Triunfos ajenos
Con habilidad, los estrategas de la Casa Rosada han logrado instalar la idea de que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner es tan popular que su eventual reelección dependería por completo de su propia voluntad y que, para candidatos a puestos electivos menores –gobernaciones provinciales, intendencias, concejalías, lugares en alguna que otra Legislatura–, contar con su aprobación es una buena forma de garantizarse más votos. Si bien los resultados de las elecciones más recientes hacen sospechar que el “carisma” que se atribuye a la presidenta no es transferible, ya que algunos cristinistas notorios han tenido que conformarse con una proporción decepcionante de los votos, los kirchneristas son reacios a admitirlo porque, como entienden muy bien, el poder real del gobierno se reduciría mucho si se difundiera la impresión de que en buena parte del país quienes votan en elecciones provinciales y municipales están más interesados en los asuntos locales que en el “proyecto” oficialista. Así, pues, aunque el triunfo cómodo del gobernador de Neuquén Jorge Sapag en las elecciones del domingo se debió más a su apellido y al poder territorial del Movimiento Popular Neuquino que domina la provincia desde hace medio siglo que a sus vínculos con el kirchnerismo, éste no vaciló en agregarlo a su haber, aunque su adversario principal, el radical Martín Farizano, también fue apoyado por sectores K. De haber triunfado Farizano, los operadores políticos del Poder Ejecutivo nacional hubieran estado igualmente contentos. ¿Esto quiere decir que el 80% de los neuquinos es kirchnerista? En absoluto. Lo mismo que en tantos otros distritos del país, los líderes políticos de la jurisdicción saben que les conviene mantener una buena relación con el presidente de turno por razones que tienen mucho más que ver con la caja –es decir con el dinero– que con factores ideológicos. En ocasiones pueden rebelarse contra la “hegemonía” presidencial, pero por lo común se trata de una maniobra destinada a incidir en negociaciones sobre el reparto de los recursos coyunturalmente disponibles. Dadas las circunstancias, tal actitud es comprensible. Los intentos kirchneristas de nacionalizar todas las elecciones provinciales y municipales, como si a su entender lo único que estuviera en juego fuera la imagen de Cristina, se han visto complicados últimamente por la interna gubernamental en que inciden no sólo los enfrentamientos entre los integrantes pragmáticos de la “pingüinera” original y los deseosos de desempeñar un papel en el relato “épico” que se imaginan escribiendo sino también los lazos familiares, ya que en la actualidad el nepotismo influye aún más que las eventuales preferencias ideológicas de quienes luchan por parcelas de poder. Como resultado, es frecuente que diversas facciones en pugna puedan ufanarse de su proximidad a la Casa Rosada. En nuestro país la clase política se asemeja cada vez más a una casta, de ahí la frecuencia al parecer creciente con que se repiten los mismos apellidos en todos los niveles. Al diluirse las ideologías y multiplicarse los casos de políticos que, luego de haber militado en agrupaciones menemistas o incluso alsogarayistas, se han convertido con facilidad llamativa en kirchneristas fervientes, ha aumentado la importancia de los vínculos personales. Puede que fuera inevitable que ello ocurriera, pero así y todo se trata de una tendencia preocupante ya que tiende a aumentar la brecha entre la familia política y los demás. En ciertos círculos se ha propagado la noción de que los kirchneristas ya han ganado la batalla por la opinión pública, que hoy en día todos, incluyendo desde luego a Sapag, Farizano y sus equivalentes de otras provincias, comulgan con los planteos oficiales, pero se trata de una ilusión. Si la experiencia nos ha enseñado algo, esto es que la adhesión mayoritaria al consenso de moda suele ser efímera. De entrar la economía en una fase turbulenta, lo que en vista de los problemas que la aquejan no sería demasiado sorprendente, el “modelo” promovido por Cristina y sus simpatizantes no tardaría en compartir el destino de otros anteriores como el menemista, que perdieron en un lapso muy breve el apoyo de sectores ciudadanos significantes y por lo tanto de aquellos políticos que se solidarizaron con ellos por motivos más prácticos que principistas.
Con habilidad, los estrategas de la Casa Rosada han logrado instalar la idea de que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner es tan popular que su eventual reelección dependería por completo de su propia voluntad y que, para candidatos a puestos electivos menores –gobernaciones provinciales, intendencias, concejalías, lugares en alguna que otra Legislatura–, contar con su aprobación es una buena forma de garantizarse más votos. Si bien los resultados de las elecciones más recientes hacen sospechar que el “carisma” que se atribuye a la presidenta no es transferible, ya que algunos cristinistas notorios han tenido que conformarse con una proporción decepcionante de los votos, los kirchneristas son reacios a admitirlo porque, como entienden muy bien, el poder real del gobierno se reduciría mucho si se difundiera la impresión de que en buena parte del país quienes votan en elecciones provinciales y municipales están más interesados en los asuntos locales que en el “proyecto” oficialista. Así, pues, aunque el triunfo cómodo del gobernador de Neuquén Jorge Sapag en las elecciones del domingo se debió más a su apellido y al poder territorial del Movimiento Popular Neuquino que domina la provincia desde hace medio siglo que a sus vínculos con el kirchnerismo, éste no vaciló en agregarlo a su haber, aunque su adversario principal, el radical Martín Farizano, también fue apoyado por sectores K. De haber triunfado Farizano, los operadores políticos del Poder Ejecutivo nacional hubieran estado igualmente contentos. ¿Esto quiere decir que el 80% de los neuquinos es kirchnerista? En absoluto. Lo mismo que en tantos otros distritos del país, los líderes políticos de la jurisdicción saben que les conviene mantener una buena relación con el presidente de turno por razones que tienen mucho más que ver con la caja –es decir con el dinero– que con factores ideológicos. En ocasiones pueden rebelarse contra la “hegemonía” presidencial, pero por lo común se trata de una maniobra destinada a incidir en negociaciones sobre el reparto de los recursos coyunturalmente disponibles. Dadas las circunstancias, tal actitud es comprensible. Los intentos kirchneristas de nacionalizar todas las elecciones provinciales y municipales, como si a su entender lo único que estuviera en juego fuera la imagen de Cristina, se han visto complicados últimamente por la interna gubernamental en que inciden no sólo los enfrentamientos entre los integrantes pragmáticos de la “pingüinera” original y los deseosos de desempeñar un papel en el relato “épico” que se imaginan escribiendo sino también los lazos familiares, ya que en la actualidad el nepotismo influye aún más que las eventuales preferencias ideológicas de quienes luchan por parcelas de poder. Como resultado, es frecuente que diversas facciones en pugna puedan ufanarse de su proximidad a la Casa Rosada. En nuestro país la clase política se asemeja cada vez más a una casta, de ahí la frecuencia al parecer creciente con que se repiten los mismos apellidos en todos los niveles. Al diluirse las ideologías y multiplicarse los casos de políticos que, luego de haber militado en agrupaciones menemistas o incluso alsogarayistas, se han convertido con facilidad llamativa en kirchneristas fervientes, ha aumentado la importancia de los vínculos personales. Puede que fuera inevitable que ello ocurriera, pero así y todo se trata de una tendencia preocupante ya que tiende a aumentar la brecha entre la familia política y los demás. En ciertos círculos se ha propagado la noción de que los kirchneristas ya han ganado la batalla por la opinión pública, que hoy en día todos, incluyendo desde luego a Sapag, Farizano y sus equivalentes de otras provincias, comulgan con los planteos oficiales, pero se trata de una ilusión. Si la experiencia nos ha enseñado algo, esto es que la adhesión mayoritaria al consenso de moda suele ser efímera. De entrar la economía en una fase turbulenta, lo que en vista de los problemas que la aquejan no sería demasiado sorprendente, el “modelo” promovido por Cristina y sus simpatizantes no tardaría en compartir el destino de otros anteriores como el menemista, que perdieron en un lapso muy breve el apoyo de sectores ciudadanos significantes y por lo tanto de aquellos políticos que se solidarizaron con ellos por motivos más prácticos que principistas.
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