Una muerte que dignifica la vida

El director Alejandro Amenábar afronta el ríspido tema de la eutanasia a través de la historia de Ramón Sampedro, con una notable actuación de Bardem.

¿Cómo se puede amar tanto la vida y, al mismo tiempo, desear perderla? Ramón Sampedro tiene más de una respuesta para este interrogante y, cuando las palabras toman forma en sus labios cansados, todo suena tan lógico que el planteo parece hasta inocente. Alguien le preguntará: «¿Por qué quitarse la vida si la ama tanto?» y él contestará: «Porque la vida así no es digna». A pesar de esta revelación su existencia servirá de inspiración para aquellos que lo rodean e, irónicamente, los transformará de tal forma que nada será igual para ninguno de ellos, luego de conocerlo.

Este relato, basado en una historia real, es el que eligió el director chileno radicado en España, Alejandro Amenábar, para su cuarta película. Alejándose del estilo que marcó sus producciones anteriores («Tesis», «Abre los ojos» y su exitosa experiencia en Hollywood «Los otros») que combinaban de manera inteligente el thriller psicológico con tintes sobrenaturales y un efecto decididamente cercano al terror, el realizador se sumerge en este intenso drama apoyado en una pequeña y potente historia. Aunque la vida de un tetrapléjico en busca de la eutanasia puede estar bastante alejada de nuestra realidad, Amenábar se las ingenia para acercarnos a ella de una forma tierna y sincera, que despertará en el espectador una catarata de sentimientos y reacciones encontradas ante la necesidad de morir de este hombre.

Ramón Sampedro era mecánico de barcos hasta que un accidente lo deja tetrapléjico arrojándolo eternamente hacia un lecho con la imposibilidad de mover su cuerpo, a excepción de su cabeza. Su vida se reduce a una existencia difícil en la que su mente creativa lo ayudará a sobrellevarla de la forma más digna pero, también, lo invitará a reflexionar sobre el valor de la misma. Encerrado en una habitación, en la casa de su hermano, vivirá más de veintiséis años en esas condiciones luchando a través de vías judiciales por la obtención del derecho a morir. Derecho que le será negado una y otra vez, acorralándolo en un espacio y tiempo diferentes al del resto, en el que la decisión de un salto al vacío será su única salida.

En esta batalla, Ramón estará acompañado por su cuñada que cuidará de él servicialmente, su hermano que se niega a que este se quite la vida, su sobrino que lo acompañará en la realización de diferentes artefactos para hacer su existencia más llevadera y su anciano padre. Todos transitarán esta experiencia de una forma impasible, ayudados por una vida simple que no incluye cuestionamientos.

Pero Ramón se niega a eso y con el apoyo de una abogada, una mujer encolumnada en una agrupación de apoyo a aquellos que desean la eutanasia y una vecina que tratará de convencerlo del valor de su vida, luchará por una muerte que lo lleve nuevamente a ese mar que tanto ama aunque más no sea en sueños, donde pueda recuperar la libertad de su cuerpo.

El film relata su batalla y profundiza el vínculo que establece el personaje central con las mujeres que están a su alrededor, todas ellas amándolo a su manera, más allá de la realidad de su cuerpo inmovilizado. Esta mirada profunda del director genera una empatía instantánea entre los personajes y el espectador que, desde la primera escena, sentirá como suya la batalla de Ramón y «luchará» por ella, más allá de sus propias creencias con respecto al tema. El director deja claro, a través de un guión inteligente, que el deseo del personaje no es generalizado a aquellas personas que se encuentran en su misma situación, despegándose de una mirada ofensiva.

Amenábar logra un filme maduro y poderoso sin caer nunca en los golpes bajos tan comunes en películas de este tono y le aporta a la historia toques de humor que aparecen en los momentos indicados. Aquellas escenas en que la tensión y el drama son insostenibles por el desarrollo del tema en si, son tamizados con algún aporte de humor que surge de la boca de Ramón tratando de tomarse en sorna su propia situación.

Claro está que nada de esto sería igual sin un elenco sin fisuras que se desenvuelve con una bienvenida naturalidad, entre los que sobresale la increíble creación de Javier Bardem. El actor, ayudado por el maquillaje de la británica Jo Allen, desplega una innumerable variedad de matices y sentimientos con el sólo movimiento de su cabeza y su poderosa mirada.

En el primer encuentro entre la abogada interpretada por Belén Rueda y Ramón, ella se sorprende y le pregunta: «¿Por qué te sonríes tanto, Ramón?». El le contesta: «Cuando te hallas en mi situación y tienes que depender de los otros, te acostumbras a llorar riendo». Y eso es «Mar adentro», un filme que habla de la muerte pero dignifica la vida, una película donde el llanto y la risa conviven superponiéndose hasta que el espectador olvida el fino límite que existe entre ambos. Como aquella clara frontera que existe entre la vida o la muerte. O quizás no tan tanto. (AL)


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