Más poder al poder

Redacción

Por Redacción

De haberse confirmado hace dos meses el triunfo ajustado en las elecciones chubutenses de Martín Buzzi sobre Carlos Eliceche, casi todos lo hubieran tomado por una derrota para el kirchnerismo, pero desde entonces mucho ha cambiado. Luego de reflexionar, Buzzi ha decidido que le convendría más sumarse a las huestes de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que seguir figurando como hombre del disidente peronista Mario Das Neves cuya precandidatura presidencial se hundió antes de zarpar. Así, pues, Cristina tiene derecho a anotar el resultado del agónico voto del Chubut en su propio haber, como si fuera cuestión de una de sus muchas listas colectoras. En La Rioja, otra provincia en que acaban de celebrarse elecciones locales, el gobernador Luis Beder Herrera ya se había convertido del menemismo al kirchnerismo. Para sorpresa de nadie, ganó por nocaut, aplastando a un radical y a otro neokirchnerista, el ex gobernador Ángel Maza, quien en una encarnación anterior figuró entre los partidarios de Carlos Menem. En cuanto al ex presidente mismo que, después de haber dominado el país durante diez años se vio transformado en la bestia negra del kirchnerismo, presunto autor de todos los males habidos y por haber, él también aprovechó la oportunidad que le brindó el triunfo del antes menemista Beder Herrera para afirmarse un oficialista fervoroso convencido de que Cristina es la “más capacitada” para gobernar el país y por lo tanto merecedora de su voto en los comicios fijados para octubre. ¿A qué se debe tanta ductilidad? No tiene nada que ver con las eventuales convicciones ideológicas o principios éticos de Menem, Buzzi y otros políticos provinciales, o a que a través de los años hayan modificado sus opiniones, sino a su compromiso inclaudicable con sus propios intereses. Puesto que parecería que por un rato los kirchneristas estarán en condiciones de repartir favores entre los amigos y de hacerles la vida difícil a los demás, se han sentido obligados a cortejarlos. Sucede que, al difundirse la impresión de que Cristina “ya ganó” las elecciones con tal que se digne postularse, los resueltos a asegurarse un buen lugar en el esquema político de los años próximos han llegado a la conclusión de que, dadas las circunstancias, no les queda más alternativa que la de apoyarla con el debido entusiasmo y abnegación. Mientras pareció que el kirchnerismo ya se había agotado, algunos cometieron el error comprensible de pronunciar alegatos furibundos contra la gestión oficial, criticándola por la corrupción atribuida a tantos funcionarios, por su arbitrariedad y por no hacer lo suficiente como para darles a los pobres oportunidades para participar de la bonanza posibilitada por una coyuntura internacional sumamente positiva. Fue su modo de posicionarse para salir indemnes del cambio que veían acercarse pero, no bien se dieron cuenta de que era prematuro apostar así, optaron por regresar a la manada oficialista. Para Cristina, el espectáculo brindado por tantos disidentes arrepentidos será a un tiempo grato y deprimente. Grato, porque siempre es ameno recibir mensajes de apoyo de personajes que habían militado en el campo opositor; deprimente porque sirve para recordarle que la “lealtad” política depende de las encuestas de opinión. Si conforme a éstas el kirchnerismo experimentara una derrota contundente en octubre, muchos que están procurando convencerla de que por fin han aprendido a apreciar sus cualidades personales y su genialidad política, la estarían criticando en tonos apropiados para moralistas severos o economistas ortodoxos alarmados por la inflación rampante, la insólita presión impositiva y el manejo discrecional del dinero público. Tarde o temprano, algunos, tal vez muchos, de los oficialistas de último momento sí lo harán, pero por ahora cuando menos entienden que sería mejor no aludir a tales temas. A pesar de los intentos de algunos radicales y ex afiliados de la Coalición Cívica y otras agrupaciones para emularlos, los peronistas siguen destacándose por su adhesión a una forma extrema del pragmatismo, lo que les ha permitido ser “neoliberales” cuando Menem era el dueño del poder y el dinero de “la Nación” para mudarse sin problemas a otro lado del espectro ideológico en cuanto el kirchnerismo se puso de moda.


De haberse confirmado hace dos meses el triunfo ajustado en las elecciones chubutenses de Martín Buzzi sobre Carlos Eliceche, casi todos lo hubieran tomado por una derrota para el kirchnerismo, pero desde entonces mucho ha cambiado. Luego de reflexionar, Buzzi ha decidido que le convendría más sumarse a las huestes de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que seguir figurando como hombre del disidente peronista Mario Das Neves cuya precandidatura presidencial se hundió antes de zarpar. Así, pues, Cristina tiene derecho a anotar el resultado del agónico voto del Chubut en su propio haber, como si fuera cuestión de una de sus muchas listas colectoras. En La Rioja, otra provincia en que acaban de celebrarse elecciones locales, el gobernador Luis Beder Herrera ya se había convertido del menemismo al kirchnerismo. Para sorpresa de nadie, ganó por nocaut, aplastando a un radical y a otro neokirchnerista, el ex gobernador Ángel Maza, quien en una encarnación anterior figuró entre los partidarios de Carlos Menem. En cuanto al ex presidente mismo que, después de haber dominado el país durante diez años se vio transformado en la bestia negra del kirchnerismo, presunto autor de todos los males habidos y por haber, él también aprovechó la oportunidad que le brindó el triunfo del antes menemista Beder Herrera para afirmarse un oficialista fervoroso convencido de que Cristina es la “más capacitada” para gobernar el país y por lo tanto merecedora de su voto en los comicios fijados para octubre. ¿A qué se debe tanta ductilidad? No tiene nada que ver con las eventuales convicciones ideológicas o principios éticos de Menem, Buzzi y otros políticos provinciales, o a que a través de los años hayan modificado sus opiniones, sino a su compromiso inclaudicable con sus propios intereses. Puesto que parecería que por un rato los kirchneristas estarán en condiciones de repartir favores entre los amigos y de hacerles la vida difícil a los demás, se han sentido obligados a cortejarlos. Sucede que, al difundirse la impresión de que Cristina “ya ganó” las elecciones con tal que se digne postularse, los resueltos a asegurarse un buen lugar en el esquema político de los años próximos han llegado a la conclusión de que, dadas las circunstancias, no les queda más alternativa que la de apoyarla con el debido entusiasmo y abnegación. Mientras pareció que el kirchnerismo ya se había agotado, algunos cometieron el error comprensible de pronunciar alegatos furibundos contra la gestión oficial, criticándola por la corrupción atribuida a tantos funcionarios, por su arbitrariedad y por no hacer lo suficiente como para darles a los pobres oportunidades para participar de la bonanza posibilitada por una coyuntura internacional sumamente positiva. Fue su modo de posicionarse para salir indemnes del cambio que veían acercarse pero, no bien se dieron cuenta de que era prematuro apostar así, optaron por regresar a la manada oficialista. Para Cristina, el espectáculo brindado por tantos disidentes arrepentidos será a un tiempo grato y deprimente. Grato, porque siempre es ameno recibir mensajes de apoyo de personajes que habían militado en el campo opositor; deprimente porque sirve para recordarle que la “lealtad” política depende de las encuestas de opinión. Si conforme a éstas el kirchnerismo experimentara una derrota contundente en octubre, muchos que están procurando convencerla de que por fin han aprendido a apreciar sus cualidades personales y su genialidad política, la estarían criticando en tonos apropiados para moralistas severos o economistas ortodoxos alarmados por la inflación rampante, la insólita presión impositiva y el manejo discrecional del dinero público. Tarde o temprano, algunos, tal vez muchos, de los oficialistas de último momento sí lo harán, pero por ahora cuando menos entienden que sería mejor no aludir a tales temas. A pesar de los intentos de algunos radicales y ex afiliados de la Coalición Cívica y otras agrupaciones para emularlos, los peronistas siguen destacándose por su adhesión a una forma extrema del pragmatismo, lo que les ha permitido ser “neoliberales” cuando Menem era el dueño del poder y el dinero de “la Nación” para mudarse sin problemas a otro lado del espectro ideológico en cuanto el kirchnerismo se puso de moda.

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