de “el estiércol del diablo”, razón por la que dichos “pueblos” deberían sacar “el futuro de la humanidad” de las manos de “los grandes dirigentes, las grandes potencias y las elites”. Se trata de una visión que tiene más en común con la de los anarquistas de fines del siglo XIX e inicios del XX que con la de cualquier gobierno concebible, pero parecería que al jefe de la Iglesia Católica, una institución estructuralmente elitista si las hay, le importan mucho más las abstracciones imponentes que los molestos detalles prácticos. ¿Cree Francisco que abolir el dinero y poner fin al consumismo serviría para que “los pueblos” vivieran mejor, o que desmantelar las grandes potencias para que no quedara ninguna garantizaría la paz? Es de suponer que no, que sabe muy bien que cualquier intento de remodelar el mundo para que se asemeje a la utopía que brinda la impresión de querer ver nacer tendría consecuencias catastróficas, de las que una sería la intensificación de “la tercera guerra mundial en cuotas”. Asimismo, por malo que sea el sistema económico actual que, según él, “degrada y mata”, todas las alternativas que se han ensayado a través de los años, o aquellas que aún persisten en las zonas más pobres del planeta y que podrían merecer su aprobación, han resultado ser incomparablemente peores. Sugerir lo contrario, con el propósito aparente de pedirles a “los pueblos” alzarse en rebelión para destruir el orden que no le gusta, es poco responsable. La prédica de Francisco se inspira en la noción de que la prosperidad resulta natural y la pobreza una aberración imputable sólo a la codicia inhumana de una minoría obsesionada por el dinero. Sin embargo, en la actualidad miles de millones de personas disfrutan de un nivel de vida material sin precedentes en la historia de nuestra especie gracias exclusivamente al “sistema” económico que le parece radicalmente perverso. Por cierto, los grandes movimientos migratorios que están provocando tanta angustia no se deben a una huida masiva de las víctimas de la maldad capitalista sino a la voluntad de muchísimos africanos, asiáticos y latinoamericanos de arriesgarse cruzando desiertos y mares para compartir los beneficios que posibilita. A los populistas y marxistas les encanta condenar en términos contundentes el mundo que nos ha tocado, de tal modo subrayando su propia superioridad moral, pero las propuestas concretas que aventuran casi siempre resultan contraproducentes. Lejos de atenuar las penurias de los rezagados, las medidas que presuntamente les parecerían deseables las agravarían todavía más. La Argentina se las ingenió para depauperarse merced a la difusión de actitudes, simuladas o sinceras, parecidas a las que Francisco quisiera ver adoptadas por los líderes de todos los demás países del mundo. No ofrece soluciones viables para los muchos problemas que en todas partes enfrentan los gobiernos sino pretextos para protestar, lo que podría considerarse apropiado para un guía espiritual pero no para una figura pública que aspira a desempeñar un papel positivo en los asuntos terrenales.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Lunes 13 de julio de 2015
No sólo algunos partidarios del capitalismo liberal sino también el presidente boliviano Evo Morales creen que el papa Francisco es un comunista, o por lo menos un hombre de izquierda, razón por la que aprovechó la visita del sumo pontífice a su país para regalarle un crucifijo tallado sobre la hoz y el martillo, de tal modo dando a entender que, en el fondo, el catolicismo y el comunismo se asemejan mucho. Aunque algunos religiosos procuraron asegurarnos que las ideas contundentes que Jorge Bergoglio se ha puesto a reivindicar no son marxistas, ya que se basan en tradiciones milenarias que se remontan a la tardía antigüedad, las homilías que pronunció en su gira por América del Sur no contribuyeron a eliminar las dudas en tal sentido. Sin embargo, a juzgar por la retórica que ha adoptado últimamente, los planteos del papa son más populistas, para no decir peronistas, que marxistas. Por cierto, aún no se le ha ocurrido hablar a favor de la estatización de todo para que ideólogos o sacerdotes reemplacen a empresarios que, desde luego, suelen subordinar lo demás a “la lógica de la ganancia”. Para Bergoglio, “los pueblos”, siempre y cuando sean pobres, son víctimas inocentes de un orden mundial terriblemente injusto basado en “la dictadura del dinero”, que califica de “el estiércol del diablo”, razón por la que dichos “pueblos” deberían sacar “el futuro de la humanidad” de las manos de “los grandes dirigentes, las grandes potencias y las elites”. Se trata de una visión que tiene más en común con la de los anarquistas de fines del siglo XIX e inicios del XX que con la de cualquier gobierno concebible, pero parecería que al jefe de la Iglesia Católica, una institución estructuralmente elitista si las hay, le importan mucho más las abstracciones imponentes que los molestos detalles prácticos. ¿Cree Francisco que abolir el dinero y poner fin al consumismo serviría para que “los pueblos” vivieran mejor, o que desmantelar las grandes potencias para que no quedara ninguna garantizaría la paz? Es de suponer que no, que sabe muy bien que cualquier intento de remodelar el mundo para que se asemeje a la utopía que brinda la impresión de querer ver nacer tendría consecuencias catastróficas, de las que una sería la intensificación de “la tercera guerra mundial en cuotas”. Asimismo, por malo que sea el sistema económico actual que, según él, “degrada y mata”, todas las alternativas que se han ensayado a través de los años, o aquellas que aún persisten en las zonas más pobres del planeta y que podrían merecer su aprobación, han resultado ser incomparablemente peores. Sugerir lo contrario, con el propósito aparente de pedirles a “los pueblos” alzarse en rebelión para destruir el orden que no le gusta, es poco responsable. La prédica de Francisco se inspira en la noción de que la prosperidad resulta natural y la pobreza una aberración imputable sólo a la codicia inhumana de una minoría obsesionada por el dinero. Sin embargo, en la actualidad miles de millones de personas disfrutan de un nivel de vida material sin precedentes en la historia de nuestra especie gracias exclusivamente al “sistema” económico que le parece radicalmente perverso. Por cierto, los grandes movimientos migratorios que están provocando tanta angustia no se deben a una huida masiva de las víctimas de la maldad capitalista sino a la voluntad de muchísimos africanos, asiáticos y latinoamericanos de arriesgarse cruzando desiertos y mares para compartir los beneficios que posibilita. A los populistas y marxistas les encanta condenar en términos contundentes el mundo que nos ha tocado, de tal modo subrayando su propia superioridad moral, pero las propuestas concretas que aventuran casi siempre resultan contraproducentes. Lejos de atenuar las penurias de los rezagados, las medidas que presuntamente les parecerían deseables las agravarían todavía más. La Argentina se las ingenió para depauperarse merced a la difusión de actitudes, simuladas o sinceras, parecidas a las que Francisco quisiera ver adoptadas por los líderes de todos los demás países del mundo. No ofrece soluciones viables para los muchos problemas que en todas partes enfrentan los gobiernos sino pretextos para protestar, lo que podría considerarse apropiado para un guía espiritual pero no para una figura pública que aspira a desempeñar un papel positivo en los asuntos terrenales.
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