Crisis exportadas

Redacción

Por Redacción

Además de ser una “ciencia triste”, la economía es antipática, aunque sólo fuera porque muchas expectativas quedarán insatisfechas y, para los legos, bastante aburrida, razón por la que a los políticos les resulta tan fácil reubicar en terrenos que les parecen más comprensibles y, desde luego, más emocionantes, los problemas que preferirían no tener que enfrentar. Por lo común, se trata de interpretar las crisis que esporádicamente surgen en términos militares o geopolíticos para que sean episodios de una lucha entre lo propio y lo ajeno. Es lo que han hecho con cierto éxito no sólo nuestro gobierno al festejar el aislamiento calificándolo de independencia, sino también los de Grecia y Venezuela, cuyos voceros insisten en que las deficiencias más notorias del “modelo” local no se deben a sus propios errores sino a la hostilidad vengativa de enemigos extranjeros insaciables –representados, respectivamente, por los fondos buitre, los alemanes y los norteamericanos–, de suerte que tomar medidas con miras a adaptar la economía nacional a las circunstancias imperantes en el resto del mundo equivaldría a resignarse a una derrota humillante. Si bien sería difícil concebir una actitud más contraproducente que la de quienes hacen de la defensa de esquemas que son claramente inviables una causa nacional, en algunos países el derrotismo principista, por llamarlo así, domina la cultura política hasta tal punto que el fracaso colectivo es considerado patriótico y cualquier esfuerzo por superar el atraso se ve denunciado como una forma de traición. En Grecia, quienes se oponen a los intentos de reducir el tamaño de un sector público sobredimensionado, costosísimo y muy ineficaz, los atribuyen no a la necesidad objetiva de vivir de acuerdo con los medios disponibles sino a la mala voluntad de los demás europeos, comenzando con los alemanes, que son reacios a continuar entregándoles decenas de miles de millones de euros sacados de los bolsillos de los contribuyentes. Por motivos parecidos, los evasores impositivos griegos dan a entender que están luchando a su modo contra el despiadado imperialismo teutón. A base de retórica similar, los kirchneristas se niegan a pactar con los holdouts: en su opinión, es mejor que la Argentina permanezca excluida de los mercados de capitales internacionales, privándose así de inversiones que le permitirían salir de la recesión en la que se ve atrapada, de lo que sería respetar los fallos de la Justicia neoyorquina a pesar de que ellos mismos la eligieran por entender que a los inversores extranjeros no les interesaría someterse a la nada prestigiosa justicia nacional. Mientras tanto, el régimen chavista, liderado por el desafortunado presidente venezolano Nicolás Maduro, procura convencer a quienes están hundiéndose en la pobreza más denigrante de que sus penurias son consecuencia de una ofensiva dirigida desde Washington, no de años de derroche insensato. Parecería que los nacionalistas griegos, argentinos y venezolanos han declarado la guerra a la economía moderna porque, desde su punto de vista, es obra de potencias extranjeras decididas a aplastarlos. Se sienten con derecho a disfrutar de los beneficios que proporciona sin por eso estar dispuestos a hacer lo necesario para conseguirlos. Rabian contra el “sistema capitalista” como si el comunista aún constituyera una alternativa factible, pasando por alto el fin calamitoso del “socialismo real” soviético. Con el apoyo de muchos compatriotas igualmente nostálgicos, quieren regresar al mundo de hace cincuenta años o más, antes de que se hicieran sentir los cambios políticos, tecnológicos, demográficos y, huelga decirlo, económicos que lo transformarían, beneficiando a centenares de millones de personas en Asia, Europa y buena parte de América Latina. Aunque ya debería serles evidente de que es nula la posibilidad de que prosperen “los modelos” populistas con los que están tan firmemente comprometidos, el que hayan logrado hacer de su conservación un asunto de honor nacional significa que podrán continuar combatiendo el desarrollo sin preocuparse demasiado por los costos humanos de tanta tenacidad, ya que según su forma de pensar, y la de sus simpatizantes, las abstracciones ideológicas importan muchísimo más que el destino material de los condenados a servir de cobayos en sus laboratorios anticuados.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Jueves 23 de julio de 2015


Además de ser una “ciencia triste”, la economía es antipática, aunque sólo fuera porque muchas expectativas quedarán insatisfechas y, para los legos, bastante aburrida, razón por la que a los políticos les resulta tan fácil reubicar en terrenos que les parecen más comprensibles y, desde luego, más emocionantes, los problemas que preferirían no tener que enfrentar. Por lo común, se trata de interpretar las crisis que esporádicamente surgen en términos militares o geopolíticos para que sean episodios de una lucha entre lo propio y lo ajeno. Es lo que han hecho con cierto éxito no sólo nuestro gobierno al festejar el aislamiento calificándolo de independencia, sino también los de Grecia y Venezuela, cuyos voceros insisten en que las deficiencias más notorias del “modelo” local no se deben a sus propios errores sino a la hostilidad vengativa de enemigos extranjeros insaciables –representados, respectivamente, por los fondos buitre, los alemanes y los norteamericanos–, de suerte que tomar medidas con miras a adaptar la economía nacional a las circunstancias imperantes en el resto del mundo equivaldría a resignarse a una derrota humillante. Si bien sería difícil concebir una actitud más contraproducente que la de quienes hacen de la defensa de esquemas que son claramente inviables una causa nacional, en algunos países el derrotismo principista, por llamarlo así, domina la cultura política hasta tal punto que el fracaso colectivo es considerado patriótico y cualquier esfuerzo por superar el atraso se ve denunciado como una forma de traición. En Grecia, quienes se oponen a los intentos de reducir el tamaño de un sector público sobredimensionado, costosísimo y muy ineficaz, los atribuyen no a la necesidad objetiva de vivir de acuerdo con los medios disponibles sino a la mala voluntad de los demás europeos, comenzando con los alemanes, que son reacios a continuar entregándoles decenas de miles de millones de euros sacados de los bolsillos de los contribuyentes. Por motivos parecidos, los evasores impositivos griegos dan a entender que están luchando a su modo contra el despiadado imperialismo teutón. A base de retórica similar, los kirchneristas se niegan a pactar con los holdouts: en su opinión, es mejor que la Argentina permanezca excluida de los mercados de capitales internacionales, privándose así de inversiones que le permitirían salir de la recesión en la que se ve atrapada, de lo que sería respetar los fallos de la Justicia neoyorquina a pesar de que ellos mismos la eligieran por entender que a los inversores extranjeros no les interesaría someterse a la nada prestigiosa justicia nacional. Mientras tanto, el régimen chavista, liderado por el desafortunado presidente venezolano Nicolás Maduro, procura convencer a quienes están hundiéndose en la pobreza más denigrante de que sus penurias son consecuencia de una ofensiva dirigida desde Washington, no de años de derroche insensato. Parecería que los nacionalistas griegos, argentinos y venezolanos han declarado la guerra a la economía moderna porque, desde su punto de vista, es obra de potencias extranjeras decididas a aplastarlos. Se sienten con derecho a disfrutar de los beneficios que proporciona sin por eso estar dispuestos a hacer lo necesario para conseguirlos. Rabian contra el “sistema capitalista” como si el comunista aún constituyera una alternativa factible, pasando por alto el fin calamitoso del “socialismo real” soviético. Con el apoyo de muchos compatriotas igualmente nostálgicos, quieren regresar al mundo de hace cincuenta años o más, antes de que se hicieran sentir los cambios políticos, tecnológicos, demográficos y, huelga decirlo, económicos que lo transformarían, beneficiando a centenares de millones de personas en Asia, Europa y buena parte de América Latina. Aunque ya debería serles evidente de que es nula la posibilidad de que prosperen “los modelos” populistas con los que están tan firmemente comprometidos, el que hayan logrado hacer de su conservación un asunto de honor nacional significa que podrán continuar combatiendo el desarrollo sin preocuparse demasiado por los costos humanos de tanta tenacidad, ya que según su forma de pensar, y la de sus simpatizantes, las abstracciones ideológicas importan muchísimo más que el destino material de los condenados a servir de cobayos en sus laboratorios anticuados.

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