Pasó más años preso que en libertad y ahora piensa en la rehabilitación
Tartaglino conoce desde adentro todas las prisiones.
NEUQUEN (AN)- A los seis años vendía diarios; a los nueve robaba en los quioscos; a los trece lo internaron en un reformatorio del que se escapó a la semana y apenas cumplió los 18 lo condenaron por el robo de un auto, al que había destrozado haciendo picadas.
Juan Tartaglino acaba de cumplir 40 años, de los cuales pasó 22 tras las rejas. Recorrió las cárceles de San Rafael (Mendoza) donde nació, Devoto, Olmos, la U-9 y la mayoría de las penitenciarías neuquinas. Pero lo que marcó a fuego su historia de presidiario fue el temible penal de Sierra Chica, donde como dice «sobrevivió» tres años.
«Nada es comparable a ese infierno y nadie sale de allí sin dejar mucho de su vida. Adentro solo hay tres posibilidades: volverte loco, morir (porque te matás o te maten) y sobrevivir», señaló en diálogo con este diario.
Ahora está en la comisaría 18 de Gran Neuquén esperando que llegue diciembre para obtener la libertad condicional. Y ayer pasó el día con su familia, porque empezó a tener salidas transitorias.
Si la suerte lo acompaña comenzará a trabajar y dejará atrás el delito. Aunque si lo logra será por pura voluntad; su vida es un reflejo de las inhumanas cárceles en las que vivió, donde es ilusorio hablar de rehabilitación.
Por ejemplo, el pabellón 3 de Sierra Chica. «Es de castigo, en las celdas sólo cabe el colchón, ahí se come y se caga. Es inhumano, no hay luz, sólo a través de una hendija ves el gris de la sierra, porque el penal está en un pozo entre los cerros», contó.
El 12 es el «buzón»: «Es escalofriante, produce la misma sensación que una morgue. Ahí afloja el más rudo, muchos no lo soportan y terminan chiflados, otros se ahorcan».
Tartaglino estuvo en el 1 y el 4, donde compartió la «ranchada» -reunión de presos- con Agapito Lencina, degollado por los doce apóstoles durante el más sangriento motín de la historia penal argentina.
Mientras espera su libertad condicional, Tartaglino reconoce que «el preso cuando sale jura que jamás volverá. Pero yo que pasé tantas, que estoy viviendo mi vida detrás de los barrotes, sé que no va a depender sólo de mí, aunque me sobran los motivos para aferrarme a la libertad: mi mujer y mis hijos». Lo dijo con los ojos brillosos y apurando el mate para desatar el nudo en la garganta.
Purga una condena de ocho años por el asalto a una aseguradora de esta ciudad. Con intervalos de libertad que nunca llegaron a un año, desde los 18 está en prisión.
«Aguanto porque canalizo mis expectativas en lo espiritual, por mi mujer y mis hijos. Mi vida ha sido puro vértigo, miseria, bronca, resentimiento, dolor, violencia…», comentó mientras hacía correr el mate entre el cronista y tres compañeros de celda, que se cautivaron con su relato.
El televisor traía imágenes del escándalo del Senado por los sobornos: «La cárcel no rehabilita a nadie, al contrario, lo termina de hundir. Y la sociedad no te muestra otra cosa que esto: ladrones de guante blanco que hacen más daño que un infeliz ratero de gallina. Y acá en Neuquén, vecinos que se quejan porque en el barrio ponen un reformatorio. La discriminación, ¿acaso no es violencia?».
A Tartaglino se le iluminan los ojos cuando habla de sus hijos mellizos, una nena y un varón de cuatro años, y otro varón de un año y medio.
«Yo también soy hijo mellizo, también con una hermana. Fuimos los últimos de trece hermanos y al nacer murió mi madre. Era la vida de ellas o la nuestra. Mi padre murió poco después y no lo conocí. A mis hermanos tampoco», relató. Lo adoptaron unos chacareros .
El duro trabajo de la viña no era para él. «Uno siempre quiere ser alguien y yo me largué a la calle, a robar. La primera macana grande fue cuando robé una cupé Chevrolet y la estrellé contra un R-12. Tenía 16 años y me largaron, pero por ese robo me «tiraron» ocho años y apenas cumplí los18 me encerraron», recordó.
Pasó cinco años en la cárcel de San Rafael, cuando salió volvió a su casa -«mis viejitos, que no eran mis padres biológicos, nunca me abandonaron. Ya murieron», dijo-, pero no consiguió trabajo. Volvió a delinquir, lo encarcelaron, se fugó y fue a parar a Buenos Aires. «Sin plata, ni documentos y fugado ¿qué podía hacer? Entré en la pesada».
El siguiente destino fue Devoto. «Da miedo entrar entrar ahí, es la ley de más fuerte. Peor es Olmos, con pabellones de 180 presos», relató. Terminó la condena en la U-9, salió y a los poco meses cayó por el asalto a la aseguradora.
No reniega sus culpas y es consciente que ha vivido más en la cárcel que en libertad.
«Acepté la nota no por contar mi vida, que puede no interesarle a nadie. Delinquí y pago la deuda, pero lo que sí quiero decir es que la sociedad y los gobernantes están en deuda con los miles de detenidos que se pudren, hacinados, en cárceles inhabitables. El castigo más cruel no son los años de prisión, sino el olvido y la cruel degradación a la que te someten», dijo Tartaglino.
Las garantías para la sociedad
NEUQUEN (AN) – «La prensa es muchas veces más garantía que un juez. Y no sólo para los presos, sino también para la sociedad. Pero hay que mirar el tema de todos los costados, porque no es fácil y muchos se confunden», dijo Tartaglino cuando se le preguntó sobre los asaltos con rehenes.
«En mis primeros años en la cárcel gobernaban los militares y la vida era durísima. Cuando los sacaron la cosa cambió. No se terminaron las injusticias, pero uno puede denunciarlas y si no fuera por el periodismo, nada se sabría de lo que pasa en la cárcel».
Remarcó que «cuando un preso se fuga la policía le pone el sellito de «carta blanca», que significa que donde lo encuentren lo pueden matar. Después le tirarán un arma al lado y dirán que fue un enfrentamiento».
«En el motín se libera la bronca contenida»
NEUQUEN (AN) – Juan Tartaglino opina que los motines son la liberación de la bronca contenida, la impotencia, la humillación. No son una reacción espontánea ni de un líder, sino el cúmulo de sucesivas frustraciones de todos. «Es la gota que rebalsa el vaso, el límite del aguante de un hombre, la única manera de gritar las injusticias», dijo.
«Cuando no dejan entrar una visita o hablar con el defensor, te niegan la entrevista con el jefe del penal o ir al médico y podría decir infinidad de los derechos más elementales cercenados, es una presión que se va acumulando. Un día uno explota, quema un colchón y todos se identifican con él, porque está manifestando el mismo reclamo de todos», comentó.
Añadió que de antemano se conocen algunas de las consecuencias de un motín: la represalia serán los traslados, el endurecimiento de los controles, las trabas cotidianas para cualquier trámite. Pero dice que es el único camino que tienen los presos para hacerse oír.
«En el último motín grande de la U-9 (el de junio del año pasado), los periodistas de un canal de Buenos Aires y el local filmaron el deplorable estado de las celdas y cómo el interno tiene que vivir en esa cuevas húmedas, sin luz, sin revoque. ¿De otra manera, creés que hubiera sido posible que la gente comprobara las miserables condiciones de un penal?», dijo Tartaglino.
En aquella ocasión, uno de los reclamos de los internos fue que se permitiera el ingreso de la prensa para que luego difundiera la situación interna del penal. El resultado fueron imágenes estremecedoras del estado edilicio de la U9.
En la mira de los reclamos apuntó a los legisladores: «Ningún diputado va a visitar una cárcel para ver cómo vive los presos. ¿Acaso se conoce algún proyecto presentado para mejorar los penales? ¿Alguien controla la comida que nos traen cada día? Y no es que no sepan que se vive casi como perros, pero miran para otro lado».
Sobre el juicio que debía comenzar hoy contra 18 internos que se amotinaron en agosto del año pasado en la U-11, suspendido porque los defensores se negaron a participar si hacía en la cárcel como estaba previsto, opinó que «es una aberración lo que quieren hacer. Protestaron por el mal trato que reciben a diario, por cosas que les prometen y no les cumplen y quieren juzgarlos bajo la presión de los guardias que maltratan».
Sostuvo que «no sólo los están condenando de antemano, sino que a varios de ellos les están negando la posibilidad de recuperar la libertad porque ya han cumplido sus condenas».
Futuro de pizzas y empanadas
NEUQUEN (AN) – Con gorro y delantal blanco, Juan Tartaglino ya se imagina detrás del mostrador de una pizzería que piensa instalar cuando recupere la libertad, para rehacer su vida y cumplir la promesa que le hizo a sus hijos: no volver a una cárcel.
«La idea la hemos pensado con mi mujer y ya tenemos las cosas encaminadas. Hemos ido juntando algunas cosas y con un poquito de suerte, para cuando salga ya estaremos en condiciones de ponerlo en marcha», comentó.
La actividad de gastronómico es una de las tantas tareas que cumplió en los penales y ahora piensa desarrollarla en función de su definitiva recuperación.
«El Patronato de Liberados nos dio un dinero y con eso compramos el horno pizzero, que era una de las cosas más caras para montar el negocio. El resto lo hemos ido consiguiendo y con un empujoncito más, podremos empezar», dijo Tartaglino.
También relativizó la importancia que puedan tener las escuelas y talleres para presos. «Sirven, pero no más allá que para el tratamiento psicológico. Lo decisivo es la ayuda que te puedan brindar para cuando abandonás la cárcel, que es cuando se te cierran todas las puestas desde que pisás la vereda».
«Salís -describió- no tenés cómo ni dónde ganarte un sueldo dignamente, la sociedad te rechaza y volvés como un rebote a la prisión. Es así de clarito», opinó.
NEUQUEN (AN)- A los seis años vendía diarios; a los nueve robaba en los quioscos; a los trece lo internaron en un reformatorio del que se escapó a la semana y apenas cumplió los 18 lo condenaron por el robo de un auto, al que había destrozado haciendo picadas.
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