Guerra de Malvinas: memoria y claves de una herida abierta

A 44 años de la guerra, comprender el conflicto sigue siendo clave para el presente, con una mirada que recupere su complejidad histórica y su dimensión humana, reconozca a quienes participaron, analice las deudas pendientes y cuestione los usos políticos de la causa.

Por Andrea Belén Rodríguez **

A 44 años del conflicto, volver a preguntarse cómo fue posible la guerra de Malvinas no es solo un ejercicio histórico. También es una necesidad del presente. Sobre todo, frente a un gobierno ultraliberal cuyo discurso sobre Malvinas (tanto la guerra como la causa soberana) oscila, por un lado, entre la indiferencia, la ignorancia y la torpeza diplomática. Y, por el otro, demuestra un uso político utilitario de la memoria del conflicto por parte de derechas no nacionalistas, para las que estos símbolos de la identidad argentina son inentendibles.

Comprender la guerra implica, en primer lugar, explicar por qué en 1982 la Argentina se embarcó en un conflicto bélico con Gran Bretaña, una de las principales potencias de la OTAN. Pero también exige algo más incómodo: dar cuenta del amplísimo consenso social que tuvo el desembarco en las islas, aun cuando fue impulsado por la dictadura militar más violenta de la historia argentina.

Para hacerlo, es necesario atender a dos dimensiones distintas, aunque igualmente relevantes.

Por un lado, la contienda se inscribe en un conflicto diplomático de larga duración, desde la ocupación británica de 1833 en plena batalla imperial entre las potencias occidentales. Desde entonces las Provincias Unidas del Río de la Plata, y luego Argentina, sostuvieron ese reclamo por la soberanía de las islas en forma persistente, aunque con momentos de distinta intensidad.

Con el paso del tiempo, ese reclamo trascendió el plano diplomático y se transformó en una causa nacional. A través de la escuela, el servicio militar obligatorio y la producción intelectual de distintos actores, Malvinas se convirtió en un símbolo profundamente arraigado en amplios sectores de la sociedad. Sin tener en cuenta esta cuestión insoslayable, es imposible comprender el alto grado de consenso que contó el desembarco el 2 de abril de 1982. Para muchos argentinos, ese día parecía materializarse un anhelo histórico largamente postergado.

La coyuntura política


Pero esa explicación es insuficiente si no se considera la coyuntura inmediata. Desde 1976, nuestro país estaba gobernado por una dictadura militar que implementó un feroz método represivo: un plan sistemático de desaparición forzada de personas, que incluía el secuestro, tortura, asesinato y eliminación del cuerpo. Para 1982, el régimen militar ya llevaba 7 años en el gobierno y estaba inmerso en una profunda crisis económica, social y política. En ese contexto, la recuperación de las islas fue una estrategia de legitimación de las Fuerzas Armadas, que daban por descontado el apoyo popular dado el arraigo de la causa de soberanía.

Ambas dimensiones —la historia larga del reclamo diplomático y su construcción en causa, como la coyuntura dictatorial— son indispensables para entender el inicio de la guerra. Pero también para pensar la derrota.

El plan original de las Fuerzas Armadas respondía a la lógica de “ocupar para negociar”: tomar las islas por una operación rápida, sorpresiva e incruenta, con el objeto de obligar a Inglaterra a retomar las negociaciones. El fin era volver a los carriles diplomáticos, no iniciar una guerra. Sin embargo, contra los planes de las Fuerzas Armadas, el gobierno británico —que también estaba inmerso en una profunda crisis— respondió a la acción argentina y rápidamente envió una flota de guerra, y EEUU terminó alineándose con su aliado histórico.

La escalada bélica fue, en parte, resultado de la inflexibilidad de los gobiernos contendientes, ya que ambos estaban peleando su propia guerra interna, buscando legitimidad en sus respectivos países. Lo que había sido concebido como una operación con objetivos diplomáticos terminó convirtiéndose en una guerra. Así, las Fuerzas Armadas argentinas debieron improvisar sobre la marcha. Esta cuestión -sobre todo- explica los errores, las desinteligencias y las condiciones precarias en las que combatieron muchos soldados.

El costo humano del conflicto


Tras 74 días, la guerra concluyó con la derrota argentina. El costo humano fue enorme: en nuestro país, 649 caídos, más de mil heridos y, en los años posteriores, cientos de suicidios de excombatientes, atravesados por las secuelas del conflicto.

Comprender la guerra a partir de las dos dimensiones permite abordarla de manera integral, y sobre todo devolverle humanidad. Por el contrario, reducir el análisis a una sola de esas variables lleva a simplificar la guerra y concebirla solamente como una extensión de la política: mera “aventura militar” de un régimen en crisis, o gran “gesta patriótica” que sólo buscaba la recuperación del archipiélago irredento.

La guerra de Malvinas fue, al mismo tiempo, un conflicto basado en una causa nacional profundamente arraigada y una contienda conducida por una dictadura militar. Pero también —y por eso mismo — fue una experiencia humana atravesada por emociones contradictorias. Fue esperanza de una “Nueva Argentina”. Fue entusiasmo y alegría por la recuperación de un territorio propio de muchos argentinos. Fue perplejidad y estupor de los opositores del régimen. Fue incertidumbre, sacrificio, valor y temor de los combatientes. Fue dolor, tristeza y angustia de sus seres queridos, entre muchas otras cosas.

Por eso, a 44 años del conflicto, resulta fundamental recuperar ese rostro humano de la guerra. Eso implica, como comunidad, reconocer a quienes participaron, caídos y sobrevivientes: los jóvenes que fueron convocados en el marco del servicio militar obligatorio, los militares que estuvieron a la altura de las circunstancias en la guerra, los civiles que participaron con denodado esfuerzo, y las mujeres que contribuyeron en el conflicto en las más diversas tareas. También supone atender a las huellas que la guerra dejó en sus vidas y en la sociedad.

Al mismo tiempo, obliga a cuestionar los usos políticos de Malvinas. Tanto la causa —profundamente significativa para muchos argentinos—, como la memoria de nuestros muertos, no están exentos de disputas, simplificaciones e instrumentalizaciones.

Por último, devolverle humanidad al conflicto nos advierte sobre las deudas que aún persisten: la construcción de una historia oficial de la guerra, que permita, entre otras cosas, deslindar responsabilidades en el conflicto; la elaboración de una historia integral que incluya la diversidad de experiencias bélicas —en las islas y en el continente—, contemplando los soldados movilizados, mujeres y pueblos originarios; el relevamiento oficial de los suicidios por Malvinas; y el avance en los procesos de justicia por violaciones a los derechos humanos cometidas durante el conflicto. A esto se suma la necesidad de sostener una política pública sobre Malvinas sin dogmatismos, que sea rigurosa, consistente y capaz de trascender los cambios de gobierno.

A 44 años, el conflicto del Atlántico Sur sigue interpelando a la sociedad argentina. Asumir colectivamente esas tareas pendientes es una condición necesaria para que haya Memoria, Verdad, Justicia y Soberanía también para la guerra de Malvinas.

  • Doctora en Historia e investigadora del Grupo de Estudios de la Norpatagonia sobre el Pasado Reciente (Genpar) de la Facultad de Humanidades de la Universidad nacional del Comahue. También del Instituto Patagónico de Estudios de Humanidades y Ciencias Sociales (Ipehcs ) UNCo/Conicet.

A 44 años del conflicto, volver a preguntarse cómo fue posible la guerra de Malvinas no es solo un ejercicio histórico. También es una necesidad del presente. Sobre todo, frente a un gobierno ultraliberal cuyo discurso sobre Malvinas (tanto la guerra como la causa soberana) oscila, por un lado, entre la indiferencia, la ignorancia y la torpeza diplomática. Y, por el otro, demuestra un uso político utilitario de la memoria del conflicto por parte de derechas no nacionalistas, para las que estos símbolos de la identidad argentina son inentendibles.

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