El mito de la eficiencia china
Algunas catástrofes industriales, como el accidente nuclear de Fukushima que hizo que el gobierno japonés desactivara durante varios años una cuarentena de reactores, pueden atribuirse a la naturaleza, ya que fue provocado por el tsunami del 2011, pero otras, de las que el estallido de la planta nuclear de Chernobyl en 1986 sigue siendo el ejemplo más notable, se deben a la desidia y falta de profesionalismo típica de países en los que todo se subordina a la política. Pertenece a la segunda clase la serie de explosiones que convirtieron en un infierno parte del puerto de Tianjin, de 15 millones de habitantes, obligando a las autoridades a ordenar la evacuación de una zona de la ciudad. Aunque el régimen chino ha tratado de minimizar las dimensiones del desastre, dando a entender que los gases tóxicos que pronto comenzaron a difundirse no planteaban peligros significantes, sus esfuerzos en tal sentido están resultando contraproducentes. Tal y como sucedió en los días que siguieron a la explosión de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin de Chernobyl, los voceros gubernamentales están más interesados en tranquilizar a la población que en mantenerla debidamente informada, por temor a las repercusiones políticas. Si bien es poco probable que lo que acaba de ocurrir en Tianjin tenga un impacto tan fuerte como el accidente de Chernobyl que, al desprestigiar todavía más a la dictadura comunista, contribuyó al colapso de la Unión Soviética, combinado con otros desastres –un grado difícilmente soportable de contaminación ambiental, la proliferación de enormes ciudades casi vacías que fueron construidas por motivos políticos, las ya rutinarias tragedias mineras– no podrá sino incidir de manera muy negativa en la imagen del régimen. Merced a un cuarto de siglo de crecimiento económico rapidísimo, los comunistas chinos han adquirido la reputación de ser gerentes sumamente eficaces, pero es razonable suponer que el éxito registrado se debe menos a la capacidad administrativa de los miembros del Partido Comunista que a las dotes inherentes a un pueblo que siempre se ha destacado por sus talentos comerciales. No bien optó el gobierno por liberalizar la economía, los chinos del continente se pusieron a emular a sus congéneres de Taiwán, Singapur y Hong Kong, que ya habían alcanzado un nivel de desarrollo equiparable con el de los países más avanzados de Europa y América del Norte. Así y todo, el régimen sigue insistiendo en que los beneficios son obra de la eficiencia del Estado, pero episodios como el que acaba de causar la destrucción de parte de Tianjin muestran que en verdad el Estado chino está tan “ausente” como sus equivalentes en la mayoría de los países subdesarrollados, entre ellos la Argentina. Interviene sistemáticamente, eso sí, pero siempre privilegia los intereses personales de quienes lo dominan. Conmovidos por la catástrofe que se ha abatido sobre Tianjin, los ciudadanos chinos quieren saber por qué un gobierno supuestamente fuerte permitió que un gran depósito de productos químicos peligrosos se ubicara en las proximidades de barrios residenciales. También cuestionan los datos oficiales, según los cuales explosiones tan inmensas que fueron detectadas desde el espacio provocaron apenas un centenar de muertos y 700 heridos; creen que la realidad fue mucho más grave. Asimismo, el que, como es habitual en China, las autoridades instintivamente reaccionaran censurando los informes so pretexto de no querer alarmar a los amenazados por incendios y gases tóxicos ha intensificado el malestar. Para más señas, el desastre se produjo justo cuando se desaceleraba la economía, en cuyo éxito se basa la legitimidad del régimen nominalmente comunista; en opinión de algunos observadores extranjeros, además de disidentes chinos, en la actualidad la tasa de crecimiento se acerca más al 3% anual que al 7,2% estimado por Pekín, lo que parece convincente en vista de la costumbre de los burócratas de inflar los números positivos para que coincidan con su propia versión del “relato” oficial. Huelga decir que lo último que quiere el régimen es que buena parte de la ciudadanía china y los inversores extranjeros lleguen a la conclusión de que su gigantesco país se ve gobernado por ineptos, pero, mal que les pese, a juzgar por los acontecimientos recientes los integrantes del único partido permitido distan de ser dechados de eficacia.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Viernes 12 de junio de 2015
Algunas catástrofes industriales, como el accidente nuclear de Fukushima que hizo que el gobierno japonés desactivara durante varios años una cuarentena de reactores, pueden atribuirse a la naturaleza, ya que fue provocado por el tsunami del 2011, pero otras, de las que el estallido de la planta nuclear de Chernobyl en 1986 sigue siendo el ejemplo más notable, se deben a la desidia y falta de profesionalismo típica de países en los que todo se subordina a la política. Pertenece a la segunda clase la serie de explosiones que convirtieron en un infierno parte del puerto de Tianjin, de 15 millones de habitantes, obligando a las autoridades a ordenar la evacuación de una zona de la ciudad. Aunque el régimen chino ha tratado de minimizar las dimensiones del desastre, dando a entender que los gases tóxicos que pronto comenzaron a difundirse no planteaban peligros significantes, sus esfuerzos en tal sentido están resultando contraproducentes. Tal y como sucedió en los días que siguieron a la explosión de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin de Chernobyl, los voceros gubernamentales están más interesados en tranquilizar a la población que en mantenerla debidamente informada, por temor a las repercusiones políticas. Si bien es poco probable que lo que acaba de ocurrir en Tianjin tenga un impacto tan fuerte como el accidente de Chernobyl que, al desprestigiar todavía más a la dictadura comunista, contribuyó al colapso de la Unión Soviética, combinado con otros desastres –un grado difícilmente soportable de contaminación ambiental, la proliferación de enormes ciudades casi vacías que fueron construidas por motivos políticos, las ya rutinarias tragedias mineras– no podrá sino incidir de manera muy negativa en la imagen del régimen. Merced a un cuarto de siglo de crecimiento económico rapidísimo, los comunistas chinos han adquirido la reputación de ser gerentes sumamente eficaces, pero es razonable suponer que el éxito registrado se debe menos a la capacidad administrativa de los miembros del Partido Comunista que a las dotes inherentes a un pueblo que siempre se ha destacado por sus talentos comerciales. No bien optó el gobierno por liberalizar la economía, los chinos del continente se pusieron a emular a sus congéneres de Taiwán, Singapur y Hong Kong, que ya habían alcanzado un nivel de desarrollo equiparable con el de los países más avanzados de Europa y América del Norte. Así y todo, el régimen sigue insistiendo en que los beneficios son obra de la eficiencia del Estado, pero episodios como el que acaba de causar la destrucción de parte de Tianjin muestran que en verdad el Estado chino está tan “ausente” como sus equivalentes en la mayoría de los países subdesarrollados, entre ellos la Argentina. Interviene sistemáticamente, eso sí, pero siempre privilegia los intereses personales de quienes lo dominan. Conmovidos por la catástrofe que se ha abatido sobre Tianjin, los ciudadanos chinos quieren saber por qué un gobierno supuestamente fuerte permitió que un gran depósito de productos químicos peligrosos se ubicara en las proximidades de barrios residenciales. También cuestionan los datos oficiales, según los cuales explosiones tan inmensas que fueron detectadas desde el espacio provocaron apenas un centenar de muertos y 700 heridos; creen que la realidad fue mucho más grave. Asimismo, el que, como es habitual en China, las autoridades instintivamente reaccionaran censurando los informes so pretexto de no querer alarmar a los amenazados por incendios y gases tóxicos ha intensificado el malestar. Para más señas, el desastre se produjo justo cuando se desaceleraba la economía, en cuyo éxito se basa la legitimidad del régimen nominalmente comunista; en opinión de algunos observadores extranjeros, además de disidentes chinos, en la actualidad la tasa de crecimiento se acerca más al 3% anual que al 7,2% estimado por Pekín, lo que parece convincente en vista de la costumbre de los burócratas de inflar los números positivos para que coincidan con su propia versión del “relato” oficial. Huelga decir que lo último que quiere el régimen es que buena parte de la ciudadanía china y los inversores extranjeros lleguen a la conclusión de que su gigantesco país se ve gobernado por ineptos, pero, mal que les pese, a juzgar por los acontecimientos recientes los integrantes del único partido permitido distan de ser dechados de eficacia.
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