Reinventarse en la adultez: las puntadas que deja el tiempo

La adultez no tiene por qué ser solamente un territorio de pérdidas. La ciencia muestra que, con los años, pueden cambiar nuestras prioridades emocionales, la manera de vincularnos y hasta la forma en que elegimos aquello que queremos conservar.

Redacción

Por Redacción

Foto: Gentileza.

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Rossana Martínez | Especial para RÍO NEGRO

Leí en un libro que la ingeniería no es un asunto de soluciones perfectas, sino de hacer lo mejor que podemos con recursos limitados. Y rápidamente hilvané esta frase, con puntadas anchas, como las que suelo darle al ruedo de un pantalón que descubro desatado justo antes de salir. Mientras enhebro la aguja pienso que, después de todo, quizás con el tiempo y la adultez hagamos algo parecido.

Hace algunos años, una extensa investigación sobre bienestar describió una imagen que me resultó particularmente interesante: la felicidad parece dibujar una curva en forma de U a lo largo de la vida. El bienestar tiende a descender hacia la mediana edad y
luego vuelve a ascender a medida que avanzan los años. Y ahí mi hilván tomó carrera.

Porque quizás la gran revolución de la adultez contemporánea no sea solamente haber prolongado la vida, sino haber ampliado las posibilidades de lo que podemos hacer emocional, cognitiva y socialmente dentro de ella. Es verdad: no todos llegamos de la misma manera. Las historias personales, la salud, las oportunidades y los contextos también dejan sus huellas. Pero hay datos en los que vale la pena detenerse.

Laura Carstensen lleva décadas estudiando cómo cambia nuestra relación con las emociones y con el tiempo a medida que envejecemos. Sus investigaciones muestran que, cuando comenzamos a percibir el futuro como más limitado, adquiere mayor importancia aquello que posee significado emocional en el presente. Elegimos con mayor cuidado personas, experiencias y actividades. Aparece también el llamado “efecto de positividad”: una tendencia de los adultos mayores a prestar relativamente más atención y recordar más información positiva que negativa en comparación con adultos más jóvenes.

No significa ignorar aquello que duele ni mirar la vida con un optimismo ingenuo. Habla, más bien, de un cambio en nuestras prioridades emocionales y motivacionales. El cuerpo sigue siendo finito y el envejecimiento biológico no se detiene. Sin embargo, algo parece estar cambiando en la manera en que llegamos a esa etapa. Miro el ruedo. Tal vez reinventarse en la adultez tampoco consista en convertirse en otra persona, sino en elegir, con un cerebro que conserva capacidad de transformación, qué partes de nosotros queremos seguir alimentando.

Doy otra puntada. Y aparece uno de los hilos fundamentales: los vínculos. En 2024, una investigación estudió a 180 personas de entre 18 y 93 años. Durante siete días se les preguntó si habían hablado con alguien acerca de sus emociones y cómo se habían sentido después. Compartir sentimientos con personas cercanas se asociaba con sentirse mejor y, en las edades más avanzadas, los vínculos familiares parecían adquirir una relevancia particular.

La aguja sigue su recorrido y pienso en cuántas cosas vamos eligiendo mientras avanzamos: los vínculos que queremos conservar, aquello que nos hace bien, lo que todavía deseamos aprender y también lo que podemos dejar ir. Quizá por eso conocer estos hallazgos importa.

La adultez no tiene por qué ser únicamente un territorio de pérdidas. También puede ser un tiempo de decisiones. Miro mi costura. Va quedando prolijo. Reinventarse no necesaria mente significa comenzar de cero. Tal vez se parezca bastante a aquella definición de ingeniería con la que empezó todo: hacer lo mejor que podemos con los recursos que tenemos.

Sólo que, con los años, quizá aprendamos cuáles vale la pena utilizar, cuáles podemos soltar y cuáles toda vía no habíamos descubierto. Mientras termino de acomodar el doblez del pantalón, ahora sí cosido, tomo mi bolso para salir y me invade esa canción que comienzo a tararear, de la inolvidable Eladia Blázquez: “No, permanecer y transcurrir no es perdurar, no es existir, ni honrar la vida”.

Llegar mejor a esta etapa


Las nuevas generaciones de adultos mayores muestran señales alentadoras. El psicólogo Denis Gerstorf y su equipo compararon dos generaciones de personas de edades similares, estudiadas con veinte años de diferencia. Los participantes de la generación más reciente presentaron un rendimiento cognitivo superior y mejores indicadores de bienestar que quienes habían sido evaluados dos décadas antes.

El dato acompaña una idea que atraviesa toda la reflexión: envejecer supone cambios y límites biológicos, pero no necesaria
mente implica dejar de aprender
, elegir, vincularse o encontrar nuevas maneras de transitar la vida.


Rossana Martínez | Especial para RÍO NEGRO

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