Mirta habla de su padre: Un hombre fuerte como la montaña
La hija del dramaturgo y novelista recuerda los tiempos en que compartían juegos y pasiones. Hace pocos años, debido a un problema laboral , se puso a estudiar toda su obra.
Hace muchos años ya que Mirta Arlt no concede reportajes. Prefiere no hablar sobre la herencia, las enseñanzas -mejor- que le dejó Roberto Arlt. Le molesta hacer de él un tema de conversación. Pero en este año del centenario de su nacimiento, hizo algunas concesiones. «Sé que para quienes le están dedicando el suplemento de un diario, no sólo es un trabajo sino además una actitud de afecto y reconocimiento; confirman que mi padre iba a ser valorado siempre más, pasado el tiempo. No puedo negarme a decirle mi parecer, mi punto de vista sobre él. Una vez alguien me dijo que en mi lugar, hubiese dado la vuelta al mundo con una conferencia sobre Roberto Arlt. Por eso, siempre que puedo evito dar entrevistas y si usted no me llamara de Río Negro, donde mi padre fue una vez e hizo notas sobre la provincia, le habría dicho que no, que debía dar una clase o cualquier otro pretexto. No puedo negarme por mucho que esto me levante la carne un poco herida, porque nunca me he resignado a su muerte (ocurrida en 1942). Al diario le agradezco que lo recuerde y dedique unas páginas a mi padre».
Mirta Arlt acaba de jubilarse en la Facultad de Filosofía y Letras y dicta Panorama de la Literatura en la Universidad del Cine que dirige Manuel Antín. En la UBA estuvo durante treinta años en la cátedra de Literatura Inglesa y en la de Teatro. También dio Literatura Argentina, cuando en 1976 la dejaron cesante en todos sus cargos y no tenía de qué vivir.
«Compañeros de la Facultad, por afecto, me dieron unas horas para dictar Argentina, para lo cual no estaba preparada y tuve que estudiar como una alumna de primer año. Yo que he sido tan perjudicada por esa banda de militares que, nunca me explicaron por qué, me sacaron todas las cátedras del secundario, la universidad y el Conservatorio Nacional de Arte Dramático -creo que fue por portación de apellido- digo que en el fondo tenían razón. No tengo nada que ver con esa casta de militares espantosos y brutos, además, profundamente ignorantes. Gente que iba a misa todos los días y después reventaba gente como se le ocurría».
Mirta continúa trabajando, a la manera del descanso del cartero que sigue recorriendo los lugares donde repartía la correspondencia, con tal de estar en lo suyo.
–En las páginas 11 y 12 de «Los Lanzallamas», novela prologada por usted en la edición de 1968, bajo el título «Palabras del autor», su padre afirma «orgullosamente que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. (…) Se escribe en cualquier parte; sobre una bobina de papel o un cuarto infernal.»
– Así era. Podía abstraerse en cualquier lugar, era capaz de no dormir y pasar toda la noche escribiendo, sentado ante el escritorio de la redacción del diario «El Mundo», cuando ya todos se habían ido. Lo hacía mientras andaban las rotativas para largar la edición del día siguiente, en medio de un tremendo ruido, o en una plaza rodeada de tránsito y bocinazos. Cuando escribía en casa, nadie lo molestaba, eso era sagrado. Siempre tuvo su pieza, con una mesa de trabajo y la compañía de su aparato musical. Escuchaba compositores rusos como (Dmitri) Shostakovich; también le atraía Manuel de Falla. Le gustaban las disonancias de los músicos contemporáneos.
Tenía una predisposición muy marcada también por la música árabe y por el flamenco. Desde 1935 al «36 -cuando volvió de España poco antes de que estallara la Guerra Civil- visitó distintos lugares y escribió la serie de «Aguafuertes españolas» que publicó en «El Mundo» y en un libro.
– Escribe su padre en otro párrafo: «me atrae ardientemente la belleza»…
– Tenía un gran sentido estético. No le gustaba vivir en lo sórdido, era enormemente afecto a la belleza del sistema verbal, del musical, del gestual. Le atraía todo lo que hacía del humano un ser del arte. Pero no era hombre de expresar los afectos con palabras. Era capaz de armar un barrilete, para él claro, y llevarme a remontarlo juntos. Nos divertíamos mucho, pero no hacía mimos, era un tipo más bien conceptual. Le gustaba ver cómo me impresionaba una música, cómo escuchaba un cuento, qué actor me gustaba más de los que habíamos visto en el ensayo de una de sus piezas teatrales. Era más bien, la nuestra, una compañía de camaradas.
Yo tardé en introducirme plenamente en su literatura. Lo hice a través de las «Aguafuertes porteñas» y de su primera novela, «El juguete rabioso». A los catorce años, cuando leí «Los siete locos», me pareció espantosa. Sentí un gran rechazo. Como yo sabía que el personaje central, Silvio Astier, era un reflejo autobiográfico, un día le pregunté si el libro también lo era, porque esa sola idea me parecía horrible. Entonces (traga con dificultad), me contestó que los escritores actuaban contando historias; así como Dios había contado una, al crear el mundo y cuando no supo qué hacer con el hombre, lo largó a la tierra, lo puso en el lugar de los personajes que iba creando.
Si te encontraras con Dios, ¿le preguntarías si él fue Adán y Eva? Preguntó finalmente mi padre. Me dio un ejemplo totalmente obvio como para que una niña bastante tonta (sonreímos), entendiera que el escritor no se reflejaba en todo lo que hacían sus personajes. En todo caso, podía reflejarse en la concepción del mundo implícita en ellos.
– Respecto de esta visión en particular, dice en un párrafo que subrayé hace muchos años ya: «En realidad uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches»…
– Mis abuelos eran de extracción puritana y algo de eso pasó a mi padre. Además era un amante furibundo de la verdad, entonces el adorno pueril, los símbolos exagerados de feminidad que se cuelgan las mujeres, le parecían espantosos, que eran para estar constantemente haciendo una comedia.
– ¿Cómo reflexionaría hoy, cuando resulta difícil hallar algo verdadero que escape a la farsa?
– El lo previó totalmente, de modo que vería el presente como el momento de mayor desesperación del hombre. Porque para haber caído tan bajo, hay que estar muy desesperado. Vivimos en el tiempo, lo sepamos o no, de la exasperación y la desesperanza por ausencia de los dioses que se nos han ido, de los que aún no han llegado o no sabemos ver; por falta de valores éticos… Todo eso nos muestra hoy sin referentes ni modelos de conducta, de comportamientos; hace del hombre una indefinición constante. No sabemos dónde está la medida de nada. La libertad significa tener puntos de referencia para optar y saber a dónde ir. En la pura indeterminación no vive la libertad…
– Suena discepoliano. «Que el mundo fue y será una porquería», comienza diciendo «Cambalache». Pero su padre dice en el texto que vengo citándole: «El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo» (…) «El provenir es triunfalmente nuestro». Una visión más optimista sobre lo que usted acaba de criticar.
– Sí, pero lo afirmaba en el sentido de que tenemos capacidad de verdad. Cuando un hombre la tiene, es fuerte como la montaña. Entonces, su literatura era la verdad bajo la mentira; porque cuando se cuenta una historia, se está mintiendo al servicio de una verdad mucho más profunda que si la contáramos fotografiada, tal como la ven los sentidos primarios, el tacto, la vista, el olfato..
Roberto según Mirta
Mirta Arlt dice en un texto de presentación de dos obras de su padre: «En la novela está presente sobre todo la sublimación de la angustia del hombre a través de su capacidad de crear mundos y personajes de ficción.
Esa angustia -a mi entender- tiene origen en su niñez, pues durante su infancia, la frialdad, la severidad y la tristeza de quienes lo rodearon, lo privaron acaso de esa primera posibilidad que tiene el ser humano de expresar su afectividad. Allí es donde el hombre experimenta en el niño la primera frustración de su vida y a aquello sigue el desgarramiento del abandono, el de no estar enraizado en nada, el de quedar librado a la soledad de la cual se defiende creando mundos de fantasía folletinesca que en parte le devuelven los bienes de su realidad incumplida… los demás pasos estarán un poco fatalmente condicionados por esa iniciación pequeña y mezquina: Roberto Arlt desde el comienzo va a ser pastor de fantasmas y el primero es el fantasma de sí mismo».
Eduardo Rouillet
Hace muchos años ya que Mirta Arlt no concede reportajes. Prefiere no hablar sobre la herencia, las enseñanzas -mejor- que le dejó Roberto Arlt. Le molesta hacer de él un tema de conversación. Pero en este año del centenario de su nacimiento, hizo algunas concesiones. "Sé que para quienes le están dedicando el suplemento de un diario, no sólo es un trabajo sino además una actitud de afecto y reconocimiento; confirman que mi padre iba a ser valorado siempre más, pasado el tiempo. No puedo negarme a decirle mi parecer, mi punto de vista sobre él. Una vez alguien me dijo que en mi lugar, hubiese dado la vuelta al mundo con una conferencia sobre Roberto Arlt. Por eso, siempre que puedo evito dar entrevistas y si usted no me llamara de Río Negro, donde mi padre fue una vez e hizo notas sobre la provincia, le habría dicho que no, que debía dar una clase o cualquier otro pretexto. No puedo negarme por mucho que esto me levante la carne un poco herida, porque nunca me he resignado a su muerte (ocurrida en 1942). Al diario le agradezco que lo recuerde y dedique unas páginas a mi padre".
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