Colombia sigue su camino
Para sorpresa de nadie, en las elecciones presidenciales que se celebraron el domingo pasado en Colombia triunfó el ex ministro de Defensa Juan Manuel Santos por un margen muy amplio, ya que consiguió el 69,5% de los votos contra el 27,5% de su rival Antanas Mockus, el candidato a menudo extravagante del Partido Verde. Como el propio Santos no puede sino entender, el responsable principal de su victoria arrolladora fue el presidente saliente Álvaro Uribe, cuya popularidad luego de casi ocho años en el poder es comparable a la de la chilena Michelle Bachelet en vísperas de las elecciones recientes. Sin embargo, mientras que en Chile el prestigio de Bachelet no fue óbice para que ganara el conservador Sebastián Piñera, en Colombia los votantes comprendieron que aún sería demasiado temprano confiar en que un político de otro sector ideológico fuera capaz de remediar las presuntas deficiencias de una gestión que consideran exitosa sin poner en peligro muchos logros indiscutibles. Optaron, pues, por el continuismo, lo que dadas las circunstancias parece perfectamente lógico, ya que Colombia ha progresado mucho desde que Uribe inició su período presidencial en agosto del 2002. Antes de la llegada al poder de Uribe, tanto los colombianos mismos como los demás latinoamericanos daban por descontado que el gobierno democrático no tenía más alternativa que la de procurar apaciguar a las bandas terroristas cediéndoles pedazos de territorio como si se tratara de organizaciones sociales representativas. Felizmente para sus compatriotas, Uribe no compartió lo que en algunos casos podría calificarse de derrotismo pero que en otros reflejaba un compromiso inconfeso con las aspiraciones supuestamente “progresistas” de las FARC y otras bandas guerrilleras apoyadas por la dictadura cubana y por su socio, el venezolano Hugo Chávez. Lejos de mostrarse dispuesto a respetar sus pretensiones, Uribe se propuso eliminarlas de cuajo, si bien, por desgracia, no pudo asegurar que los métodos empleados siempre fueran los previstos por la ley, ya que últimamente se han denunciado muchas violaciones de los derechos humanos. Aunque restos de las FARC todavía existen –consiguieron enlutar la jornada electoral asesinando a por lo menos 13 personas–, ya no están en condiciones de intimidar a toda la población como antes. En este ámbito, Santos se ha comprometido a actuar con la misma contundencia que Uribe: al festejar su triunfo, dijo que “las seguiremos enfrentando con toda la dureza, con toda la firmeza”, rechazando de tal manera la idea de una tregua. Por lo demás ciudades como Medellín y Cali, que en el 2002 estaban entre las más peligrosas de América Latina debido al accionar de cárteles de narcotraficantes sanguinarios, son mucho más seguras que Caracas. Además de luchar frontalmente contra las FARC, el gobierno de Uribe ha manejado la economía de tal modo que ha continuado creciendo a pesar de la crisis internacional. Aunque Colombia sigue siendo un país muy pobre y sumamente desigual, la sensación generalizada de que, gracias a la estabilidad monetaria y el aumento de las inversiones, está superando los problemas más acuciantes ha contribuido tanto a la popularidad de Uribe, y al triunfo electoral de su heredero, Santos, como la negativa a perder el tiempo procurando pactar con los terroristas inescrupulosos de las FARC que se financian traficando drogas. Así las cosas, podría suponerse que la influencia en la región de Uribe sería decididamente mayor que aquella de su vecino Chávez, un mandatario tan extraordinariamente ineficaz que ni siquiera los ingresos colosales que le ha aportado el petróleo resultaron suficientes como para mantener a flote la economía venezolana, pero sucede que no lo es en absoluto. Mientras que el chavismo sigue contando con simpatizantes en muchos gobiernos latinoamericanos, incluyendo el kirchnerista, el uribismo es un fenómeno limitado a Colombia, es de suponer porque sus adversarios insisten en que por no tolerar a los “revolucionarios” es derechista y porque les indigna su buena relación con Estados Unidos, el único país del hemisferio que lo ha ayudado a luchar contra los ejércitos de delincuentes brutales que, en nombre de una versión propia del marxismo-leninismo, han aterrorizado durante décadas al pueblo colombiano.
Para sorpresa de nadie, en las elecciones presidenciales que se celebraron el domingo pasado en Colombia triunfó el ex ministro de Defensa Juan Manuel Santos por un margen muy amplio, ya que consiguió el 69,5% de los votos contra el 27,5% de su rival Antanas Mockus, el candidato a menudo extravagante del Partido Verde. Como el propio Santos no puede sino entender, el responsable principal de su victoria arrolladora fue el presidente saliente Álvaro Uribe, cuya popularidad luego de casi ocho años en el poder es comparable a la de la chilena Michelle Bachelet en vísperas de las elecciones recientes. Sin embargo, mientras que en Chile el prestigio de Bachelet no fue óbice para que ganara el conservador Sebastián Piñera, en Colombia los votantes comprendieron que aún sería demasiado temprano confiar en que un político de otro sector ideológico fuera capaz de remediar las presuntas deficiencias de una gestión que consideran exitosa sin poner en peligro muchos logros indiscutibles. Optaron, pues, por el continuismo, lo que dadas las circunstancias parece perfectamente lógico, ya que Colombia ha progresado mucho desde que Uribe inició su período presidencial en agosto del 2002. Antes de la llegada al poder de Uribe, tanto los colombianos mismos como los demás latinoamericanos daban por descontado que el gobierno democrático no tenía más alternativa que la de procurar apaciguar a las bandas terroristas cediéndoles pedazos de territorio como si se tratara de organizaciones sociales representativas. Felizmente para sus compatriotas, Uribe no compartió lo que en algunos casos podría calificarse de derrotismo pero que en otros reflejaba un compromiso inconfeso con las aspiraciones supuestamente “progresistas” de las FARC y otras bandas guerrilleras apoyadas por la dictadura cubana y por su socio, el venezolano Hugo Chávez. Lejos de mostrarse dispuesto a respetar sus pretensiones, Uribe se propuso eliminarlas de cuajo, si bien, por desgracia, no pudo asegurar que los métodos empleados siempre fueran los previstos por la ley, ya que últimamente se han denunciado muchas violaciones de los derechos humanos. Aunque restos de las FARC todavía existen –consiguieron enlutar la jornada electoral asesinando a por lo menos 13 personas–, ya no están en condiciones de intimidar a toda la población como antes. En este ámbito, Santos se ha comprometido a actuar con la misma contundencia que Uribe: al festejar su triunfo, dijo que “las seguiremos enfrentando con toda la dureza, con toda la firmeza”, rechazando de tal manera la idea de una tregua. Por lo demás ciudades como Medellín y Cali, que en el 2002 estaban entre las más peligrosas de América Latina debido al accionar de cárteles de narcotraficantes sanguinarios, son mucho más seguras que Caracas. Además de luchar frontalmente contra las FARC, el gobierno de Uribe ha manejado la economía de tal modo que ha continuado creciendo a pesar de la crisis internacional. Aunque Colombia sigue siendo un país muy pobre y sumamente desigual, la sensación generalizada de que, gracias a la estabilidad monetaria y el aumento de las inversiones, está superando los problemas más acuciantes ha contribuido tanto a la popularidad de Uribe, y al triunfo electoral de su heredero, Santos, como la negativa a perder el tiempo procurando pactar con los terroristas inescrupulosos de las FARC que se financian traficando drogas. Así las cosas, podría suponerse que la influencia en la región de Uribe sería decididamente mayor que aquella de su vecino Chávez, un mandatario tan extraordinariamente ineficaz que ni siquiera los ingresos colosales que le ha aportado el petróleo resultaron suficientes como para mantener a flote la economía venezolana, pero sucede que no lo es en absoluto. Mientras que el chavismo sigue contando con simpatizantes en muchos gobiernos latinoamericanos, incluyendo el kirchnerista, el uribismo es un fenómeno limitado a Colombia, es de suponer porque sus adversarios insisten en que por no tolerar a los “revolucionarios” es derechista y porque les indigna su buena relación con Estados Unidos, el único país del hemisferio que lo ha ayudado a luchar contra los ejércitos de delincuentes brutales que, en nombre de una versión propia del marxismo-leninismo, han aterrorizado durante décadas al pueblo colombiano.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora