La creación del enemigo interior
ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar
El reciente ensayo de Loris Zanatta –“El Populismo” (Katz Editores)– permite incursionar en uno de los rasgos más característicos del fenómeno populista: la obsesiva búsqueda de un “enemigo interior”. Estamos ante un componente clave en la visión del mundo político. Como señala Zanatta, es la imagen en torno a la cual el populismo condensa su visión maniquea, imponiendo una lógica amigo/enemigo que desgarra el tejido institucional y desencadena batallas políticas e ideológicas que se acometen en nombre de la verdad y la unidad nacional. Ha sido objeto de muchos análisis descriptivos la obsesión populista por recrear en forma permanente un enemigo interior. En el caso de la actual etapa kirchnerista, ha sido incesante el desfile de figuras que sucesivamente han ido siendo situadas en el centro de los ataques coordinados por el oficialismo y sus simpatizantes. En el 2008 fue “el campo”, una presentación que remitía a la históricamente estigmatizada “oligarquía vacuna”. Más adelante fue el diario “Clarín” y su figura más representativa, el empresario Héctor Magneto, quienes atrajeron las iras del elenco gobernante. Posteriormente la condena se extendió al conjunto de los medios independientes, la poderosa y funesta “corporación mediática”. Luego han sido los jueces y en especial la Corte Suprema, la que estuvo en el ojo del huracán cuando el gobierno lanzó su propuesta de “democratizar la Justicia”. En su más reciente formulación, el rol ignominioso ha sido asignado al juez norteamericano Thomas Griesa, al que se le atribuye estar en avieso concierto con los siniestros “fondos buitre”. En el populismo latinoamericano existe además otro enemigo omnipresente, que sirve como comodín para obturar cualquier situación. Se trata de la “derecha”, un calificativo útil para endosar a cualquier adversario político y que tiene la virtud implícita de colocar en el mundo de los buenos, es decir en la “izquierda”, a personajes cuyo mérito más visible consiste en haberse enriquecido aceleradamente. Con esta ligereza, en la derecha se puede colocar tranquilamente al centrista Mauricio Macri o a la socialcristiana Elisa Carrió. Dado que en la Argentina no existen partidos estrictamente de derecha, se trata de un recurso útil que permite cualquier enjuague. La utilidad funcional de agitar la imagen del enemigo interno apunta a recomponer, de modo simbólico, la unidad armónica del pueblo. Zanatta incursiona en este terreno señalando acertadamente que la figura del enemigo interno en el mundo latino, bajo nombres y apariencias diversas, evoca la mutación del conflicto político en conflicto religioso. Frente a las profundas grietas étnicas, sociales y económicas –que pueden rastrearse en la forma peculiar que adoptó la conquista española de las tierras americanas– surge la búsqueda de una fórmula de sutura de esas hendiduras que se consigue a través de la imposición de la idea de la unidad nacional. Obsérvese que la asociación del enemigo interior con un agente patógeno que invade el cuerpo social y viene a perturbar la idílica comunidad de origen, aparece en el primer peronismo bajo la denuncia de la “infiltración comunista”, continúa en la época de la dictadura militar bajo la concepción de la “subversión internacional” y retoma actualidad con el calificativo de “traidores” a todos los que no se pliegan a la epopeya gubernamental lanzada por Cristina contra los fondos buitre. Estamos, en definitiva, ante un recurso retórico utilizado para galvanizar y disciplinar el frente interno. Añade Zanatta que el enmascaramiento bajo una pátina de unanimidad de las diferencias políticas e ideológicas –naturales e inevitables en toda sociedad– ha obedecido en el caso del populismo al objetivo de realizar una suerte de “revolución preventiva”. Es decir que en el siglo pasado, ante el temor a una revolución inspirada por ideas o doctrinas que consideran extrañas y predicaban la división irreconciliable de las clases sociales, se ha reivindicado la aspiración a una “comunidad organizada”, una idea proclamada tempranamente por el general Perón. Por otra parte, la delegación de la representación en un líder ha sido otro recurso destinado a soldar las diferencias políticas e ideológicas que atraviesan los movimientos populares. Las tendencias, algunas más progresistas, otras más conservadoras, que luchan en el seno del movimiento popular para imponer su cosmovisión al resto, terminan aceptando el rol arbitral del líder, que revela con su palabra santa la versión que ha resultado consagrada. Todas estas circunstancias concurren para explicar la dificultad que tiene el populismo para aceptar la pluralidad y la diversidad política consustanciales con el liberalismo político. Si la simple divergencia de ideas es considerada una forma velada de traición al pueblo, es comprensible que toda concepción diferente sea deslegitimada y reprobada sin atenuantes. Sin embargo, el dinamismo de las sociedades modernas y el rol activo de los partidos y los medios de comunicación marcan los límites a toda veleidad unanimista. Como se advierte ahora en América Latina, en la mayoría de los países la democracia moderna ha alcanzado densidad suficiente como para contener la pretensión populista y ha obligado al populismo a hibridarse con la democracia formal. No obstante, permanece una cierta tensión que revela la dificultad que tiene el populismo por acomodarse a las reglas de juego de la democracia moderna. En medio de esa puja aún nos encontramos.
ALEARDO F. LARÍA aleardolaria@rionegro.com.ar
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