El sueño de una solución fácil

Redacción

Por Redacción

Como siempre sucede cuando un país cae en bancarrota, muchos culpan al Fondo Monetario Internacional del desastre griego, ya que –dicen– los tecnócratas del organismo, respaldados por sus equivalentes aún más duros de la Unión Europea y del Banco Central Europeo, cometieron un error imperdonable al privilegiar la disciplina fiscal por encima del crecimiento. En cierto modo, tienen razón los enemigos de la austeridad: de optar el resto del mundo por enviar una y otra vez centenares de miles de millones de dólares o euros a países en apuros sin exigir nada a cambio, los así beneficiados no tendrían por qué preocuparse. Pero, por irracional que les parezca a los convencidos de que se trata de una consecuencia de la ceguera apenas comprensible de aquellos a quienes califican de “ortodoxos” o “neoliberales”, en algunas partes es limitada la voluntad de subsidiar a países cuyos gobiernos insisten en gastar más, en ocasiones mucho más, de lo que recaudan a través de impuestos o exportaciones. No sólo los alemanes sino también otros creen que, de tener la oportunidad, la clase política griega sería tan capaz como la argentina de despilfarrar cualquier cantidad de dinero sin animarse a llevar a cabo las temidas reformas estructurales. Asimismo, de decidir quienes llevan la voz cantante en la Unión Europa y el FMI anteponer los intereses de los países endeudados a aquellos de los acreedores, en adelante muy pocos se sentirían tentados a arriesgarse invirtiendo en economías problemáticas. El gobierno de Syriza –es decir, la Coalición de la Izquierda Radical y sus socios de la ultraderecha nacionalista– insiste en que, por haber votado casi la mitad del electorado griego en contra de la austeridad, es deber de los demás respetar su decisión democrática. De manera burlona, los alemanes, holandeses, fineses y otros le contestan diciendo que, por constituir sus propios votantes una mayoría en Europa, los griegos tendrán que resignarse a su condición minoritaria. Sea como fuere, es claramente absurda la idea de que, cuando el nivel de vida depende en buena medida de otros países, votar a favor de la prosperidad sea suficiente para garantizarla. En Grecia, como en la Argentina, los problemas son internos. Aunque los dirigentes políticos quisieran exportarlos a Bruselas o Washington para que otros se encarguen de resolverlos, en última instancia ellos mismos tendrán que encontrar la forma de repartir los costos de un eventual saneamiento. Se trata de una tarea muy ingrata en países en que la evasión impositiva es endémica, las conquistas sociales o sindicales han resultado insostenibles y las tradiciones burocráticas son propias de épocas que otros dejaron atrás hace tiempo, pero, en el caso de Grecia, no le queda más alternativa a menos que los demás europeos se resignen a gastar muchísimo dinero para permitir a Syriza aferrarse a los esquemas económicos anticuados que juró estar resuelto a conservar en la campaña que culminó en las elecciones de enero, en las que obtuvo el 36,3% de los votos. Sociedades como la griega, en que casi todos quieren disfrutar del mismo grado de bienestar que ven en Alemania o Escandinavia pero por lo común son reacios a comportarse como alemanes o escandinavos, están condenadas a sufrir crisis muy graves. Si no fuera por la voluntad de tantos griegos de permanecer en la Eurozona, la situación en que se encuentran sería menos angustiante, ya que de resucitarse el dracma dispondrían de más tiempo en que adaptarse. Al apostar gobiernos anteriores a que las ventajas que les brindaría el euro serían tan grandes que Grecia pronto alcanzaría el nivel de productividad de los países más ricos de la Unión Europea, para entonces ponerse a gastar el dinero conseguido como si fuera maná caído del cielo, aseguraron que tarde o temprano llegaría el día en que los acreedores comenzarían a pedirles intentar pagar lo debido. Desgraciadamente para los griegos, no podrán hacerlo. A diferencia de nuestro país, no cuentan con reservas inagotables de commodities como las que, poco después del default festivo de fines del 2001, vieron duplicarse o triplicarse su valor. A lo sumo pueden esperar a que el resto de Europa les sea más solidario para que se atenúe la crisis humanitaria que los amenaza, pero sólo sería cuestión de paliativos, no de una solución definitiva.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Miércoles 1 de julio de 2015


Como siempre sucede cuando un país cae en bancarrota, muchos culpan al Fondo Monetario Internacional del desastre griego, ya que –dicen– los tecnócratas del organismo, respaldados por sus equivalentes aún más duros de la Unión Europea y del Banco Central Europeo, cometieron un error imperdonable al privilegiar la disciplina fiscal por encima del crecimiento. En cierto modo, tienen razón los enemigos de la austeridad: de optar el resto del mundo por enviar una y otra vez centenares de miles de millones de dólares o euros a países en apuros sin exigir nada a cambio, los así beneficiados no tendrían por qué preocuparse. Pero, por irracional que les parezca a los convencidos de que se trata de una consecuencia de la ceguera apenas comprensible de aquellos a quienes califican de “ortodoxos” o “neoliberales”, en algunas partes es limitada la voluntad de subsidiar a países cuyos gobiernos insisten en gastar más, en ocasiones mucho más, de lo que recaudan a través de impuestos o exportaciones. No sólo los alemanes sino también otros creen que, de tener la oportunidad, la clase política griega sería tan capaz como la argentina de despilfarrar cualquier cantidad de dinero sin animarse a llevar a cabo las temidas reformas estructurales. Asimismo, de decidir quienes llevan la voz cantante en la Unión Europa y el FMI anteponer los intereses de los países endeudados a aquellos de los acreedores, en adelante muy pocos se sentirían tentados a arriesgarse invirtiendo en economías problemáticas. El gobierno de Syriza –es decir, la Coalición de la Izquierda Radical y sus socios de la ultraderecha nacionalista– insiste en que, por haber votado casi la mitad del electorado griego en contra de la austeridad, es deber de los demás respetar su decisión democrática. De manera burlona, los alemanes, holandeses, fineses y otros le contestan diciendo que, por constituir sus propios votantes una mayoría en Europa, los griegos tendrán que resignarse a su condición minoritaria. Sea como fuere, es claramente absurda la idea de que, cuando el nivel de vida depende en buena medida de otros países, votar a favor de la prosperidad sea suficiente para garantizarla. En Grecia, como en la Argentina, los problemas son internos. Aunque los dirigentes políticos quisieran exportarlos a Bruselas o Washington para que otros se encarguen de resolverlos, en última instancia ellos mismos tendrán que encontrar la forma de repartir los costos de un eventual saneamiento. Se trata de una tarea muy ingrata en países en que la evasión impositiva es endémica, las conquistas sociales o sindicales han resultado insostenibles y las tradiciones burocráticas son propias de épocas que otros dejaron atrás hace tiempo, pero, en el caso de Grecia, no le queda más alternativa a menos que los demás europeos se resignen a gastar muchísimo dinero para permitir a Syriza aferrarse a los esquemas económicos anticuados que juró estar resuelto a conservar en la campaña que culminó en las elecciones de enero, en las que obtuvo el 36,3% de los votos. Sociedades como la griega, en que casi todos quieren disfrutar del mismo grado de bienestar que ven en Alemania o Escandinavia pero por lo común son reacios a comportarse como alemanes o escandinavos, están condenadas a sufrir crisis muy graves. Si no fuera por la voluntad de tantos griegos de permanecer en la Eurozona, la situación en que se encuentran sería menos angustiante, ya que de resucitarse el dracma dispondrían de más tiempo en que adaptarse. Al apostar gobiernos anteriores a que las ventajas que les brindaría el euro serían tan grandes que Grecia pronto alcanzaría el nivel de productividad de los países más ricos de la Unión Europea, para entonces ponerse a gastar el dinero conseguido como si fuera maná caído del cielo, aseguraron que tarde o temprano llegaría el día en que los acreedores comenzarían a pedirles intentar pagar lo debido. Desgraciadamente para los griegos, no podrán hacerlo. A diferencia de nuestro país, no cuentan con reservas inagotables de commodities como las que, poco después del default festivo de fines del 2001, vieron duplicarse o triplicarse su valor. A lo sumo pueden esperar a que el resto de Europa les sea más solidario para que se atenúe la crisis humanitaria que los amenaza, pero sólo sería cuestión de paliativos, no de una solución definitiva.

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