Palabras ¿malas?
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Néstor Tkaczek ntkaczek@hotmail.com
“Este huón se olvidó de pasar a buscarme”, le dice mi amigo sanjuanino a Pedro, nuestro arquero del equipo “Los insufribles”, para explicar su llegada tarde al partido. Sin embargo, Pedro no tomó jamás el término “huevón” como un insulto, para sorpresa de cualquier hablante que no sea argentino. Esta lengua que hablamos es nuestro pan diario a la hora de comunicarnos con los otros, a la hora de condensar nuestra experiencia del mundo. La lengua es el vehículo de una historia que se modifica constantemente y que forma parte indisoluble de nuestra vida. Esa lengua también genera determinas creencias, mitos que es bueno examinar. Una de las creencias más difundidas es aquella que supone que la lengua tiene “malas palabras”, esto implicaría que si hay “malas”, debe tener “buenas palabras”. La realidad muestra que las lenguas son un hecho cultural y que no existe esa clasificación en la lengua misma sino en la cultura que las usa. Dicho de otra manera, no hay paisajes bellos o feos “per se”, la naturaleza es indiferente a nuestras clasificaciones, somos nosotros los que le agregamos las categorías, en este caso estéticas. Un caso paradójico es el uso extendido, sobre todo en Argentina, de los insultos, comúnmente identificados como “malas palabras”. En este caso nuestras costumbres suelen causar sorpresa en visitantes de países cercanos como Perú, Bolivia ante nuestra catarata de improperios a los que apenas prestamos atención: “¿Qué hacés, boludo?”; saludamos y el otro nos saluda como si nada pasara. En realidad, reitero, las malas palabras no existen, lo que existe es el uso adecuado en una situación. Es cierto que uno no puede andar repartiendo a diestra y siniestra insultos en donde se nos plazca ya que gastaríamos más en médicos que en alimentos; pero no se puede negar que un insulto es el término más justo en determinadas situaciones, como alguna vez lo explicara magistralmente Roberto Fontanarrosa en el Congreso de la Lengua en Rosario. La literatura transforma a los insultos en un procedimiento que ayuda a hacer creíble la ficción. Recuerdo una anécdota de un profesor amigo que incluyó en su programa el libro de Edgardo Esteban, “Iluminados por el fuego”, texto en el que cuenta su experiencia como combatiente de Malvinas. El libro causó indignación en muchos padres debido a la gran cantidad de insultos y determinadas voces referidas al sexo. Pocos pudieron entender que un libro sobre la guerra no es un manual de buenas costumbres y que el lenguaje que allí se utilizaba era el que usaban diariamente los soldados en las islas. Recuerdo una novelita de Rosa Guerra, una autora argentina del siglo XIX, en ella y en nombre de las buenas palabras, los indios que aparecen hablan como si estuvieran en la corte de Versalles, lo que transforma a la novela en un verdadero disparate. Pocas veces la palabra “mierda” ha tenido tanta fuerza, tanta belleza trágica como en el final de “El coronel no tiene quien le escriba” de García Márquez. Nuestro “Martín Fierro” está lleno de insultos, disimulados por un leve cambio de grafía ya que los criterios culturales de la época no le hubieran permitido a Hernández escribirlos tal cual, por ejemplo: “barajo” por “carajo”; “qué bruta” por “qué puta”, etc. También fueron consideradas “malas palabras” todas aquellas que pertenecían al campo semántico sexual, aunque la mayoría de ellas designaban en forma precisa y científica determinados órganos o funciones. Con el tiempo muchas de esas voces dejaron ya de tener el rótulo social de “malas”. Las palabras no tienen la culpa, es la sociedad con sus tabúes, sus miedos, sus costumbres la que erige una barrera y selecciona qué se considera “buena” o “mala” palabra.
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