Matrix ya no es ficción

20 may 2017 - 00:00
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Hace apenas unas décadas las utopías negativas (las distopías) parecían meras versiones tecnológicas del antiguo Apocalípsis bíblico. Terminator es una versión agiornada (casi punto por punto) de la Anunciación, el Nacimiento del Salvador y el Apolipsis. Esas ficciones buscaban alertarnos sobre los peligros que conlleva el desarrollo técnico cuando no hay límites a su desarrollo ni reflexión sobre sus alcances. Distopías parecidas habían aparecido a comienzos del siglo XX cuando el encanto por las nuevas máquinas (el automóvil, el avión, la electricidad) se enfrentó con el uso mortífero que se hizo de ellas durante la Primera Guerra Mundial. Fue el momento en el que Aldous Huxley (con Un mundo feliz) o Franz Kakfa (con El Proceso) contrapusieron imágenes negativas al optimismo ingenuo de los adoradores de la técnica. Pero ahora estamos mucho más lejos de todo lo imaginado en aquellas épocas iniciales y nuestro desarrollo tecnológico es tal que el mundo que presenta una distopía brutal como Matrix parece un cuento infantil.

Varios de los científicos, intelectuales y empresarios tecnológicos más prestigiosos del mundo (desde el físico Stephen Hawkins hasta Michael Vassar, jefe de investigación de MetaMed) han alertado sobre los peligros que puede acarrear el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA).

Los científicos adelantan que si no se logra establecer algún tipo de freno o de contrapeso, dentro de pocos años la IA superará a la inteligencia humana: eso le permitirá independizarse y actuar de manera hoy imprevisible (lo que hace pensar que la fantasía de un Skynet atentando contra la humanidad y generando Terminators no sea una mera ficción de los 80).

La mayoría de estos líderes tecnológicos sabe que si algo es técnicamente posible y puede generar beneficios, ese algo terminará siendo real, más tarde o más temprano, aunque implique riesgos excesivos.

Por eso, muchos de ellos están trabajando para encontrar, más que un límite a la investigación sobre IA, un atajo que permita a los humanos mejorar su propia inteligencia. Uno de ellos es Elon Musk, que con su nuevo proyecto (Neurolink) vuelve a colocarse a la vanguardia.

Neuralink fue presentada en sociedad hace menos de dos meses. Es una empresa que busca crear un “cordón neuronal” que se implante en el cerebro y permita conectar a los seres humanos con las computadoras. De esta manera permitiría aumentar no solo la capacidad de cómputo del cerebro de un individuo, sino también mejorar la inteligencia de la máquina y, además, permitiría la interconexión de cada cerebro-máquina con todos los demás cerebros-máquinas.

Esta nueva tecnología tomaría la forma de un “cordón neuronal” inyectable -compuesto de una malla de microelectrodos- que aumentaría la capacidad y las funciones del cerebro humano, agregando otra capa a la corteza y al sistema límbico para que sea capaz de comunicarse con una computadora (creando cyborgs: mezcla de humanos con máquinas). Este dispositivo neuronal crearía una interfaz que sería actualizable.

Hace 20 años, Elon Musk recién comenzaba a ser conocido en el mundo tecnológico, pero hoy es el más conspicuo sucesor de Steve Jobs como piloto de la gran nave que nos lleva al futuro: sus empresas producen energía a partir de la luz solar, autos eléctricos de alta performance y los cohetes que posiblemente lleven la primera tripulación humana a Marte. Ahora, con Neuralink, Musk da un paso tan arriesgado hacia lo nuevo que quizá aun no podemos ver todas las consecuencias de esta innovación.

Musk dice que Neuralink comenzará a desarrollar su interfaz cerebro-máquina para enfrentar enfermedades cerebrales (como problemas congénitos, las fallas ocasionadas por un ACV o los daños de un tumor cerebral), pero que, una vez consolidada esa etapa, el próximo paso sería permitir que todo ser humano pudiera tener una superinteligencia, asociado a la máquina.

Las consecuencias de este desarrollo de la IA asociando el cerebro humano a la máquina son ilimitadas y, hoy, imprevisibles. Phillip Alvelda, el ingeniero que diseñó el sistema de Ingeniería Neuronal (NESD) dice que “los mejores sistemas de interfaz cerebro-computadora que hoy existen son como dos supercomputadoras tratando de hablar entre sí utilizando solo un viejo módem con conexión dial up; imaginemos lo que será posible cuando logremos que nuestras herramientas neuronales tengan por lo menos el nivel de desarrollo que hoy tiene la mejor banda ancha”.

Eso permitiría hacer funcionar las aplicaciones con órdenes mentales y también lograr que las computadoras funcionen sin que usemos ni las manos ni la voz (y quizá sin ninguna computadora “externa”, ya que todo sucedería en nuestros cerebros interconectados).

Con un sistema neuronal que asocie computadoras y cerebros se podría lograr que las prótesis e implantes corporales (que se multiplicarían y serían de todo tipo) se integren perfectamente. Prácticamente no habría problema físico (del tipo que hoy limita la vida de muchas personas, como la ceguera, la sordera o la atrofia muscular) que no pudiera ser superado exitosamente.

Pareciera que solo tenemos dos alternativas ante el desarrollo de la IA: esperar que llegue el Día del Juicio Final y que las máquinas nos destruyan enviando un Terminator implacable, o unirnos a las máquinas para trabajar en conjunto. De alguna manera hacernos máquina, y hacer a las máquinas parte de lo humano.

Si no puedes contra ellas, úneteles.

Científicos creen que si no se pone algún freno o contrapeso, en pocos años la Inteligencia Artificial superará a la humana y le permitirá independizarse y actuar de manera imprevisible.
Por eso, muchos buscan, más que limitar la investigación sobre IA, un atajo que permita a los humanos mejorar su inteligencia, por ejemplo, conectando el cerebro con las computadoras.

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