La Comarca Andina en alerta: la vida cotidiana bajo la amenaza del fuego

Los incendios recurrentes reconfiguran la forma de habitar el territorio y de cuidarse entre los pobladores.

La vida en la Comarca Andina se trastocó en esta última década. Cada vez que los pobladores escuchan una sirena o ven una columna de humo se encienden las alarmas. No es para menos. En los últimos diez años, se registraron alrededor de 12 incendios forestales de altísima severidad que quemaron unas 46 mil hectáreas, además de cientos de viviendas.

Este nuevo contexto conllevó a una reorganización social: vecinos abocados a mantener sus predios limpios, quienes pueden se equipan con motobombas, mangueras y herramientas, cargan tótems en sus camionetas y, muchos dejan sus trabajos y familias para formar parte de brigadas espontáneas. El desafío es controlar focos pequeños, preservar las casas de los pobladores más vulnerables, armar viandas, la atención de animales lastimados por el fuego o simplemente, la escucha de la gente atemorizada.

«Nos cambió la vida por completo. Antes, los incendios no ocurrían con esta vehemencia. Llegaba el verano y podíamos irnos a acampar tranquilos una semana; hoy no estamos tranquilos. Los últimos veranos parecen una zona de guerra. De hecho, ahora mismo estamos escuchando los aviones que pasan cerca», describió Emanuel Arévalo, un poblador de Las Golondrinas que se dedica a la construcción de casas de barro.

El incendio de Las Golondrinas y El Hoyo de 2021, en el que se quemaron 351 viviendas, marcó un quiebre. La gente entendió que el fuego había llegado para quedarse.

A la semana del incendio que azotó Epuyén en el verano de 2025, se produjo otro en Mallín Ahogado, en El Bolsón, que arrasó una gran superficie en apenas unas horas. «En ese momento, nos miramos con mi socio y al ver humo, decidimos dar una mano. Así, se fue sumando más gente. Dejás mucha energía ahí, además del laburo y la familia«, reconoció este hombre que integra la Brigada Patagónica que, poco a poco, se fue equipando con herramientas. «No es fácil: una motobomba está arriba de los 500 mil pesos y, necesitás mangas, reservorios de agua -porque hay una crisis hídrica y no tenemos agua-. Ni habla de combustible», resumió.

En un comienzo, la brigada estaba conformada por unos 70 integrantes. Sin embargo, cuando el fuego quedó atrás, muy pocos continuaron participando de las reuniones y las capacitaciones. «De todos modos, ante cada incendio se suma más y más gente, amigos de amigos. La idea de capacitarnos tiene que ver con trabajar mejor en el ataque del fuego. Es fundamental la organización y aunar criterios», opinó.

¿En qué momento surge la necesidad de ayudar? «Nace de manera natural -respondió-. No nos podemos quedar mirando. Es una gran responsabilidad, pero la tensión social en la que vivimos desde los últimos años es enorme».

Emiliano definió que «es lindo, pero también triste esperar la tragedia para unirnos en un objetivo común». «No es idílica la solidaridad. Vas y lo das todo. Hay mucha gente predispuesta que pone toda su energía. Por lo general, como hay angustia general, con el fuego muchos salen a ayudar. No coincidimos en ideales, pero ahí hay un objetivo común«, subrayó.

El último incendio en la Comarca Andina se desató el 5 de enero pasado. Foto: gentileza Nir Ekdesman

Viandas y abrazos para quienes combaten las llamas

«Cada vez que se acerca el verano entramos en pánico. La sensación es desoladora. Perdemos los bosques. Somos privilegiados de disfrutar de ellos, pero también responsables de cuidarlos», sintetizó Mercedes Casal, una artista del centro cultural Eduardo Galeano en El Bolsón.

Con el primero de los incendios el año pasado, esta mujer de 53 años se planteó cómo podía aportar. Y se le ocurrió preparar viandas para las brigadas. Así nació la Brigada Morfi, con la apertura de una cocina en el centro cultural.

Con el último incendio en Puerto Patriada y Epuyén, estos voluntarios montaron un puesto en el Puente Salamín, cerca de los focos principales para que los brigadistas pudieran acercarse a buscar insumos. También enviaron viandas a la escuela 9 de Epuyén, donde se había armado otra base.

«No quería quedarme en mi casa en medio de la tragedia. Pensamos que la gente que labura se merece comer bien. Era algo que no se estaba ofreciendo y en lo que nosotros podíamos colaborar. Era necesario», planteó. Consideró además que, «en un momento de tragedia, la gente necesita reunirse, tener un espacio y abrazarse».

La primera jornada del incendio que se desató el 5 de enero, los voluntarios elaboraron 400 viandas; la última jornada fueron mil. El trabajo comenzaba a las 9 y alrededor de las 23, terminaban las tareas de limpieza. «Trabajamos con aportes voluntarios. Este año le pedimos a la comunidad que traigan cosas. Las chacras de producción orgánica, por ejemplo, nos donaban las verduras y los huevos. Con los aportes económicos, compramos lo que no llegaba», indicó Mercedes.

«Vivimos en un paraje sumamente frágil»

Mariana Seguí es apicultora, docente y música. Vive en el paraje Entre Ríos, a medio camino de El Bolsón y Lago Puelo, una zona rural que cada vez está más poblada.

«Tengo flashes de un incendio grande en 1987, cuando yo era muy chica. Fue un desastre, pero no era un lugar poblado como ahora. Había incendios que afectaban a la comunidad, aunque no de manera tan trágica», reflexionó.

Ahora, dijo, el fuego tiene «otra dinámica que genera un gran desconcierto». La primera medida que tomó esta muchacha tiempo atrás fue voltear todo los pinos que rodeaban su casa ya que son altamente combustibles. Además, conformó la Brigada del Paraje al entender que la zona que habita «es un lugar frágil que viene esquivando los incendios, pero en cualquier momento, toca. Se trata de cuidar lo que queremos».

La primera intervención de Mariana en un incendio fue en 2018, cuando se incendió un cipresal en la ladera del Piltriquitrón, en El Bolsón. «Fuimos con mis hermanos a ayudar porque sabíamos usar la desmalezadora, los machetes, la sierra y la pala. Ya en ese momento trabajaban brigadistas oficiales con pobladores que defendían su lugar», contó.

A partir de ahí, Mariana se sumó todos los veranos. «Hasta ahí era salvar el bosque. El incendio de Golondrinas en 2021 fue difícil de creer. Una completa impotencia», admitió.

También rememoró el incendio de Mallín Ahogado: «Quizás te acostabas a las cuatro de la mañana y cuando despertabas a las siete, había pasado una lengua de fuego que había arrasado 200 casas en un ratito. Trataba de colaborar con la gente que había perdido sus casas, algunos días bajaba hasta el fuego».

Hoy, mencionó, «escucho la sirena y salgo de mi eje. Entro en otra sintonía. No puedo seguir laburando ni criar a mis pibas. Hay que estar atenta y salir a pelearla. No nos podemos quedar sentados esperando que alguien nos venga a salvar«, manifestó.

Tiene dos hijas de 8 y 18 años. Desde el verano de 2021, el padre de sus hijas ya sabe que, ante cualquier siniestro, la mujer acude a ayudar y regresa recién cuando todo termina. «Hago equipo con mi hermano y te vas encontrando con más gente que ayuda a apagar focos chicos que van rebrotando. Poco a poco te vas profesionalizando», detalló.


La vida en la Comarca Andina se trastocó en esta última década. Cada vez que los pobladores escuchan una sirena o ven una columna de humo se encienden las alarmas. No es para menos. En los últimos diez años, se registraron alrededor de 12 incendios forestales de altísima severidad que quemaron unas 46 mil hectáreas, además de cientos de viviendas.

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