Los desafíos frente a Lagarde

Redacción

Por Redacción

Como ocurrió en el 2007 cuando el político francés Dominique Strauss-Kahn fue nombrado director-general del Fondo Monetario Internacional, muchos suponen que su sucesora, Christine Lagarde, procurará hacer más “humana” la actitud de una institución que para sus muchos críticos está tan enamorada de los números que sólo sirve para agravar los problemas de países que están en quiebra. Se trata de una ilusión. Si bien es de prever que Lagarde, lo mismo que su compatriota caído en desgracia, intentará dotar al FMI de una imagen menos antipática, no le será dado cambiar mucho. Mal que le pese a la abogada gala que vivió muchos años en Estados Unidos, de ahí su dominio del inglés, un organismo cuya función básica consiste en defender el sistema financiero mundial contra “el contagio” de las crisis locales, tiene forzosamente que exigir a los distintos gobiernos un grado de disciplina fiscal que les es ajeno. Por cierto, el FMI no puede dejarse conmover por las protestas de políticos habituados a culpar a otros por las consecuencias de sus propios errores o por las manifestaciones callejeras que suelen producirse en vísperas de un ajuste brutal. Aunque la elección de Lagarde, que recibió el respaldo no sólo de la Unión Europea, Estados Unidos y el Japón, sino también de China y Brasil, además, de manera discreta, de nuestro país, no constituyó una sorpresa, parecería que hay un consenso de que el próximo director general del FMI debería de proceder de un “país emergente”. En esta ocasión, el rival principal de la francesa fue el mexicano Agustín Carstens, pero su eventual nominación no hubiera supuesto el cambio estratégico reclamado por quienes dicen estar convencidos de que sería fácil resolver los problemas de Grecia, Irlanda, Portugal y muchos otros países sin que tuvieran que reducir el gasto público y sin que hubiera ninguna necesidad de ajustes inevitablemente dolorosos. Por motivos evidentes, tales planteos demagógicos son muy populares en círculos contestatarios del “Primer Mundo” y en sus equivalentes del “Tercero” en el que es rutinario ensañarse con el FMI por la “falta de imaginación” de sus técnicos, pero cualquier intento de aplicarlos tendría secuelas desastrosas. Desafortunadamente, no abundan las soluciones mágicas. El primer gran desafío frente a Lagarde procede de Grecia. Ya se ha pronunciado en contra de la salida de Grecia de la Eurozona, pero puede que desde el punto de vista de los griegos mismos sean tan abultados los costos de resignarse a la serie de ajustes propuestos por el FMI, Alemania y Francia que terminen optando por recuperar la soberanía monetaria. Como jefa del FMI, Lagarde se ve obligada a anteponer los intereses no sólo de la UE sino también del sistema financiero mundial a aquellos de los griegos, portugueses e irlandeses de carne y hueso. Teme que un default griego seguido, tal vez, por la ruptura de la Eurozona en dos o más partes, asestaría un golpe muy fuerte al orden internacional, desatando una crisis equiparable con la causada por el desplome del banco de inversión Lehman Brothers, pero entenderá que las prioridades de los más perjudicados por lo que está sucediendo podrían ser distintas. De todos modos, aun cuando se logre impedir que los problemas de los pequeños países periféricos de la Eurozona contagien a los demás, Lagarde pronto se vería frente a desafíos aún mayores vinculados con el sobreendeudamiento de Estados Unidos, donde el gobierno del presidente Barack Obama sigue resistiéndose a emprender medidas de austeridad. Bien que mal, le ha tocado asumir en un momento en que, luego de haberse acostumbrado durante años a convivir con déficits cada vez mayores, los gobiernos de la mayoría de los países desarrollados tendrán que apretarse el cinturón, lo que entraña el riesgo de poner fin a la recuperación lenta que se ha registrado últimamente y de tener un impacto muy fuerte en los Estados emergentes, incluyendo a China, que en años recientes han crecido vigorosamente en base a sus exportaciones a los mercados opulentos de América del Norte, Europa y el Japón. A Lagarde, pues, le espera una tarea que podría ser aún más difícil de lo que habrá previsto cuando buscaba, con éxito, el apoyo de los países miembros del FMI para su candidatura al puesto que abandonó, en medio de un escándalo escabroso, Strauss-Kahn.


Como ocurrió en el 2007 cuando el político francés Dominique Strauss-Kahn fue nombrado director-general del Fondo Monetario Internacional, muchos suponen que su sucesora, Christine Lagarde, procurará hacer más “humana” la actitud de una institución que para sus muchos críticos está tan enamorada de los números que sólo sirve para agravar los problemas de países que están en quiebra. Se trata de una ilusión. Si bien es de prever que Lagarde, lo mismo que su compatriota caído en desgracia, intentará dotar al FMI de una imagen menos antipática, no le será dado cambiar mucho. Mal que le pese a la abogada gala que vivió muchos años en Estados Unidos, de ahí su dominio del inglés, un organismo cuya función básica consiste en defender el sistema financiero mundial contra “el contagio” de las crisis locales, tiene forzosamente que exigir a los distintos gobiernos un grado de disciplina fiscal que les es ajeno. Por cierto, el FMI no puede dejarse conmover por las protestas de políticos habituados a culpar a otros por las consecuencias de sus propios errores o por las manifestaciones callejeras que suelen producirse en vísperas de un ajuste brutal. Aunque la elección de Lagarde, que recibió el respaldo no sólo de la Unión Europea, Estados Unidos y el Japón, sino también de China y Brasil, además, de manera discreta, de nuestro país, no constituyó una sorpresa, parecería que hay un consenso de que el próximo director general del FMI debería de proceder de un “país emergente”. En esta ocasión, el rival principal de la francesa fue el mexicano Agustín Carstens, pero su eventual nominación no hubiera supuesto el cambio estratégico reclamado por quienes dicen estar convencidos de que sería fácil resolver los problemas de Grecia, Irlanda, Portugal y muchos otros países sin que tuvieran que reducir el gasto público y sin que hubiera ninguna necesidad de ajustes inevitablemente dolorosos. Por motivos evidentes, tales planteos demagógicos son muy populares en círculos contestatarios del “Primer Mundo” y en sus equivalentes del “Tercero” en el que es rutinario ensañarse con el FMI por la “falta de imaginación” de sus técnicos, pero cualquier intento de aplicarlos tendría secuelas desastrosas. Desafortunadamente, no abundan las soluciones mágicas. El primer gran desafío frente a Lagarde procede de Grecia. Ya se ha pronunciado en contra de la salida de Grecia de la Eurozona, pero puede que desde el punto de vista de los griegos mismos sean tan abultados los costos de resignarse a la serie de ajustes propuestos por el FMI, Alemania y Francia que terminen optando por recuperar la soberanía monetaria. Como jefa del FMI, Lagarde se ve obligada a anteponer los intereses no sólo de la UE sino también del sistema financiero mundial a aquellos de los griegos, portugueses e irlandeses de carne y hueso. Teme que un default griego seguido, tal vez, por la ruptura de la Eurozona en dos o más partes, asestaría un golpe muy fuerte al orden internacional, desatando una crisis equiparable con la causada por el desplome del banco de inversión Lehman Brothers, pero entenderá que las prioridades de los más perjudicados por lo que está sucediendo podrían ser distintas. De todos modos, aun cuando se logre impedir que los problemas de los pequeños países periféricos de la Eurozona contagien a los demás, Lagarde pronto se vería frente a desafíos aún mayores vinculados con el sobreendeudamiento de Estados Unidos, donde el gobierno del presidente Barack Obama sigue resistiéndose a emprender medidas de austeridad. Bien que mal, le ha tocado asumir en un momento en que, luego de haberse acostumbrado durante años a convivir con déficits cada vez mayores, los gobiernos de la mayoría de los países desarrollados tendrán que apretarse el cinturón, lo que entraña el riesgo de poner fin a la recuperación lenta que se ha registrado últimamente y de tener un impacto muy fuerte en los Estados emergentes, incluyendo a China, que en años recientes han crecido vigorosamente en base a sus exportaciones a los mercados opulentos de América del Norte, Europa y el Japón. A Lagarde, pues, le espera una tarea que podría ser aún más difícil de lo que habrá previsto cuando buscaba, con éxito, el apoyo de los países miembros del FMI para su candidatura al puesto que abandonó, en medio de un escándalo escabroso, Strauss-Kahn.

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