Andrés Rivera y su flamante hombre de setenta años

El autor de "El farmer" y "La revolución es un sueño eterno" habló con "Río Negro".

Redacción

Por Redacción

Alguna vez se dijo en estas páginas que Marcos Ribak -Andrés Rivera para la literatura argentina- tiene cara de zapatero rezongón. Esos que saben hacer maravillas con mocasines que no dan más.

Maravillas como las que Andrés Rivera construye palabra mediante, en cada una de sus atrapantes novelas. Sobre la última de ellas, «Tierra de exilio» (Editorial Alfaguara), Andrés Rivera habló con «Río Negro».

-Cuando uno se mete en «Tie-rra de exilio» parece inevitable encuadrarla como un producto tardío del existencialismo. ¿Es así?

-No sé si existencialista… no sé. Es el relato de un hombre de 72 años, que contempla fragmentos de su pasado y que mira un presente desolado, que es el país en el que vive. Eso creo que es todo…

-Por momentos, el «hombre de 70 años» tiene mucho de Roquetien, el personaje de Jean Paul Sartre en «La náusea». ¿Es una comparación ligera, injusta?

-No, no es injusta ni ligera. Ocurre que hay coincidencias que se dan en todas las literaturas de ficción. Pensemos que Ana Karenina no es privativa de Tolstoi, ni el «bovarismo» es sólo un invento de Flaubert. El «bovarismo» existe porque existe una sociedad que da lugar a las Ana Karenina, a las Bovary y al «hombre de los 70 años». Y obviamente, al personaje de Sartre.

-Desde las reflexiones que generan, ¿qué comparten, qué los vincula al «hombre de 70 años», con el Juan Manuel de Rosas de «El farmer»?

-El exilio. Aquí el que habla es un hombre de 70 años, que está muy lejos de un personaje como Juan Manuel de Rosas. Es otro tiempo. Sólo comparten un dato de la realidad: el exilio. Pero Rosas tiene una mirada sobre el exilio y el hombre de los 70 años tiene otra.

-En la mirada de Rosas parece no haber fracaso…

-Y… Rosas nunca pensó que fue derrotado. Estaba convencido de que hubo una suerte de conspiración que lo arrojó a las playas de Inglaterra, país que él respetaba muchísimo. En cambio, «el hombre de 70 años» afrontó una larguísima batalla por cambiarle la cara y el cuerpo a este país y fue derrotado.

-Detengámonos un momento en Rosas. Usted viene de la izquierda. ¿Cómo se desligó del rechazo visceral que sabemos que usted siente por Rosas para escribir «El farmer»?…

-Rechazo y atracción por Rosas, siempre me atrajo como personaje para el estudio. Yo escribo sobre alguien desligándome de la carga de perversidad que tenga ese alguien, perversidad que en todo caso puede ser incluso el motivo de una novela. Pero en el caso de «El farmer», me ocupé de dejar de lado mi rechazo por Rosas y rescatarlo en un momento único y final de su existencia: el exilio.

-Volvamos al «hombre de 70 años». ¿Qué es hoy para él Karl Marx?

-Hoy, citar a Marx es citar a un científico del siglo XIX. Si no hubiese sucedido el derrumbe del comunismo, Marx sería hoy un delincuente…

-¿Perdió su condición de inofensivo?

-En este mundo unipolar aparece como un científico inofensivo, pero al que se le reconoce el descubrimiento de la plusvalía y de lo esencial del funcionamiento de la sociedad burguesa.

-¿El «hombre de los 70 años» es usted?

-Yo ingresé en 1945 a la Juventud Comunista y fui expulsado 25 años más tarde del partido. Y sí… el «hombre de 70 años» tiene mucho de mi experiencia. «Tierra de exilio» es una novela con mucha autobiografía.

-¿Sólo suya?

-No, hombres como el de los 70 años están dispersos por todo el planeta.

-¿A usted lo expulsan los «stalinistas»?

-Digamos que me expulsan los que hoy son unos frecuentadores del reformismo, que sólo aspiran a maquillar la realidad social.

-En la revista «Lea» usted dice que «la historia nos ha enseñado que lo que es anacrónico en un tiempo deja de serlo en otro». ¿Esa voltereta puede ser aplicable a la revolución?

-Voy a contestarle con una historia que he leído en algún libro. Para los años 1850, Marx y Engels que eran amigos íntimos se dijeron a sí mismos «vamos a casa, la sociedad francesa no merece que le echemos siquiera una sola mirada». Era una sociedad que acababa de aprobar casi unánimemente la coronación de alguien que se llamó Napoleón III. En 1871, Marx y Engels dijeron que los parisinos de esa misma sociedad, querían tomar el cielo por asalto. ¿Le estoy contestando?

-Sí.

-Entonces, lo que hoy es anacrónico a tal punto que -como el caso de la revolución- podría llegar a afirmarse que «la revolución es una palabra que se pierde en el polvo de los libros», bueno, mañana confío, con todo lo que quiere decir confiar, que esa palabra retome la actualidad que se merece.

-Por momentos pareciera que sólo la riqueza y experiencia de su vida íntima es lo que mantiene vivo al «hombre de 70 años»…

-Es una lectura.

-Un hombre resignado, con derrotas pero que tiene la maravillosa virtud de no perder el buen gusto…

-Seguramente usted se refiere al Jack Daniels que toma ¿no?

-Un caso…

-No veo que haya razón alguna para que ese hombre de 70 años no saboree una copa de Jack Daniels, ni pase por una galería y se detenga frente a un buen cuadro.

-Y siempre el silencio…

-A los 70 años uno se avergüenza porque supone que habló demasiado…

-El silencio tiene identidad constante en todas sus novelas. ¿Por qué?

-El silencio es un refugio ideal… formidable para crear y hacer pensar… Y como creo que se dice en la novela, allí está la pantalla de la televisión para acompañar al vaso de Jack Daniels y al silencio.

-¿Qué es la televisión para el «hombre de 70 años»?

-Y, lo que se dice en la novela… «el hombre de 70 años, con el gusto de licor en la lengua y paz en el corazón y una imperceptible sonrisa en los ojos, piensa que la tevé es el consuelo más perfecto que se haya conseguido para las derrotas humanas».

-¿Cuántos años tiene, Rivera?

-Bueno, le hago una confesión pero niego haberlo dicho: yo soy «el hombre de 70 años»… Pero silencio, ¿eh?…

Carlos Torrengo

(Con la colaboración de

José Ignacio Muñoz)


Alguna vez se dijo en estas páginas que Marcos Ribak -Andrés Rivera para la literatura argentina- tiene cara de zapatero rezongón. Esos que saben hacer maravillas con mocasines que no dan más.

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