El fotógrafo que salió del ring
“Yo quería ser algo. Por eso entré al diario en 1962. Antes había hecho muchas cosas: tenía 9 años cuando murió mi papá y tuve que salir a laburar. Un camión se lo llevó por delante en Cervantes durante uno de esos ventarrones en los que no se ve nada. Éramos 8 hermanos y vivíamos en un terreno de 25×50 metros en Santa Cruz, entre Villegas y Moreno. Mi padre había hecho un negoción: lo había canjeado por una máquina de coser… Para llevar el agua tuvieron que hacer una acequia de 200 metros desde el Canal Grande con un vecino. Los guanacos y los caballos venían a tomar agua. Esto era un desierto y llegué a verlo…
Empecé vendiendo caramelos en los bailes en las plazas. La primera noche gané un peso. Una fortuna: el kilo de pan valía 10 centavos y el de carne de vaca 20 centavos, el de capón 10. Después mi mamá me llevó a la zapatería para que me enseñaran el oficio. Era analfabeta, pero sabía de qué hablaba. Me dijo: ‘Va a hacer calor, va a hacer frío, va a haber viento. Acá siempre vas a estar bajo techo’. Los mejores trabajos eran el ferrocarril, el correo y el banco, pero andá a conseguir una vacante. La zapatería no me gustaba, pero mi madre dijo ‘esto se hace o se hace’ y andá a discutirle. Eran otros tiempos, no es como ahora que los pibes caen a la casa con una moto y ni les preguntan de dónde la sacaron. A mí me preguntaba de dónde había salido cada centavo de propina. Por ejemplo, las que me daban las chicas de los prostíbulos. Cargaba un montón de cajas por la calle porque ellas no iban a comprar; tenías que llevárselas vos. Se probaban de a uno y si les gustaba después les llevaba el otro. Así me ganaba unas buenas propinas: 10, 20 centavos. Mi locura era comprar una bicicleta de carrera Ribaton. Tenía llantas de madera, piñón de 16 y corona de 48. Valía 80 pesos. ‘No se puede’, dijo mamá. Y no se pudo. Al final se la compró el gringo Bonacchi, el de la carpintería.
Mis primeros pasos en la fotografía los di con José Ramos, un fotógrafo placero. Aprendí a usar el diafragma, a calcular la distancia, a hacer todo a mano. Me daba la máquina y me iba al río. Hacía 30, 40 fotos. ¿Cuánto ganaba? Nada. La plata era toda para él. Yo lo hacía porque me gustaba. Yo lo disfrutaba. Te decía, hice mil cosas: fui chacarero, trabajador de la fruta, verdulero, camionero. Y boxeador. En un momento pensé que me podía ganar la vida a piña limpia y me fui a la meca, al Luna Park. Entrené con los grandes. Vi la plata que ganaban, vi cómo la patinaban. Vi que los campeones estaban rodeados de gente. Vi que los derrotados se quedaban solos. Y no me gustó. Después de varias peleas me volví a Roca. Hice 3 ó 4 peleas más, las gané y me retiré invicto en el Valle: la cabeza no se hizo para darle golpes.
Pasaron otros trabajos. Fui zapatero, chacarero, camionero. En 1951 conocí a la que hoy es mi esposa, Isabel Sánchez, que venía acompañar a su padre a la Argentina con la idea de estar un mes acá y seguir para Santo Domingo. Fue un flechazo. A los dos años nos casamos. Tuvimos dos hijos: Marilú, profesora de inglés, y Claudio, arquitecto. Retrocedo a 1956, cuando mi cuñado Juan Sánchez, el escultor, me dijo que probara con la fotografía. ‘Prestame la cámara’, le dije. Y no paré más. Me fui al galpón Flor del Valle y saqué 60, 80 fotos. Seguí con fotos sociales y cabecitas de nenes, esas que se ponían cinco gestos distintos en una sola copia, ¿te acordás? Alonso Sánchez, mi otro cuñado, era fotógrafo de El Tribuno y ‘Tilo’ Rajneri se lo quería llevar. Él le dijo que no podía y le dio mi nombre. Fui a ver a Fernando Rajneri (h). “Probemos”, me dijo. Y quedé. Al principio trabajaba al mismo tiempo en la fruta. Y un día, cuando iba en la moto al galpón, vi que un tren había chocado un camión cargado con gasoil cerca de la San Juan. Volví al diario rajando, agarré la máquina y saqué las fotos que salieron al día siguiente. En el galpón se quedaron contentos de ver que las publicadas eran mías, por eso no me descontaron el día.
Estuve 33 años en el diario, los mejores de mi vida. Me metí en todos lados y vi mucho. Y me fui con una buena jubilación y una casa digna. Es linda, ¿no? Te cuento la historia de esta casa en el barrio Don Fernando. En 1968 salió ‘Rionegrito’ , un diario que nació en el taller del ‘Río Negro’. Una vez ahí publicamos una nota que se titulaba así: ‘¿Y las casas para cuándo?’ Es que las habían prometido. ¿Qué hizo el diario? Puso la tierra y salió de aval en el Banco Hipotecario. Así muchos pudimos tener nuestra propia casa. En aquellos años era un diario más chico, no este monstruo, era casi una familia. Vos podías salir al patio y hablar de fútbol con el director. Y uno se ponía la camiseta. Una vez, cuando trajeron la máquina Rotoplana en los 60, agarré la pala y me puse a hacer un talud que frenara el agua cuando viniera la creciente. Don Fernando Rajneri me vio. Y le dijo a su hijo Fernando: ‘Cuidalo a este hombre que es bueno’. Me lo contó Fernando mucho tiempo después.
En el diario cubría toda clase de noticias y eso me gustaba. Un casamiento, un partido de fútbol, un conflicto en las chacras, un concierto. Arranqué con una camarita Agfa mía y después pasé a una Zeiss Ikon con lente que le compré a uno del petróleo que andaba por acá. Hacía todo: sacaba la foto, revelaba y armaba la chapa. En esos años 60 y comienzos de los 70 la evolución del diario fue meteórica. En ventas y en tecnología, pensá que en 1971 ya imprimíamos en offset.
¿Cuáles son mis fotos preferidas? Y, no sé, fueron tantas… Las de la huelga en El Chocón en 1969 me gustaron. Y las del Rocazo en 1972. La del soldado que pisa a un manifestante y le apunta con la bayoneta me la atribuyen a mí, pero es de un muchacho de Neuquén. Me acuerdo que le dieron un puntazo en la nalga y lo tuve que curar. En cambio, ésta del Rocazo sí es mía, mirá: los soldados apuntan a la gente, rodilla en tierra, bala en boca de fusil. A la izquierda se ve un doctor que les habla a los militares. Me acuerdo bien, les decía que si tiraban ellos iban a ir a buscar sus armas. De las cosas que a uno le quedan grabadas muchas tienen que ver con accidentes y muertes. Uno va y saca la foto, aunque después no se publique: no nos gustaba poner fotos de muertos. Y si salía alguna, la gente protestaba.
De aquella Agfa con la que entré en 1962 a la Nikon F 4 con la que me jubilé en 1994, la evolución de las cámaras y de la tecnología fue tremenda. Después del offset, la novedad que más me impactó fue la de las radiofotos en 1978, para el Mundial que ganó Argentina. Pensá que hasta ese momento yo viajaba con el equipo de revelado e improvisaba el laboratorio en los baños de los hoteles. Y de repente las fotos eran transmitidas por teléfono. Al principio tardaban 15 minutos cada una. Una vez estábamos esperando una que era lo único que faltaba para el cierre. No me acuerdo si la foto venía de Santa Rosa o de Bahía Blanca, pero sí que cortaban el teléfono y así la transmisión se interrumpía. Entonces, el jefe de Redacción, Alberto Boglio, me dijo: ‘Dejame a mí’. Agarró el teléfono y dijo: ‘Por favor necesito que no me corte, porque no pasa la radiofoto por teléfono’. Y del otro lado le responden: ‘Ja, a mí… pasar una foto por teléfono, a mí…’.
Después el diario siguió creciendo. Y aquella empresa familiar se hizo cada vez más grande. Me acuerdo de algo que hace mucho me dijo el doctor Rajneri: ‘El mejor diario de la Patagonia ya lo tenemos. Pero tenemos que ser uno de los mejores del país. Y para eso tenemos que traer gente’. Y así fue.
¿Si extraño el diario? Y, uno va cada mañana a buscarlo, si no parece que le falta algo. Me jubilé en 1994. Ese año, mientras subía las escaleras me encontré con el doctor Rajneri. Me preguntó cómo andaba y después me dijo: ‘Juan, vos podés jubilarte cuando quieras. Tenés un auto nuevo, ya es hora de que te dediques a pasear. Ésta va a ser tu casa siempre’. Y me fui. Por cosas como ésas digo que estoy agradecido. Y por otras que uno no se olvida. Mirá, una vez volqué volviendo de Madryn y me quebré cinco costillas. A los 15 días me agarró una camioneta al regresar a casa y me quebré tres costillas. Una me afectaba la pleura y no podía respirar. Pasaban los días y no mejoraba. El diario llamó a una junta médica y tenía listo un avión para llevarme a Buenos Aires. Justo mejoré y no fue necesario. Pero la sensación de que se preocupan tanto por uno no se paga con nada”.
Juan Villarruel a fines de los 60 con la cámara que funcionaba con placas y rollos.
Las tomas que logró del Rocazo, allá por 1972, fueron algunas de las que lo marcaron.
La lucha en la calle, un tanque hidrante, gases y balacera aparecen en la secuencia. Escenas fuertes. “Inolvidables”, dice. Y agrega sobre la última toma: “Los soldados apuntan a la gente, rodilla en tierra, bala en boca de fusil. Recuerdo que un doctor les decía a los militares que si disparaban, ellos iban a ir a buscar sus propias armas”.
En su casa en el barrio Don Fernando, de Roca, donde atesora su colección de máquinas fotográficas.
En un momento pensé que me podía ganar la vida a piña limpia y me fui a la meca, al Luna Park. Entrené con
los grandes
Su etapa de boxeador.
Fue boxeador, camionero, verdulero, chacarero. Pero lo suyo era la fotografía. Juan Villarruel (84) trabajó 33 años en el “Río Negro”. Aquí recuerda su historia.
Juan Villarruel
“Yo quería ser algo. Por eso entré al diario en 1962. Antes había hecho muchas cosas: tenía 9 años cuando murió mi papá y tuve que salir a laburar. Un camión se lo llevó por delante en Cervantes durante uno de esos ventarrones en los que no se ve nada. Éramos 8 hermanos y vivíamos en un terreno de 25x50 metros en Santa Cruz, entre Villegas y Moreno. Mi padre había hecho un negoción: lo había canjeado por una máquina de coser... Para llevar el agua tuvieron que hacer una acequia de 200 metros desde el Canal Grande con un vecino. Los guanacos y los caballos venían a tomar agua. Esto era un desierto y llegué a verlo...
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