Bélgica fragmentada
No cabe duda de que en términos económicos, sociales e institucionales, la Argentina se ha visto superada por la mayoría de los países europeos y por algunos asiáticos, pero así y todo ha logrado algo muy importante que muchos de ellos envidiarían: la sensación generalizada de que, a pesar de las divisiones políticas, la existencia de grandes bolsones de pobreza al lado de barrios prósperos y los intentos de algunos personajes de aprovechar las diferencias étnicas que subsisten, todos somos integrantes de la misma comunidad. En el mundo actual, el sentimiento así supuesto, el que para sorpresa de algunos resultó ser el leitmotiv de los festejos del Bicentenario, es un privilegio, ya que abundan los países en que la convivencia entre las distintas etnias y grupos que se definen por su lengua o culto religioso es casi imposible. No se trata sólo de países pobres recién improvisados como Kirguistán, donde en los últimos días los muertos causados por choques entre kirguises y uzbekos ya superan el centenar, sino también de naciones tan avanzadas y prósperas como Bélgica. En las elecciones legislativas del domingo pasado tres partidos independentistas flamencos consiguieron en su conjunto casi el 50% de los votos en la parte de Bélgica de habla neerlandesa, planteando así la posibilidad de que dentro de poco Flandes decida separarse de la Valonia francófona. De ser así, la Unión Europea, que ya se ve agitada por una crisis económica profunda de la que le será sumamente difícil salir intacta, sufriría otro revés. Y, para colmo, a comienzos de julio llegará el turno de Bélgica de asumir la presidencia rotativa de la UE, aun cuando para entonces no haya podido dotarse de un gobierno. Tal y como sucede en España, donde muchos independentistas catalanes y vascos creen que el desarrollo de sus respectivas regiones se ha visto frenado debido al letargo que atribuyen al resto de lo que sigue siendo su país, los flamencos distan de constituir una pobre minoría oprimida. Desde hace varias décadas Flandes disfruta de un ingreso per cápita muy superior al de Valonia y sus habitantes se afirman hartos de tener que subsidiar a supuestos compatriotas con los que no tienen mucho en común. No siempre fue así, ya que durante buena parte de su historia de 180 años como un país independiente, Bélgica se vio dominada económica y culturalmente por los valones de habla francesa. Huelga decir que los recuerdos de aquellos tiempos inciden negativamente en las actitudes asumidas por los líderes de ambos pueblos. Mientras que los flamencos se adaptaron con rapidez a los cambios económicos de los años setenta y ochenta del siglo pasado, los valones se aferraron a las industrias anticuadas e ideologías colectivistas de lo que los franceses llaman “los treinta años gloriosos” signados por el crecimiento, el pleno empleo y la consolidación del Estado de bienestar, que llegaron a su fin cuando el precio del petróleo se fue por las nubes y los gobiernos de los países ricos se pusieron a aplicar medidas que serían denunciadas por “neoliberales”. Por lo pronto, los dirigentes flamencos dicen que se conformarían con una Bélgica “confederal” en que los vínculos entre las dos comunidades lingüísticas serían aún menos significantes de lo que actualmente son. Puesto que pocos flamencos hablan francés y son todavía menos los valones que se dan el trabajo de aprender holandés, el separatismo ya es una realidad. En cuanto al sistema político, es esencialmente separatista también: los habitantes de una región no pueden votar por un partido de otra. Según el líder de la Nueva Alianza Flamenca, Bart De Wever, no se ha propuesto declarar en seguida la independencia de Flandes que, afirma, será la consecuencia de “una evolución”, pero no sorprendería que la ruptura que tantos prevén ocurriera en los próximos meses, sobre todo si el gobierno que finalmente surja de las elecciones legislativas lograra privar a los francófonos de Valonia de los cuantiosos subsidios a los que están acostumbrados. Los valones se resisten a aceptar el desmantelamiento de Bélgica por temer que agravaría mucho la crisis económica en que se ha hundido su región al obligarlos a reducir drásticamente los gastos sociales, pero para los flamencos no tener que continuar subsidiándolos sería motivo de alivio.
No cabe duda de que en términos económicos, sociales e institucionales, la Argentina se ha visto superada por la mayoría de los países europeos y por algunos asiáticos, pero así y todo ha logrado algo muy importante que muchos de ellos envidiarían: la sensación generalizada de que, a pesar de las divisiones políticas, la existencia de grandes bolsones de pobreza al lado de barrios prósperos y los intentos de algunos personajes de aprovechar las diferencias étnicas que subsisten, todos somos integrantes de la misma comunidad. En el mundo actual, el sentimiento así supuesto, el que para sorpresa de algunos resultó ser el leitmotiv de los festejos del Bicentenario, es un privilegio, ya que abundan los países en que la convivencia entre las distintas etnias y grupos que se definen por su lengua o culto religioso es casi imposible. No se trata sólo de países pobres recién improvisados como Kirguistán, donde en los últimos días los muertos causados por choques entre kirguises y uzbekos ya superan el centenar, sino también de naciones tan avanzadas y prósperas como Bélgica. En las elecciones legislativas del domingo pasado tres partidos independentistas flamencos consiguieron en su conjunto casi el 50% de los votos en la parte de Bélgica de habla neerlandesa, planteando así la posibilidad de que dentro de poco Flandes decida separarse de la Valonia francófona. De ser así, la Unión Europea, que ya se ve agitada por una crisis económica profunda de la que le será sumamente difícil salir intacta, sufriría otro revés. Y, para colmo, a comienzos de julio llegará el turno de Bélgica de asumir la presidencia rotativa de la UE, aun cuando para entonces no haya podido dotarse de un gobierno. Tal y como sucede en España, donde muchos independentistas catalanes y vascos creen que el desarrollo de sus respectivas regiones se ha visto frenado debido al letargo que atribuyen al resto de lo que sigue siendo su país, los flamencos distan de constituir una pobre minoría oprimida. Desde hace varias décadas Flandes disfruta de un ingreso per cápita muy superior al de Valonia y sus habitantes se afirman hartos de tener que subsidiar a supuestos compatriotas con los que no tienen mucho en común. No siempre fue así, ya que durante buena parte de su historia de 180 años como un país independiente, Bélgica se vio dominada económica y culturalmente por los valones de habla francesa. Huelga decir que los recuerdos de aquellos tiempos inciden negativamente en las actitudes asumidas por los líderes de ambos pueblos. Mientras que los flamencos se adaptaron con rapidez a los cambios económicos de los años setenta y ochenta del siglo pasado, los valones se aferraron a las industrias anticuadas e ideologías colectivistas de lo que los franceses llaman “los treinta años gloriosos” signados por el crecimiento, el pleno empleo y la consolidación del Estado de bienestar, que llegaron a su fin cuando el precio del petróleo se fue por las nubes y los gobiernos de los países ricos se pusieron a aplicar medidas que serían denunciadas por “neoliberales”. Por lo pronto, los dirigentes flamencos dicen que se conformarían con una Bélgica “confederal” en que los vínculos entre las dos comunidades lingüísticas serían aún menos significantes de lo que actualmente son. Puesto que pocos flamencos hablan francés y son todavía menos los valones que se dan el trabajo de aprender holandés, el separatismo ya es una realidad. En cuanto al sistema político, es esencialmente separatista también: los habitantes de una región no pueden votar por un partido de otra. Según el líder de la Nueva Alianza Flamenca, Bart De Wever, no se ha propuesto declarar en seguida la independencia de Flandes que, afirma, será la consecuencia de “una evolución”, pero no sorprendería que la ruptura que tantos prevén ocurriera en los próximos meses, sobre todo si el gobierno que finalmente surja de las elecciones legislativas lograra privar a los francófonos de Valonia de los cuantiosos subsidios a los que están acostumbrados. Los valones se resisten a aceptar el desmantelamiento de Bélgica por temer que agravaría mucho la crisis económica en que se ha hundido su región al obligarlos a reducir drásticamente los gastos sociales, pero para los flamencos no tener que continuar subsidiándolos sería motivo de alivio.
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