Voracidad fiscal insaciable

Redacción

Por Redacción

MIGUEL ÁNGEL ROUCO (*)

Los argentinos enfrentan hoy la presión fiscal global –nacional, provincial y municipal– más alta de la historia, lo cual no sólo ahoga a las fuerzas productivas sino que resulta un impedimento para nuevas inversiones y una invitación a la actividad informal. Es en estas circunstancias en las cuales todos los niveles de gobierno se lanzan a aumentar esa presión con nuevos impuestos y creando tasas y gravámenes de cualquier variedad. No es esto consecuencia de un aumento de la evasión tributaria, dado que los niveles de recaudación alcanzan topes inéditos. De hecho, se calcula que la recaudación tributaria superará el billón de pesos. Sí, más de un millón de millones de pesos embolsará sólo el erario nacional durante el 2014. La voracidad fiscal responde pura y exclusivamente al aumento desmedido del gasto público improductivo que año tras año pone en rojo el saldo de las cuentas públicas. La administración Kirchner y sus aliados provinciales y municipales alimenta el gasto sólo para maquillar una situación de pobreza desesperante y sin ofrecer como contrapartida servicios sociales acordes con los niveles de gasto. Salud, educación, seguridad, justicia, defensa y empleo son aún asignaturas pendientes de un modelo que ha asumido funciones económicas –transporte, producción de hidrocarburos–, cuando no ha asegurado sus funciones básicas. El Estado ha adquirido el tamaño de un dinosaurio y ahora se ha tornado inmanejable y con un apetito insaciable. Gran parte de esas erogaciones se va en planes asistenciales, ayudas sociales, subsidios al consumo de servicios públicos y dramáticas coberturas alimentarias, tal como lo demuestra la Asignación Universal por Hijo. ¿Cómo es posible que luego de años de crecimiento a tasas chinas –según el relato oficial– todavía existan unos tres millones de niños que necesitan ayuda alimentaria, en un país que produce cientos de millones de toneladas de proteínas? Esto demuestra que la distribución del ingreso es absolutamente desigual y, al contrario de lo pregonado desde la Casa Rosada, el modelo produjo más pobres que ricos. Ahora, cuando el monstruo estatal virtualmente se comió la brecha generada por la megadevaluación del 2002 y las fuentes de energía, dejando sólo inflación y pobreza a su paso, el kirchnerismo arremete con más impuestos. Esto va a complicar aún más la precaria situación laboral que ya es dramática, al margen de las dudosas estadísticas oficiales que no reflejan la realidad. Según el Indec, la población económicamente activa (PEA) ronda las 18 millones de personas y de ese total un 6,8% (1.225.000 personas) está desempleado. A esto hay que añadirle un 8,7% (1.566.000 personas) que está subempleado, hace changas, lo que totaliza unos 2.791.000 personas que no tienen trabajo. La encuesta oficial no contabiliza como desempleados a todos los que no tienen un trabajo y que reciben uno o varios planes asistenciales y que de acuerdo con cifras extraoficiales rondan unos 3.000.000 de personas. Tampoco el relevamiento del Indec toma en cuenta a quienes hoy están trabajando en negro y que, según datos del Ministerio de Trabajo, abarcan a unos 3.700.000 personas. Todos estos números ponen de manifiesto que casi 9.500.000 personas, más del 50% de la PEA, tienen problemas de inserción laboral al cabo de diez años de modelo kirchnerista. Las consecuencias son aún más amplias si se tiene en cuenta que existen en la Argentina dos millones de empleados públicos más que en el 2001, en todos los niveles de gobierno. Hasta dónde va a llegar el tamaño del Estado con toda su secuela de gasto improductivo, nadie lo puede imaginar. Y menos aún, dónde llevará la administración Kirchner la presión fiscal para alimentar el monstruo. Es hora de achicar el tamaño del Estado, antes de que sea demasiado tarde para lamentos. Más presión fiscal, menos inversiones, menos trabajo y más inflación. Ahora, se le suma una crisis energética de envergadura, como telón de fondo, lo cual hace todo más difícil. La experiencia indica que estos procesos nunca tienen un final feliz y las consecuencias son impredecibles. (*) Analista económico


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