Las hojas de marzo
Abrazando la alta pared de mi patio hay una enredadera. Adherida sin necesidad de guías, ella misma generando su sostén, acompaña el ciclo de las estaciones en una paleta mágica: verde, amarillo, rojo, marrón… y al final, queda por un tiempo una telaraña oscura, aguantando el frío, hasta la nueva generación.
Pero marzo transcurre en un paradigma de latencia, donde domina triunfante el verde maduro y aquí y allá todavía hay verdes jóvenes, y aparecen algunos toques de amarillo y otros rojos y otros marrones. Sólo algunos; pero ya están todos.
Marzo es también un paradigma de mi historia.
Pronto, el 31, morirá mi padre, una hoja verde oscuro devenida en marrón, caída en plena madurez. Y con su final, la sensación de que, a partir de su ausencia, sobre la familia se abatieron las furias. Poco tiempo después, me detendrían, el '71 se enroscaría en un vórtice imparable. Hoja joven. El vórtice se acelerará haciendo desaparecer los años, llevándoselos en ritmo de locura, de tal forma que todo está presente en su contundente ausencia.
Será desde los barrotes de una cárcel, -otra cárcel, años después- que los tanques del 24 parecerán rayados, marchando desde La Plata hacia la capital, anticipando el infierno cuya antesala ya sabía en carne propia. Y poco después, el giro violento se llevaría a mi hermana Marita.
No fue enseguida, sólo que ya estaba esbozado en la enredadera aún intacta, aparentemente firme: ella seguía adherida a su rutina universitaria y militante, su rutina de alto riesgo, cargada de adrenalina, ese estado donde la savia circula con fantasías de triunfante eternidad. Una hojita nueva, verde clarito, que pasará muy rápido al rojo de la sangre y al marrón de la tierra, de alguna tierra que aún no sé dónde está.
Me gusta marzo. Mejor he de decir: me he reconciliado con él, lo he aceptado, como mi enredadera. Las furias que vendrán no opacan su maravilla de tonos, que en esa danza entre la vida y la muerte, son la señal del fin del ciclo. Y del renacer.
Mientras escribo, de vez en cuando levanto la vista y ahí está, una masa verde con toques de otoño. Con ese feliz celeste de un cielo impecable de nubes, sí que parece eterna, esa misma sensación de envión sin retorno, de enorme poder y vitalidad, -patrimonio e ilusión a la vez de dos generaciones- que ya en sí misma presagiaba el final, como si lo estuviera convocando, conteniendo, provocando.
Todas las hojas de mi enredadera caerán, antes o después, golpeadas por el ritmo del tornado que se abate, y sobrevivirán hasta el último día algunas tenaces o más protegidas, o con suerte, o porque Dios lo quiso, o el azar dijo ésta sí, ésta no. El otro tornado no tuvo nada de azar: fue una destrucción anunciada, vivida como inevitable, que es la mejor manera de hacerla inevitable.
Y aquí estoy, cayendo en la cuenta de que mi enredadera no puede hacer nada por rendirse al helado invierno en una orgía de colores, hoy apenas insinuada, pero que en la alegoría de los seres humanos la muerte siempre se lleva hojas jóvenes, hojas en plena madurez. No necesitamos los tanques en fila para provocarla, porque otros huracanes soplan siempre, mientras recordamos, homenajeamos, hacemos los signos de la memoria. La enfermedad, la tristeza, el miedo, la desnutrición, la desocupación -esa contemporánea forma de desaparecer, de ser nada socialmente-, marchan en fila, toman el recodo, llegan a su destino. A su solapada o evidente manera, salen de sus cuarteles que son nuestras propias decisiones.
Esto le da a mi Argentina tan golpeada una chance que no tendrá mi enredadera: podrá evitar el alto costo de otro invierno, si quiere. Si quiere.
Beba Salto
bebasalto@hotmail.com
Abrazando la alta pared de mi patio hay una enredadera. Adherida sin necesidad de guías, ella misma generando su sostén, acompaña el ciclo de las estaciones en una paleta mágica: verde, amarillo, rojo, marrón... y al final, queda por un tiempo una telaraña oscura, aguantando el frío, hasta la nueva generación.
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