La fuerza política del miedo

17 feb 2017 - 00:00
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    Desde hace algunos años atrás las emociones vienen siendo sopesadas y valoradas por las diversas ciencias sociales. El enojo, la indignación, el entusiasmo y el miedo son experiencias subjetivas que si bien impactan de forma individual pueden no obstante concernir a lo colectivo. Y por lo tanto, a la política.

    Esas expresiones subjetivas conforman los funcionamientos sociales y hacen las veces de vectores de fuerza con especial relevancia en el proceso de toma de decisiones. De allí que las clases dirigentes se esfuercen por intentar decodificar qué emociones en particular resultan las apropiadas para concretar sus finalidades y objetivos.

    La experiencia del miedo no suele resultar espontánea o irracional. Por el contrario, se trata de un producto político que por su naturaleza atraviesa los regímenes y las ideologías. Tan es así que en el proceso de racionalización del mundo el miedo tiene su lugar, ubicado entre lo que no se sabe, y en especial por la incertidumbre respecto a lo que puede llegar a suceder.

    Los poderes políticos hacen un uso constante del miedo. Lo explotan al señalar una amenaza susceptible de hacer tambalear una forma de cohesión nacional, concentrando la atención de la población en fuerzas políticas o sociales que estarían en condiciones de quebrantar el espíritu de las instituciones y de nuestra vida colectiva.

    De modo que la política del miedo se construye a partir de pasos precisos. Los primeros apuntan a identificar un objeto al que el público tendrá que tenerle miedo. La segunda consiste en interpretar la naturaleza de ese miedo y explicar las razones de su peligrosidad para, en un tercer momento, enfrentarlo.

    Esta maniobra en tres tiempos representa una fuente inagotable de poder político. Y también el termómetro adecuado para juzgar el carácter autoritario o no del poder. Dado que este último se consolida en cuanto le ofrece a la angustia de los gobernados unos blancos cómodos para alejarla de los problemas que realmente se les plantean.

    Dentro de este campo se erige el muy conocido fenómeno de la caza de brujas. Aquél suele partir de constataciones objetivas y de observaciones precisas para llegar a conclusiones distorsionadas y fuera de foco. Se trata de un cortocircuito del pensamiento del que proceden los oscurantismos y todos los movimientos de pánico.

    Dicho proceso de utilización política del miedo ha quedado explicitado en la preocupación expuesta, semanas atrás, por organizaciones de derechos humanos, sociales, eclesiásticas, académicas y otras entidades que defienden los derechos de personas migrantes en nuestro país.

    Aquellas manifestaron entonces su preocupación ante las propuestas gubernamentales que “asocian la migración al delito, instalando un falso problema que desplaza un real debate sobre cómo abordar problemas de seguridad y violencia en un mundo globalizado”.

    Cabe recordar que previo al decreto de necesidad y urgencia que le sirvió al oficialismo para reformar la ley de Migraciones sancionada años atrás por el Congreso, la ministra de Seguridad Patricia Bullrich repitió una y otra vez que son extranjeros el 33% de los presos “por delitos federales”.

    Mediante esa reiterada afirmación la ministra omitió deliberadamente un dato puntual: que menos del 6% de la población carcelaria total es extranjera. Tan es así que sobre dos millones de inmigrantes que viven en la Argentina apenas 1.420 (es decir, el 0,07%) están presos por delitos vinculados al narcotráfico.

    En su sobreactuación la ministra también omitió que los presos por narcotráfico representan el 10% de la población carcelaria total entre sistema penitenciario federal y sistemas provinciales. Y que sobre ese universo apenas el 17% son extranjeros frente a un 83% de argentinos.

    Fue el florentino Nicolás Maquiavelo, auténtico precursor de la ciencia política actual, quien en el siglo XVI enseñó cómo el miedo representa una de las mejores y más poderosas herramientas de gestión política. Desde entonces sobran ejemplos para darle razón.

    *Profesor titular de la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN)

    La experiencia del miedo no suele resultar espontánea o irracional. Se trata de un producto político que atraviesa los regímenes y las ideologías.
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