País débil, moneda fuerte
Por principio, tanto a los oficialistas actuales como a los políticos opositores que quisieran ocupar su lugar les gustaría ser partidarios de un peso muy competitivo, pero las circunstancias los han obligado a asumir una postura que es radicalmente distinta. Aunque Mauricio Macri dice que el mercado debería determinar el tipo de cambio, prefiere no pronunciar la palabra “devaluación” por entender que últimamente se ha vuelto casi tan tóxica como “ajuste”. Es que todos entienden muy bien que una devaluación tendría un impacto devastador. En opinión del economista sciolista Miguel Bein, provocaría un “fogonazo inflacionario”, mientras que la ministra de Economía bonaerense, Silvina Batakis, advierte que habría “pérdida de poder adquisitivo del salario y los que pierden son los trabajadores”. Tienen razón Bein y Batakis, pero también la tienen los que señalan que los costos de resignarse a un atraso cambiario permanente serían aún mayores. Ya lo saben muy bien quienes dependen de las llamadas “economías regionales”, en especial las de provincias como Río Negro y Mendoza que no pueden exportar sus productos a otras partes del mundo, que han sufrido las consecuencias de la firme voluntad kirchnerista de defender el valor nominal del peso contra las embestidas del mercado. Desgraciadamente para los paladines de un peso fuerte, las presiones en su contra no dejarán de aumentar. En lo que va del año el euro se ha debilitado frente al dólar estadounidense, Brasil ha devaluado varias veces el real, China ha comenzado a hacer lo mismo con el yuan, y otros países los están acompañando. Puede que estemos en vísperas de una auténtica “guerra de divisas”, una en la que la Argentina, paradójicamente, en vista de la retórica “antiimperialista” de los kirchneristas, militaría en la banda encabezada por Estados Unidos, pero mientras que la economía norteamericana es lo bastante productiva como para convivir durante años con una moneda poco competitiva, nadie ignora que la nuestra es tan precaria que llegará el momento en que el gobierno no tendría más alternativa que la de rendirse. Por motivos comprensibles, los kirchneristas esperan demorar la hora de la verdad hasta después de las elecciones presidenciales, pero los más lúcidos, como Bein, Batakis y otros miembros del equipo de asesores económicos que aconsejan al candidato presidencial oficialista Daniel Scioli, entenderán que, tarde o temprano, la tan temida devaluación se concretará. No es la primera vez que la Argentina se ha aferrado a una divisa sobrevaluada por suponer que le serviría de dique de contención contra la inflación. El régimen militar de la segunda mitad de los años setenta y los primeros de los ochenta del siglo pasado y, luego de un período prolongado de inestabilidad monetaria alucinante, los gobiernos democráticos del peronista Carlos Menem y del radical Fernando de la Rúa adoptaron la misma estrategia. Todos fracasaron debido, en parte, a que la coyuntura internacional la hacía insostenible, pero en lugar de intentar manejar la devaluación y el ajuste inevitables con el propósito de atenuar el impacto, por motivos políticos eligieron continuar resistiéndose hasta que no les quedaran más municiones financieras. Los sciolistas, macristas y massistas quisieran convencernos de que, ayudados por una suerte de gran acuerdo nacional más una dosis enorme de confianza en el futuro del país, podrían desactivar poco a poco la bomba cambiaria sin que estallara. Se trata de una fantasía. Un país cuyos dirigentes se las han ingeniado para distorsionar todas las variables económicas tanto como han hecho los kirchneristas, sencillamente no está en condiciones de corregirlas gradualmente, minimizando así los costos sociales y, desde luego, políticos. Aquí lo normal es que una etapa de prosperidad relativa atribuible al “modelo” populista de turno termine de golpe en medio del caos, el mercado se encargue del ajuste ahorrándoles a los políticos la necesidad de asumir responsabilidad por lo sucedido, después de lo cual un nuevo gobierno, luego de hablar pestes del anterior, procure repetir el mismo ciclo. ¿Será diferente en esta ocasión? La negativa de los aspirantes a gobernar el país a hablar con honestidad acerca de cómo enfrentarían los problemas económicos más urgentes hace pensar que no existen motivos para creerlo.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Jueves 20 de agosto de 2015
Por principio, tanto a los oficialistas actuales como a los políticos opositores que quisieran ocupar su lugar les gustaría ser partidarios de un peso muy competitivo, pero las circunstancias los han obligado a asumir una postura que es radicalmente distinta. Aunque Mauricio Macri dice que el mercado debería determinar el tipo de cambio, prefiere no pronunciar la palabra “devaluación” por entender que últimamente se ha vuelto casi tan tóxica como “ajuste”. Es que todos entienden muy bien que una devaluación tendría un impacto devastador. En opinión del economista sciolista Miguel Bein, provocaría un “fogonazo inflacionario”, mientras que la ministra de Economía bonaerense, Silvina Batakis, advierte que habría “pérdida de poder adquisitivo del salario y los que pierden son los trabajadores”. Tienen razón Bein y Batakis, pero también la tienen los que señalan que los costos de resignarse a un atraso cambiario permanente serían aún mayores. Ya lo saben muy bien quienes dependen de las llamadas “economías regionales”, en especial las de provincias como Río Negro y Mendoza que no pueden exportar sus productos a otras partes del mundo, que han sufrido las consecuencias de la firme voluntad kirchnerista de defender el valor nominal del peso contra las embestidas del mercado. Desgraciadamente para los paladines de un peso fuerte, las presiones en su contra no dejarán de aumentar. En lo que va del año el euro se ha debilitado frente al dólar estadounidense, Brasil ha devaluado varias veces el real, China ha comenzado a hacer lo mismo con el yuan, y otros países los están acompañando. Puede que estemos en vísperas de una auténtica “guerra de divisas”, una en la que la Argentina, paradójicamente, en vista de la retórica “antiimperialista” de los kirchneristas, militaría en la banda encabezada por Estados Unidos, pero mientras que la economía norteamericana es lo bastante productiva como para convivir durante años con una moneda poco competitiva, nadie ignora que la nuestra es tan precaria que llegará el momento en que el gobierno no tendría más alternativa que la de rendirse. Por motivos comprensibles, los kirchneristas esperan demorar la hora de la verdad hasta después de las elecciones presidenciales, pero los más lúcidos, como Bein, Batakis y otros miembros del equipo de asesores económicos que aconsejan al candidato presidencial oficialista Daniel Scioli, entenderán que, tarde o temprano, la tan temida devaluación se concretará. No es la primera vez que la Argentina se ha aferrado a una divisa sobrevaluada por suponer que le serviría de dique de contención contra la inflación. El régimen militar de la segunda mitad de los años setenta y los primeros de los ochenta del siglo pasado y, luego de un período prolongado de inestabilidad monetaria alucinante, los gobiernos democráticos del peronista Carlos Menem y del radical Fernando de la Rúa adoptaron la misma estrategia. Todos fracasaron debido, en parte, a que la coyuntura internacional la hacía insostenible, pero en lugar de intentar manejar la devaluación y el ajuste inevitables con el propósito de atenuar el impacto, por motivos políticos eligieron continuar resistiéndose hasta que no les quedaran más municiones financieras. Los sciolistas, macristas y massistas quisieran convencernos de que, ayudados por una suerte de gran acuerdo nacional más una dosis enorme de confianza en el futuro del país, podrían desactivar poco a poco la bomba cambiaria sin que estallara. Se trata de una fantasía. Un país cuyos dirigentes se las han ingeniado para distorsionar todas las variables económicas tanto como han hecho los kirchneristas, sencillamente no está en condiciones de corregirlas gradualmente, minimizando así los costos sociales y, desde luego, políticos. Aquí lo normal es que una etapa de prosperidad relativa atribuible al “modelo” populista de turno termine de golpe en medio del caos, el mercado se encargue del ajuste ahorrándoles a los políticos la necesidad de asumir responsabilidad por lo sucedido, después de lo cual un nuevo gobierno, luego de hablar pestes del anterior, procure repetir el mismo ciclo. ¿Será diferente en esta ocasión? La negativa de los aspirantes a gobernar el país a hablar con honestidad acerca de cómo enfrentarían los problemas económicos más urgentes hace pensar que no existen motivos para creerlo.
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