“La tensión afectará a ambos campos”

El reciente choque entre Rusia y EE. UU. y sus aliados europeos y asiáticos por la secesión y anexión de Crimea traerá serias consecuencias en ambos campos, si se continúa con la lógica de considerar a Eurasia como “escenario natural” de las disputas por el poder de las potencias, señala el experto argentino en relaciones internacionales Khatchik DerGhougassian, quien ha estudiado a fondo varios conflictos en esa región. Pidió recordar que tanto Europa como Rusia tienen una fuerte interdependencia económica, financiera y energética y que, “en medio de esta competencia de poder”, no se olvide que a menudo quedan en el medio realidades y aspiraciones nacionales, como las del pueblo ucraniano. Al mismo tiempo, cree que tanto la estrategia europea para extender relaciones económicas y políticas hacia el este como las posibles respuestas de Rusia, que ve este avance como una amenaza, generarán movimientos en varias tensiones internas y binacionales en esa zona. Y advierte las lecciones para América Latina de la “regionalización” de la política internacional, especialmente para los incipientes procesos de integración.

Redacción

Por Redacción

Conflicto entre Rusia y Occidente

–Algunos analistas señalan que esta crisis entre Occidente y Rusia, calificada como la peor escalada de tensiones desde la Guerra Fría (otros prefieren compararla con “el Gran Juego” ruso-británico del siglo XIX), ha escalado por errores de cálculo de EE. UU. y Europa sobre las intenciones rusas en la región. ¿Coincide con estas visiones?

–La lógica del “Gran Juego” remite en definitiva a la idea central de la teoría convencional de la geopolítica: Eurasia es “naturalmente” el escenario de la lucha por el poder de las grandes potencias de turno. En esta lógica geopolítica, la estrategia estadounidense durante la Guerra Fría fue contener la expansión del comunismo que era la bandera ideológica que había servido para la unificación e institucionalización de una masa territorial importante en Eurasia. Luego de la caída de la Unión Soviética, con la expansión del orden liberal con Clinton o la “guerra contra el terrorismo” de Bush, Occidente, Estados Unidos y sus aliados europeos, se expandió hacia el este sin demasiado preocuparse por la amenaza que esta expansión significaba para la integridad territorial de Rusia tal como se percibía desde Moscú. Tampoco Rusia en su proceso de transición podía hacer demasiado para detener el avance de la OTAN y demás instituciones occidentales. El colmo ha sido, sin dudas, el reconocimiento de la independencia de Kosovo en febrero del 2008. El ataque militar de Georgia contra Osetia del Sur en agosto del mismo año brindó la oportunidad para Rusia no sólo de “responder” al reconocimiento de Kosovo con el reconocimiento unilateral de Abjasia y Osetia del Sur sino claramente mandar el mensaje de su “regreso” en este juego de poder. Desde entonces, mediante la crisis del 2008 con sus consecuencias, pareciera que hay un reflujo de la expansión occidental en el sentido de las claras limitaciones de la primacía estadounidense aun cuando sigue siendo la superpotencia militar global. Obama es, desde luego, el más realista de todos los presidentes estadounidenses de la pos Guerra Fría en el sentido de un reconocimiento de la capacidad de Washington en la proyección de su poder. Aun así, es cierto que la sublevación de los ucranianos, el Maidan, que es una movilización de protesta genuina y no conspirada desde afuera, recibió ayuda financiera de organismos occidentales y que tanto Estados Unidos y los europeos apoyaron silenciosamente –y quizá no tan silenciosamente– y se alegraron con la salida de Viktor Yanukovich. El problema es que cuando analizamos este conflicto con los lentes de la competencia entre Rusia y los aliados occidentales, nos olvidamos de que en el medio están Ucrania y los ucranianos, con sus aspiraciones, divisiones internas y desafíos como país y pueblo…

–¿Es Putin el gran ganador de esta pulseada? ¿O el costo económico y político de la anexión de Crimea podría a la larga traerle más problemas?

–Putin pudo imponerse, no hay duda. No quiere decir que no se compró un problema por las sanciones internacionales, por la oposición de los tártaros en Crimea –sin hablar de los propios ucranianos leales a Kiev– y por las dificultades que su propia economía que en más de 50% depende de la venta de recursos energéticos entre petróleo y gas natural va a enfrentar. En definitiva, cualquier expansión de poder, más cuando se trata de una anexión, tiene un costo que tarde o temprano aparece. No es distinto en el caso de Crimea para Moscú.

–¿Podrían haber hecho EE. UU. y Occidente algo más que las sanciones económicas dispuestas?

–Hay sectores que consideran que las sanciones en el mejor de los casos tardan en tener impacto, por lo tanto apoyan medidas de demostración de fuerza que, si bien descartan la opción de una confrontación bélica, abogan por reforzar los aliados de la OTAN en Europa del Este con más armamentos, entrenamiento, misiones de reconocimiento… en una palabra, tensar más la situación. Me parece que tanto Obama como los europeos van a esperar para ver los próximos pasos de Putin, medir si Crimea es el comienzo de una política más agresiva de Moscú.

–¿Es comparable la situación de Crimea con la independencia de Kosovo?

–No hay forma de comparar las dos situaciones en forma objetiva. En ambos casos, el argumento de la intervención y el principio de autodeterminación sirvieron a la política de las potencias –Estados Unidos y sus aliados europeos en el caso de Kosovo, Osetia del Sur, Abjasia y Crimea en el caso de Rusia–. Kosovo es un caso excepcional, dijeron los occidentales; Lavrov respondió que Crimea también lo era. Ambos campos, en definitiva, fomentaron el cinismo hacia el derecho internacional y los principios en la política internacional.

–¿Como influirá esta anexión en otros conflictos en Europa del Este, como Moldavia, regiones del Cáucaso o el de Nagorno-Karabaj? Autoridades de Rumania y países del Báltico han mostrado preocupación por este avance ruso. ¿Están justificados estos temores?

–Aparentemente hasta junio la Unión Europea firmará tanto con Ucrania como Moldavia el Acuerdo de Asociación que Yanukovich rechazó para adherir a la Unión Aduanera propuesta por Rusia. Si a esa movida europea Rusia responde con medidas similares a Crimea en Transnistria o las provincias del este de Ucrania, es probable ver crecer la tensión. La preocupación de los países Bálticos y Rumania es entendible, pero también sirve a sus intereses si su importancia estratégica para la OTAN empieza a crecer. Aunque, claro, tampoco les conviene demasiada tensión, ya que se encuentran ya en la primera línea de una supuesta confrontación entre la OTAN y Rusia… Las repercusiones del conflicto en el Cáucaso eran inevitables y de hecho se sintieron, pero hasta ahora prevaleció la prudencia. El peso de Rusia en esta región, para bien o para mal, se siente mucho más que en Ucrania que, en definitiva, es Europa. De hecho, el Cáucaso demuestra cuán arbitraria es la política de Moscú a la hora de aplicar el principio del derecho de autodeterminación: lo usó para los casos de Abjasia y Osetia del Sur, mantiene el silencio con respecto a Nagorno-Karabaj y en Chechenia defiende su integridad territorial…

–¿Afectará esta tensión al proyecto ruso de formar un gran pacto euroasiático? ¿Y al proyecto de extender la UE hacia el este?

–Putin va a seguir con su proyecto de Unión Eurasiática más que nunca, aunque ya perdió a Kiev. La UE, como dije, ya está pensando firmar el Acuerdo de Asociación con Moldavia y Ucrania que, evidentemente, no significa necesariamente su “expansión” hacia el este, pero se va a interpretar así desde Moscú. La pregunta es cuán sustentables son estos proyectos a mediano plazo tanto para la UE como para Rusia si la tensión que generarían termina afectando a ambos campos que hoy se encuentran en una relación de fuerte interdependencia sobre todo financiera.

–¿Este conflicto está localizado regionalmente o podría tener consecuencias más globales, sobre todo teniendo en cuenta el factor energético, una de las “armas” esgrimidas por los distintos actores? ¿Habría algún aspecto a tener en cuenta desde Latinoamérica?

–No tanto. El temor de que Putin utilizaría el abastecimiento del gas natural para presionar no se justificó; el precio del gas no se alteró y Moscú se contuvo porque la crisis hizo caer también las acciones de GazProm. La primavera está llegando a Europa y el consumo del gas cae a su mitad, por lo tanto Putin no lo puede usar como instrumento de coerción. Este conflicto es otra señal de la regionalización de las relaciones internacionales en este primer cuarto del siglo XXI; en este mundo global, aún unipolar en el sentido militar, la política internacional está tomando un aspecto cada vez más regional que marcará el equilibrio de poder. En este sentido estratégico del regionalismo emergente, América Latina tiene mucho significado; las condiciones están dadas en el sur de las Américas para seguir la construcción de un proyecto que en su momento generó muchas expectativas que la situación estancada del proceso de integración de la actualidad puede terminar frustrando.

Leonardo Herreros

lherreros@rionegro.com.ar


Conflicto entre Rusia y Occidente

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