Un cuento de hadas

Por Jorge Gadano

Los presidentes de países hispanoamericanos tan importantes como Brasil, Chile, México y Argentina no asistieron a la boda real española que 1.200 millones de personas vieron por televisión. Hubo, por eso, algún disgusto en la península. Risa, en cambio, causó el regalo enviado por el presidente Kirchner, unos saleros repujados en plata. Al embajador argentino en Madrid, Abel Posse, le dio tanta vergüenza que decidió completarlo con una de las mayores muestras, si no la mayor, de la artesanía vernácula: un mate (la información no aclara si con o sin bombilla).

El escandalete se explica porque no se trató de una boda cualquiera. Si fuera por ella, la Letizia, de ahora en más doña Letizia, no importarían ni el desaire ni la escualidez del regalo, ya que todas las novias del contrayente, al igual que ésta, fueron plebeyas. Importa porque él, don Felipe, príncipe de Asturias, es un Borbón, vaya.

No interesa hoy en España que esa dinastía haya sido reimplantada por el generalísimo Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios, después de haberse sublevado contra el poder constitucional y ganado una guerra, con la ayuda de nazis y fascistas, que le costó al país un millón de muertos. Sí interesa la sangre azul, que nada que ver con la simplemente roja mía o suya. Como diría el ministro del Interior Aníbal Fernández, vamos a ver.

Hay un pecado de origen en los Borbones que, por su nimiedad, sólo vale por lo curioso, debido a que el origen de la familia es francés: allá por el siglo X tenían un castillo en la localidad de Bourbon L'Archambault, y el rey Capeto Luis VI (a quien apodaron «El Gordo» porque, como el común de los monarcas, estaba excedido de peso) los tenía como vasallos.

El primer rey de la familia en Francia fue Enrique IV, entre los siglos XVI y XVII. Pero los que dejaron una huella pronunciada en la historia fueron Luis XIV -el que dijo, como podrían decirlo ciertos gobernadores nuestros, «el Estado soy yo»- y Luis XVI, cuya cabeza rodó en el patíbulo del doctor Guillotin. Famoso también fue Enrique IV, pero por el brillante sentido de la oportunidad demostrado cuando dijo «París bien vale una misa», para explicar su conversión al catolicismo y así llegar al trono francés.

Los Borbones coronados en España no fueron tan importantes. Entre ellos el más conocido en la Argentina fue Fernando VII, a quien representaron los últimos virreyes y aun la Junta de Mayo, cuando Napoleón lo tuvo preso en Bayona para que reinara su hermano Pepe. Antes de Fernando reinó el ilustrado Carlos III, quien se distinguió por liberal y por echar a los jesuitas de América.

Otro Borbón madrileño, Alfonso XII, fue privado del cargo por la Primera República, pero sólo durante 11 meses, entre 1873 y 1874. Su sucesor, Alfonso XIII, marchó al exilio cuando, en abril de 1931, los republicanos triunfaron en unas elecciones en las que votaron las mujeres.

Entonces, con la oposición de una parte del ejército y total de la Iglesia Católica, la República presidida por Niceto Alcalá Zamora y con Manuel Azaña como jefe de gobierno, aprobó una constitución democrática, en diciembre de 1931, que definió al Estado como «una República de trabajadores de toda clase que se organiza en régimen de libertad y justicia y emanando el poder del pueblo». El artículo tercero decía que el Estado no tenía religión oficial, y otras normas suprimían el presupuesto del clero y establecían el divorcio vincular. Como se ve, la Iglesia que casó a Felipe y Letizia, aliada a Franco, tuvo motivos de sobra para celebrar la caída de la República, en 1939.

El Borbón que debía suceder a Alfonso XIII era su hijo Jaime, pero por sordomudo debió renunciar a sus derechos a la corona. Lo singular del caso fue que también se lo obligó a renunciar a los derechos de sus hijos, a pesar de que todavía no tenía ninguno. Franco quería que la corona quedara en cabeza de Juan Carlos, nieto del exiliado Alfonso, porque tampoco le gustaba el tarambana Juan, hermano de Jaime y padre de Juan Carlos.

Está claro por lo tanto que quien hoy habita el palacio de La Zarzuela con su mujer doña Sofía no le debe su cargo de rey al pueblo español y ni siquiera a los derechos hereditarios de la sangre, sino a la voluntad del Generalísimo, que quiso acabar para siempre con la República e impedir que tanto Juan como los hijos de Jaime (primos de Juan Carlos), Alfonso y Gonzalo, se quedaran con la corona. De seguro, no eran todo lo obedientes que el Caudillo pretendía.

A la muerte de Franco, en 1975, Juan Carlos fue cabeza de una monarquía constitucional, con el apoyo de los partidos políticos, incluidos los que habían sido republicanos, como el Comunista (PCE) y el Socialista (PSOE). Don Felipe reinará cuando muera o abdique su padre Juan Carlos, y después le tocará el trono al hijo que tenga con Letizia, que será mitad sangre azul y mitad roja, pero ya no importa. Igual, es como un cuento de hadas.

Lo que sí importa es que los «rojos» fusilados por decenas de miles durante la guerra y después por los franquistas están en fosas comunes que el Estado no toca, porque en España Dios quiso que hubiera reconciliación.


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