Contra el mundo

Redacción

Por Redacción

No sólo en España y Grecia sino también en otras partes del mundo están proliferando las marchas masivas de “indignados” mayormente jóvenes que protestan contra la crisis económica que amenaza con privarlos del futuro cómodo, pleno de oportunidades de toda clase, que habían previsto. Como muchos han señalado, se trata de un fenómeno similar al enfrentado por la Argentina cuando se resquebrajaba la convertibilidad, si bien hasta ahora las consecuencias han sido menos penosas. De todos modos, llama la atención que los países más afectados sean aquellos en que la cultura política, de tradiciones corporativistas y clientelistas, se asemeja más a la nuestra. La “indignación” que sienten tantos ante el oscurecimiento repentino del horizonte económico y social puede entenderse, pero sucede que ni ellos ni los dirigentes políticos que quisieran aprovecharla en beneficio propio tienen la menor idea de cómo aplacarlos. Atribuir lo que ha ocurrido al “capitalismo” o al “neoliberalismo” es inútil, ya que no existen motivos para suponer que una revolución colectivista encabezada por militantes antisistema serviría para crear los millones de empleos bien remunerados y jubilaciones seguras que los manifestantes están reclamando. Tampoco ayudaría a los jóvenes desconcertados que el gobierno local nacionalizara la banca para entonces proceder a castigar a los financistas que muchos consideran los responsables principales de la situación nada promisoria en que se encuentran los países periféricos de la Eurozona en que las protestas han sido más vehementes. Por el contrario, de aplicarse las medidas punitivas que tantos están pidiendo, se haría todavía menos probable una recuperación rápida de las economías de España, Grecia, Portugal e Irlanda. Desgraciadamente para los “indignados” europeos, desde su punto de vista todas las opciones son malas. La mayoría se vería perjudicada por los ajustes propuestos por los gobiernos de los países más solventes, Alemania, Francia y Holanda, que privilegian la defensa de la moneda común, pero a la larga las consecuencias de negarse a ajustar les serían peores aún. Asimismo se teme que, en el corto plazo por lo menos, la eventual ruptura de la Eurozona tendría un impacto catastrófico en los países que ya están en apuros porque tendrían que recurrir al equivalente de nuestros patacones mientras procuraran resucitar las pesetas, dracmas y escudos de antes o conformarse con un euro de segunda clase menos valioso que el de los socios del norte. Sin embargo, al multiplicarse las protestas, lo que hasta hace poco parecía inconcebible, el abandono del intento de consolidar la Unión Europea mediante el uso generalizado del euro ya es considerado como una alternativa probable, cuando no inevitable. Lo mismo que nuestras crisis esporádicas, la que ha “indignado” a millones de europeos es fruto de lo difícil que es para los dirigentes políticos, presionados como están por distintos sectores sociales, entidades corporativas y también por sus propias ambiciones, resistirse a la tentación de gastar más de lo aconsejable, sobre todo en los buenos tiempos. Hasta ahora Alemania ha logrado mantenerse a salvo porque, antes de la convulsión financiera de la segunda mitad del 2008, los gobiernos, tanto de centroizquierda como de centroderecha, tomaron medidas encaminadas a reducir el gasto público y asegurar la competitividad del sector privado, pero pudieron hacerlo merced a la aversión notoria de los alemanes a cualquier manifestación de indisciplina fiscal. Mal que les pese, los demás gobiernos europeos tendrán que intentar emularlos en medio de una recesión o al borde de una, bajo la mirada fría de “los mercados” que ante todo síntoma de debilidad los golpearán con su ferocidad habitual. Si no fuera por el euro, podrían ajustar sin que nadie se diera cuenta devaluando la moneda, pero en la actualidad dicha alternativa les está vedada. Así, pues, es de prever que los “indignados” no carecerán de motivos adicionales para sentirse defraudados por sus dirigentes políticos, por la Unión Europea, por el capitalismo y por el mundo que efectivamente existe que, desgraciadamente para ellos, no parece capaz de garantizarles el futuro desahogado que habían anticipado hasta que, por razones que pocos están en condiciones de entender, se vino abajo.


No sólo en España y Grecia sino también en otras partes del mundo están proliferando las marchas masivas de “indignados” mayormente jóvenes que protestan contra la crisis económica que amenaza con privarlos del futuro cómodo, pleno de oportunidades de toda clase, que habían previsto. Como muchos han señalado, se trata de un fenómeno similar al enfrentado por la Argentina cuando se resquebrajaba la convertibilidad, si bien hasta ahora las consecuencias han sido menos penosas. De todos modos, llama la atención que los países más afectados sean aquellos en que la cultura política, de tradiciones corporativistas y clientelistas, se asemeja más a la nuestra. La “indignación” que sienten tantos ante el oscurecimiento repentino del horizonte económico y social puede entenderse, pero sucede que ni ellos ni los dirigentes políticos que quisieran aprovecharla en beneficio propio tienen la menor idea de cómo aplacarlos. Atribuir lo que ha ocurrido al “capitalismo” o al “neoliberalismo” es inútil, ya que no existen motivos para suponer que una revolución colectivista encabezada por militantes antisistema serviría para crear los millones de empleos bien remunerados y jubilaciones seguras que los manifestantes están reclamando. Tampoco ayudaría a los jóvenes desconcertados que el gobierno local nacionalizara la banca para entonces proceder a castigar a los financistas que muchos consideran los responsables principales de la situación nada promisoria en que se encuentran los países periféricos de la Eurozona en que las protestas han sido más vehementes. Por el contrario, de aplicarse las medidas punitivas que tantos están pidiendo, se haría todavía menos probable una recuperación rápida de las economías de España, Grecia, Portugal e Irlanda. Desgraciadamente para los “indignados” europeos, desde su punto de vista todas las opciones son malas. La mayoría se vería perjudicada por los ajustes propuestos por los gobiernos de los países más solventes, Alemania, Francia y Holanda, que privilegian la defensa de la moneda común, pero a la larga las consecuencias de negarse a ajustar les serían peores aún. Asimismo se teme que, en el corto plazo por lo menos, la eventual ruptura de la Eurozona tendría un impacto catastrófico en los países que ya están en apuros porque tendrían que recurrir al equivalente de nuestros patacones mientras procuraran resucitar las pesetas, dracmas y escudos de antes o conformarse con un euro de segunda clase menos valioso que el de los socios del norte. Sin embargo, al multiplicarse las protestas, lo que hasta hace poco parecía inconcebible, el abandono del intento de consolidar la Unión Europea mediante el uso generalizado del euro ya es considerado como una alternativa probable, cuando no inevitable. Lo mismo que nuestras crisis esporádicas, la que ha “indignado” a millones de europeos es fruto de lo difícil que es para los dirigentes políticos, presionados como están por distintos sectores sociales, entidades corporativas y también por sus propias ambiciones, resistirse a la tentación de gastar más de lo aconsejable, sobre todo en los buenos tiempos. Hasta ahora Alemania ha logrado mantenerse a salvo porque, antes de la convulsión financiera de la segunda mitad del 2008, los gobiernos, tanto de centroizquierda como de centroderecha, tomaron medidas encaminadas a reducir el gasto público y asegurar la competitividad del sector privado, pero pudieron hacerlo merced a la aversión notoria de los alemanes a cualquier manifestación de indisciplina fiscal. Mal que les pese, los demás gobiernos europeos tendrán que intentar emularlos en medio de una recesión o al borde de una, bajo la mirada fría de “los mercados” que ante todo síntoma de debilidad los golpearán con su ferocidad habitual. Si no fuera por el euro, podrían ajustar sin que nadie se diera cuenta devaluando la moneda, pero en la actualidad dicha alternativa les está vedada. Así, pues, es de prever que los “indignados” no carecerán de motivos adicionales para sentirse defraudados por sus dirigentes políticos, por la Unión Europea, por el capitalismo y por el mundo que efectivamente existe que, desgraciadamente para ellos, no parece capaz de garantizarles el futuro desahogado que habían anticipado hasta que, por razones que pocos están en condiciones de entender, se vino abajo.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora