Acaso Trump pase, pero su criatura quedará

19 oct 2016 - 00:00
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El martes 8 de noviembre a la noche, los estadounidenses, como casi todos los habitantes del mundo en realidad, se irán a dormir aliviados. Si las encuestas esta vez no se equivocan, Hillary Clinton será consagrada presidenta, Donald Trump morderá el polvo de la derrota y los recursos con que la hiperpotencia impone sus puntos de vista a nivel global seguirán en manos, digamos, estándares.

En tal caso, el multimillonario pasará a ser una mera anécdota en la historia reciente de EE. UU. Una amenaza superada, un tema resuelto. ¿Resuelto?

La emergencia de Donald Trump es, en realidad, la de un sector importante de la población de los Estados Unidos del que no se tenía registro, no al menos como un actor político relevante. Si un mérito tiene el candidato “republicano” es el haberlo amalgamado, haberlo convertido en un factor viable de poder al dar cuenta por primera vez de sus expectativas, o más bien de sus frustraciones, en una carrera presidencial.

Se trata de un electorado que, en su núcleo duro, no se inmuta ante la confesión en primera persona de un abusador sexual, que aplaude la promesa de un muro en la frontera sur, que se excita ante la posibilidad de la expulsión de once millones de inmigrantes, que se ilusiona ante la perspectiva de que ni un solo musulmán pueda ya ingresar al país... La lista de horrores es tan larga que más vale remitirse a la que Robert De Niro resumió admirablemente, en clave calificativa, en un breve video.

La perplejidad que genera ese electorado lleva, como contrapartida, a excesos lamentables del establishment, cuya exponente más prominente, la propia Hillary Clinton, lo calificó como “la canasta de los deplorables”. Tal trumpismo no hace más que poner de manifiesto la impotencia de la política tradicional de ese país para lidiar con un fenómeno que ella misma nutrió con indolencia a lo largo de décadas.

Porque Trump expresa, mal que les pese, a un Estados Unidos en el que el 0,1% más rico pasó en los últimos treinta años de controlar el 7% del ingreso nacional al 22%. Casi lo mismo que lo que queda en manos del 90% de la población.

Más datos explican la frustración que encarna Trump.

Según datos del censo, desde el comienzo del siglo, la clase media se encogió un 8,5%, algo que se agrava en virtud de una memoria histórica que después de la Segunda Guerra Mundial alimentó el mito del “sueño americano”, esto es del progreso permanente.

Esa clase media formada por el 60% de los hogares capturaba en 1980, justo antes de que Ronald Reagan refundara la economía mundial, el 51,7% de la riqueza. En el 2011, cuando los efectos de la crisis de las hipotecas ya estaban plenamente decantados, retenían menos de la mitad.

Parte de esos sectores corresponde a trabajadores sindicalizados, que desde 1983 pasaron de representar el 20% del total a apenas el 10%, esto es la diferencia entre quienes pasaron de la clase media a las privaciones.

En paralelo, el fenómeno de la deslocalización de puestos de trabajo hacia países con mano de obra más barata se hizo sentir. Las mayores empresas multinacionales, que dan cuenta de cerca del 20% de los empleos en el país, generan hoy más trabajo fuera de los Estados Unidos que dentro de ellos.

Pero la presión del consumo no se detiene, por lo que mantener un nivel más o menos constante se hizo a fuerza del endeudamiento de las familias, que trepó un impactante 161% entre 1992 y 2010.

Es toda una paradoja que quien represente hoy a esos sectores sea justamente un multimillonario (la revista “Forbes” le adjudicó u$s 3.700 millones), un confeso elusor (si no evasor) de impuestos, un representante conspicuo ya no del tan mentado “uno por ciento” sino del mucho más exclusivo “cero coma uno” y alguien que resulta obsceno en la exhibición de su riqueza y su poder.

La globalización es un fenómeno de muy larga data, pero que se aceleró de la mano de la desregulación financiera y de la revolución digital. No todos los países se han adaptado de igual modo a ella: algunos lo hicieron mejor y otros peor, algunos con más inequidad y otros con menos... Estados Unidos ha sido eficiente al respecto en términos macro, pero al costo de relegar a vastos sectores de su población.

Cuando la política le da la espalda a la gente de carne y hueso, cuando cierra los ojos ante la desigualdad irritante y cuando convierte una tendencia de largo plazo en una verdad que no debe siquiera cuestionarse, le cede el sentido común a los ultras.

El rechazo al libre comercio a ultranza y a una unión monetaria rígida hasta el absurdo explica al Frente Nacional francés y, en general, a la ultraderecha europea; la resistencia a la acción de los gobiernos de países centrales que producen masivamente refugiados económicos y políticos, que luego deben ser contenidos en casa en un ambiente económico gélido, en tanto, da buena cuenta del “brexit”.

El problema es que ese sentido común adopta formas monstruosas en boca de los Le Pen, los Farage, los Wilders. Y de Trump, desde ya. Para ellos, los reflejos defensivos, incluso proteccionistas, rebasan cualquier forma tolerable y se convierten en discriminación, islamofobia, violencia, odio al diferente, al pobre, al refugiado.

El martes 8 del mes que viene probablemente todos nos vayamos a dormir con cierto alivio. Si las encuestas esta vez no se equivocan, repitamos.

Trump ya no nos importunará. Pero su criatura, ese resentimiento ignorado por todos y hecho fuerza política por él, puede sobresaltarnos, sin que lo esperemos, alguna noche.

“La emergencia de Donald Trump es, en realidad, la de un sector de la población de
EE. UU. del que no se tenía registro, no al menos como un actor político relevante”.
“No hace más que poner de manifiesto la impotencia de la política tradicional de ese país para lidiar con un fenómeno que ella misma nutrió con indolencia”.

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