Viejos y nuevos carismas
Por Osvaldo Alvarez Guerrero
Ya no hay líderes carismáticos como los de antes. Han sido reemplazados por oportunistas pragmáticos, productos mediáticos, sin otro sustento que un buen estudio de marketing. De corto plazo, con la magia de su permanencia en la imagen, producidos por las mejores técnicas publicitarias, son líderes virtuales, carentes de otro mensaje que el de la promesa de su éxito electoral. En términos gruesos, son las figuritas que «más venden».
El carisma político es una relación líder-masa, de carácter psicosocial. La instauración de su poder se caracteriza generalmente por una falta de procedimientos ordenados previos a su nombramiento como tal. Estas jefaturas, con fuerte atractivo y apoyo popular, aparecen en tiempos de crisis, porque la estructura económica y social está quebrada, o el sistema de ordenamiento político se ha agotado. Encarnan clamores populares y deseos colectivos de cambios drásticos. Por eso, el líder carismático se apoya en elementos extracotidianos, no regulados por el anterior orden, al que transgrede abiertamente. Esta tipología es puramente teórica y sólo registra algunos rasgos generales y comunes que permitan una clasificación didáctica. Pero la realidad histórica es mucho más compleja y contradictoria. El contexto político y cultural, el inmediato horizonte histórico, provoca en cada caso un tipo de carisma peculiar. Los carismas no se clonan. Cada líder de estas características tiene orígenes y perfiles distintos.
En una mirada retrospectiva sobre nuestros líderes carismáticos del último siglo se observan notables diferencias. El carisma de Hipólito Yrigoyen se construyó como una excepcionalidad de la historia. En su época, la intersección de los siglos XIX y XX, no había radio, televisión ni Internet. Sólo diarios y periódicos.
El radicalismo que organizó Yrigoyen apenas si contaba con algún medio periodístico que lo apoyara, de esporádica y breve circulación y de escasa calidad informativa. Yrigoyen operaba desde el silencio y el escondite, el misterio conspirativo y la relación personal e inmediata con sus seguidores. Todos los testigos coinciden en que era un raro seductor. Imponía una gran presencia física y psicológica sobre la base de conversaciones parcas pero precisas. Su mensaje, aunque de elevada abstracción, estaba imbuido de nobles valores. El desprendimiento personal, la omisión de alusiones personales hacia sus adversarios, la coherencia y persistencia de su conducta eran elementos centrales de su carisma intimista. A ella se agregaba, paradojalmente, la extraña solemnidad de su palabra, pocas veces escrita y nunca expuesta en actos públicos. Convocaba valores como la nacionalidad, la ley igualitaria, la soberanía y la libertad, la protección del humilde y la inflexible lucha contra toda forma de privilegio y corrupción. Ese discurso montado sobre conceptos grandiosos que semejan columnas de catedral obtuvo una extraordinaria circulación social. Se adaptaba a los anhelos de una sociedad que los necesitaba para huir del escepticismo pragmático del régimen, una oligarquía a la que Yrigoyen estampó su famoso epíteto de «falaz y descreída».
El otro gran carisma político en la Argentina fue el de Perón. Aunque su mensaje contenía muchos elementos yrigoyenianos, los instrumentos de que se valió (la propaganda masiva, el ocultamiento represivo de toda divergencia pública, el manejo de la radio, la prensa escrita y la gran manifestación popular desde el balcón), provenían de las técnicas de propaganda propias de una sociedad de masas que muy bien supo utilizar el nazi-fascismo europeo. El general Perón era inteligente y astuto, hábil orador y vigoroso conductor de multitudes. Ese carisma hábilmente mezclado con la demagogia absorbió la historia política de nuestro país en toda la segunda mitad del siglo que se fue. Aún hoy, no se puede explicar la Argentina sin comprender el peronismo. Con sus diferencias, Yrigoyen y Perón fueron dos líderes de fuerte carisma, y ambos protagonizaron cambios revolucionarios en su tiempo.
Se supone que una democracia madura, con sólidas estructuras sociales y altos niveles de educación, que se desenvuelve en un razonable plano de libertades e igualdades, basada en consenso y cohesión nacional, no necesita y no provoca este tipo de jefaturas. Al no precisar de cambios drásticos, rechaza a quien se los proponga.
Pero nadie sensato puede aseverar que hoy la Argentina, como otros países latinoamericanos, es una Nación que ostente con solidez esos rasgos. Esta Argentina vulnerable, sin poder de decisión, con desigualdades crecientes, ostenta una democracia extraña. Tiene ante su futuro demasiados escollos, barreras amuralladas, demasiados flancos vulnerables. Los argentinos estamos pendientes de lo que pase afuera, o de lo que piensen en el exterior de nosotros. Que el llamado «riesgo-país» sea el índice más temido y privilegiado para seducir «inversores extranjeros» es símbolo de nuestra debilidad.
Para la conciencia democrática racionalmente sustentada, el que no aparezcan líderes carismáticos debería constituir un alivio. Sin embargo, mucho más preocupante es que la vida política no se haga cargo de otra realidad, tanto o más peligrosa que aquella desaparición. Me refiero a cierta teoría que concibe a la política como modo de operar en la ciudadanía equivalente a las campañas de mercado. La invasión publicitaria está carcomiendo la representatividad y la participación, dos elementos fundamentales de la democracia moderna. En ciertos círculos de estas nuevas tendencias de pensamiento político, que ejercen una influencia importante en los gobiernos, se tiene como ídolos teóricos a los ejecutivos de las empresas multinacionales de publicidad electoral. Estos talentosos y convincentes operadores ostentan éxitos en los resultados comiciales de diversos países del mundo. Sus contratos imponen una actividad permanente, que va más allá del asesoramiento. No es que carezcan de ideologías. Pero esos contenidos se someten a la idea del «general equilibrium», un justo medio flexible, una suerte de «statu quo» adaptable a las contingencias impulsadas por los grandes centros del poder mundial. El lema propagandístico que venden a sus contratados es más o menos: «No importa cómo ni quién sea el candidato, ni lo que piense para mejorar la vida del pueblo. Déjennos a nosotros, y de cualquier figura hacemos un triunfador».
El carisma clásico tenía fundamentos auténticos para ejercer su seducción. Encarnaba la voluntad de mayorías extasiadas por su magia, que amaban su personalidad. Su prédica coincidía con los anhelos de sociedades humilladas y marginadas.
Un líder carismático clásico no era una marca industrial o comercial, cuya venta dependiera de un costoso estudio de marketing. En todo caso, esos liderazgos no eran más falsos que los gobernantes «inventados» por las nuevas tecnologías de acción psicológica. Esta «ingeniería» política oculta una concepción mecánica con ingredientes autoritarios de manipulación de la opinión, no fácilmente detectables.
Es probable que sea insuficiente, ante la implosión de crisis agudas de desigualdad social, para evitar el surgimiento de líderes carismáticos. Y la imprevisibilidad signará, entonces, el futuro de nuestros pueblos.
Ya no hay líderes carismáticos como los de antes. Han sido reemplazados por oportunistas pragmáticos, productos mediáticos, sin otro sustento que un buen estudio de marketing. De corto plazo, con la magia de su permanencia en la imagen, producidos por las mejores técnicas publicitarias, son líderes virtuales, carentes de otro mensaje que el de la promesa de su éxito electoral. En términos gruesos, son las figuritas que "más venden".
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