Un sueño hecho museo para reflejar la evolución

La historia de la vida, en las salas del Museo del Lago Gutiérrez Doctor Rosendo Pascual de Geología y Paleontología. Un emprendimiento sostenido por la pasión.

20 may 2017 - 00:00
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Julián aún no había nacido cuando su padre, Rodolfo Corsolini, encontró los restos de un gliptodonte hace casi cuatro décadas, en las afueras de Mar del Plata. Rodolfo pensó que se trataba de un hallazgo espectacular. Por eso, concurrió al Museo de Mar del Plata para notificar el descubrimiento. Pero no le dieron importancia a la información que proporcionaba un profesor de cálculo.

Rodolfo no se quedó quieto. Estaba fascinado y siguió adelante. Empezó a estudiar del tema y la geología y la paleontología se transformaron en una pasión, que heredó su hijo, Julián.

Cuando la familia se mudó en 1992 a Bariloche, Rodolfo abrió un comercio y, tres años después, decidió que Villa Los Coihues era el lugar indicado para abrir un museo. Julián rememoró que su padre hizo los trámites ante la Dirección Nacional de Museos para conseguir la habilitación y el 20 de julio de 1995 abrió sus puertas el Museo del Lago Gutiérrez “Doctor Rosendo Pascual” de Geología y Palentología, como un reconocimiento “a uno de los cinco paleontólogos más grandes del mundo”, explicó Julián.

Después, una ordenanza municipal declaró al Museo como un espacio de interés científico-cultural. Un grupo de amigos de Rodolfo se sumó a la idea.

Los primeros pasos

El Museo empezó con una sala geológica de 3 metros de ancho por 6 de largo y otra sala mucho más pequeña, recordó Julián que desde los 10 años acompaña a su padre en los campamentos de exploración, en busca de esa piedra o fósil, que relate parte de la historia del planeta.

Por esos años no había Internet. La única herramienta de consulta eran libros, enciclopedias y revistas especializadas.

Julian recordó que de niño “quería ser bichólogo”. Los dinosaurios no le interesaban mucho. “Los conocí de grandes”, explicó. Hoy, Julián es biólogo-palentólogo y trabaja a tiempo completo, en el Museo, junto a su padre. Aseguró que no hubo ninguna imposición. Fue una pasión que se cultivó con el paso del tiempo. Su hermana siguió otro camino y vive en Mar del Plata.

En los primeros años, el Museo era gratuito. “Mi viejo siempre fue muy utópico. Desde 1995 hasta el año 2000 no cobrábamos entrada, pero llegó un momento que no se podía sostener”, contó Julián.

Habían dejado de salir de vacaciones, de cambiar el auto cada cierto tiempo y se privaron de varias cosas para sostener el Museo. La situación generó discusiones de familia y no hubo opción que cobrar una entrada. Fue una decisión difícil para el padre de Julián. Pero fue la herramienta necesaria para no cerrar. “Era el sueño de mi viejo, poder mostrar lo que uno trabaja”, rememoró.

Julián afirmó que nunca consiguieron financiamiento oficial ni privado. Crearon una Fundación, con la expectativa de que se pudiera abrir alguna puerta para obtener recursos. Tampoco funcionó. Sólo tienen el servicio de electricidad gratis. El gas lo pagan como si fuera un comercio.

Mundo fascinante

Apenas se cruza el umbral, se abre un mundo fascinante. Miles de piezas en exhibición, que demuestran que la paleontología y la geología van de la mano.

En sala geológica sorprende las Rodrocosita, también llamada Rosa del Inca. “Es nuestra piedra nacional, se encontró en Catamarca”, explicó Julián. Las bandas blancas sobre el mineral es un rasgo único.

El color de las Oreyanitas asombra. Es un mineral que se descubrió hace unos diez años en un campo de Chubut. De los dueños del campo heredó su nombre. La geoda, que es una abertura, al rellenarse con un material de óxido de hierro le da una bella tonalidad roja.

Julián indicó que el 70 u 80 por ciento de las piedras fueron halladas en la Patagonia. Pero hay piedras de México, Brasil, cristales de Madagascar, de Budapest y hasta minerales del mítico volcán Vesubio, Italia.

En otra sala, la data de los troncos en exhibición estremece. Hay troncos de coníferas y araucarias de hace 75 millones de años. “Hay dos mil quinientos minerales expuestos”, puntualizó Julián.

Explicó que el Museo está organizado por tiempos geológicos. Hay piezas de hace unos 600 millones de años.

Evolución

Recorrer cada una de las salas es como abrir una ventana y sumergirse en la historia de la vida misma, de la evolución de la tierra.

La réplica de un tiranosaurio joven es uno de los favoritos de los alumnos de las escuelas de esta ciudad que visitan el Museo. Aunque cada vez son menos frecuentes. En cambio, reciben estudiantes de escuelas de El Bolsón, Villa La Angostura, de Viedma o de Cipolletti, que vienen a Bariloche y aprovechan el viaje para conocer el Museo.

Julián estimó que el 90 por ciento de los visitantes son turistas. En enero y febrero es el momento de mayor trabajo.

El húmero gigante de un Argentinosaurus Huinculensis, ubicado en el medio de una sala, impacta. Se trata de un animal juvenil que vivió hace unos 90 millones de años. La maqueta de la era cretácica cumple una función didáctica relevante.

El Museo que se fue haciendo de a poco, con el sostenimiento y la voluntad familiar, hoy tiene cuatro salas dedicadas a la palentología y una sala geológica. También cuenta con un laboratorio de química y un laboratorio paleontológico.

Julián señaló que en los últimos diez años “nos hemos dedicado más a la parte geológica”. Las salidas de campo se complicaron porque los permisos solicitados a las autoridades provinciales para explorar en terreno, muchas veces no llegaban o era respondidos tarde en las gestiones anteriores. “Esa situación complicaba las salidas paleontológicas”, sostuvo. Pero en la geología hay un mundo fascinante por indagar.

“Triste me siento cuando alguien me dice: “Cuántas piedras juntó”. Pobre de aquél que no ve y no escucha y, ciego y sordo camina. Rico, el que ve con los ojos del alma y escucha con el corazón lo que las piedras tienen para contarnos”, dice un párrafo de un texto que luce en un cuadro, colgado en una pared de la sala de geología, con la firma de su fundador y director, Rodolfo Corsolini. Resume, tal vez, la pasión que une a dos generaciones.

La flor compuesta más antigua
A simple vista no deslumbra como otras piezas, pero es el tesoro más preciado. Se trata de una flor compuesta, que hallaron en cercanías de Pilcaniyeu y que cambió el paradigma evolutivo.
Los estudios científicos demostraron que se trataba de una pieza con varios millones de años. Por eso, Julián Corsolini sostuvo que se trata de la flor compuesta más antigua de la historia y está en un museo de Bariloche.
“Antes se creía que las flores compuestas más antiguas eran europeas de hace unos cuatro millones de años, pero este descubrimiento aumentó la edad biológica por más de cuarenta millones de años”, destacó Julián. El descubrimiento se publicó en revistas científicas prestigiosas como Science y Nature.
“Con esta flor podemos determinar que todas las flores compuestas como las margaritas, dientes de león o girasoles evolucionaron a partir de flores compuestas de Patagonia y se pudieron diversificar hacia todo el mundo”, explicó Julián.
“Antes se pensaba que era al revés; cambió el paradigma evolutivo”, sostuvo. Dijo que esa tesis se constató en 2010 a partir de un trabajo de la doctora Viviana Barreda del Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” y del doctor Bremer de la Universidad de Estocolmo.
Julián señaló que fue un descubrimiento que obligó a cambiar los libros de Botánica. Afirmó que el hallazgo se publicó en 2012, en los anales de Botánica de la Universidad de Oxford, con el nuevo nombre científico: Raigunrayen Cura, que en tehuelche significa flor en piedra.
Ubicación y horarios
¿Dónde? En la calle Bosques Petrificados 367, Villa Los Coihues. Abierto todos los días de 9 a 12:30 y de 14:30 a 19.
Entrada: $ 60. Jubilados $ 50. Menores de 6 años, gratis.

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