Merkel lo hizo
Los progresistas que hace apenas un par de días felicitaban a la canciller alemana Angela Merkel por haberse transformado de la mala de la película griega en la buena de la siria ya tienen motivos de sobra para cambiar de opinión. Lejos de enseñarle al mundo cómo comportarse ante una catástrofe humanitaria, Merkel ha actuado de forma tan extraordinariamente irresponsable que se las ha arreglado para agravarla. Al proclamar que Alemania brindaría asilo a virtualmente todos los indocumentados, sin molestarlos con preguntas ingratas acerca de su origen nacional o su eventual capacidad profesional, la canciller no sólo invitó a millones más a pensar en la conveniencia de aprovechar una oportunidad acaso irrepetible para sumarse a la columnas de migrantes que viajaban hacia el norte, sino que también enojó mucho a los demás gobiernos europeos que tendrán que hacer frente a las consecuencias. Sea como fuere, el experimento insólito de Merkel duró apenas una semana. Desbordadas por la llegada de decenas de miles de personas, las autoridades alemanas, lo mismo que las austríacas y checas, cerraron la frontera sur, suspendiendo hasta nuevo aviso el acuerdo de Schengen, y reintrodujeron el control de pasaportes, emulando así al gobierno húngaro, cuyos esfuerzos por respetar las reglas de la UE motivaron acusaciones de “neonazismo”. En un intento de defender a su jefa, voceros del gobierno alemán afirman que lo que realmente quiere hacer es obligar a los otros países europeos a abrir las puertas para que entren más refugiados sirios, pero nadie ignora que el cambio de postura de la canciller se debió principalmente a las presiones de sus aliados políticos que entienden muy bien que la mayoría de sus compatriotas pronto dejará de felicitarse por la generosidad manifestada por “mamá Merkel”. Aunque parecería que la mayoría de los migrantes que están procurando entrar en Alemania procede de Siria, también hay muchos iraquíes, afganos, paquistaníes, bengalíes, eritreos y nigerianos que, por razones comprensibles, preferirían probar suerte en un país rico con servicios sociales envidiables a permanecer en uno subdesarrollado que tal vez nunca esté en condiciones de permitirles disfrutar de un estilo de vida parecido al considerado típico del norte de Europa occidental. Alarmados por lo que está sucediendo, otros gobiernos europeos están tratando de discriminar entre los “migrantes económicos”, a los que deportarán en seguida a menos que hayan cumplido todos los trámites habituales, y los “políticos” que corren peligro de morir a mano de los islamistas o las tropas del dictador sirio Bashar al Assad. Sin embargo, son tantos estos que sería poco probable que los países europeos lograran asimilarlos con facilidad, motivo por el que se ha propuesto mantenerlos en campos de refugiados cercanos a su propio país hasta que, una vez terminada la guerra civil, puedan regresar a lo que quede de sus hogares. Huelga decir que dicha alternativa se ve repudiada por el grueso de quienes ya han pisado suelo europeo y que se creen con derecho a trasladarse a la parte más próspera del Viejo Continente. A juzgar por la conducta de muchos, desde su punto de vista Grecia, Italia, y Hungría son tan inaceptables como Siria misma o Turquía. Así las cosas, parece fantasioso el planteo alemán según el cual una proporción supuestamente equitativa debería irse a Polonia, Rumania o los países bálticos, donde les esperaría un nivel de vida muy inferior al soñado. Mal que les pese a los convencidos de que a Europa la beneficiaría enormemente la irrupción de decenas de millones de musulmanes de África, el Oriente Medio y el sur de Asia, a la mayoría de los habitantes actuales del continente no le resulta del todo atractiva la idea. Por el contrario, le parece derrotista, cuando no suicida, abrir las puertas de par en par para que entren multitudes de personas de cultura nada europea, la mayoría hombres jóvenes, que incluyen a algunos que, al desembarcar, vociferan “Alá es el más grande”, el grito de guerra favorito de los yihadistas. Puede que los optimistas tengan razón y que tales temores resulten exagerados. Con toda seguridad Merkel reza para que sea así; de estallar conflictos violentos en las semanas próximas a causa del ingreso atropellado de centenares de miles de migrantes, le correspondería encargarse de todos los costos políticos.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Editor responsable: Guillermo Berto Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Jueves 17 de septiembre de 2015
Los progresistas que hace apenas un par de días felicitaban a la canciller alemana Angela Merkel por haberse transformado de la mala de la película griega en la buena de la siria ya tienen motivos de sobra para cambiar de opinión. Lejos de enseñarle al mundo cómo comportarse ante una catástrofe humanitaria, Merkel ha actuado de forma tan extraordinariamente irresponsable que se las ha arreglado para agravarla. Al proclamar que Alemania brindaría asilo a virtualmente todos los indocumentados, sin molestarlos con preguntas ingratas acerca de su origen nacional o su eventual capacidad profesional, la canciller no sólo invitó a millones más a pensar en la conveniencia de aprovechar una oportunidad acaso irrepetible para sumarse a la columnas de migrantes que viajaban hacia el norte, sino que también enojó mucho a los demás gobiernos europeos que tendrán que hacer frente a las consecuencias. Sea como fuere, el experimento insólito de Merkel duró apenas una semana. Desbordadas por la llegada de decenas de miles de personas, las autoridades alemanas, lo mismo que las austríacas y checas, cerraron la frontera sur, suspendiendo hasta nuevo aviso el acuerdo de Schengen, y reintrodujeron el control de pasaportes, emulando así al gobierno húngaro, cuyos esfuerzos por respetar las reglas de la UE motivaron acusaciones de “neonazismo”. En un intento de defender a su jefa, voceros del gobierno alemán afirman que lo que realmente quiere hacer es obligar a los otros países europeos a abrir las puertas para que entren más refugiados sirios, pero nadie ignora que el cambio de postura de la canciller se debió principalmente a las presiones de sus aliados políticos que entienden muy bien que la mayoría de sus compatriotas pronto dejará de felicitarse por la generosidad manifestada por “mamá Merkel”. Aunque parecería que la mayoría de los migrantes que están procurando entrar en Alemania procede de Siria, también hay muchos iraquíes, afganos, paquistaníes, bengalíes, eritreos y nigerianos que, por razones comprensibles, preferirían probar suerte en un país rico con servicios sociales envidiables a permanecer en uno subdesarrollado que tal vez nunca esté en condiciones de permitirles disfrutar de un estilo de vida parecido al considerado típico del norte de Europa occidental. Alarmados por lo que está sucediendo, otros gobiernos europeos están tratando de discriminar entre los “migrantes económicos”, a los que deportarán en seguida a menos que hayan cumplido todos los trámites habituales, y los “políticos” que corren peligro de morir a mano de los islamistas o las tropas del dictador sirio Bashar al Assad. Sin embargo, son tantos estos que sería poco probable que los países europeos lograran asimilarlos con facilidad, motivo por el que se ha propuesto mantenerlos en campos de refugiados cercanos a su propio país hasta que, una vez terminada la guerra civil, puedan regresar a lo que quede de sus hogares. Huelga decir que dicha alternativa se ve repudiada por el grueso de quienes ya han pisado suelo europeo y que se creen con derecho a trasladarse a la parte más próspera del Viejo Continente. A juzgar por la conducta de muchos, desde su punto de vista Grecia, Italia, y Hungría son tan inaceptables como Siria misma o Turquía. Así las cosas, parece fantasioso el planteo alemán según el cual una proporción supuestamente equitativa debería irse a Polonia, Rumania o los países bálticos, donde les esperaría un nivel de vida muy inferior al soñado. Mal que les pese a los convencidos de que a Europa la beneficiaría enormemente la irrupción de decenas de millones de musulmanes de África, el Oriente Medio y el sur de Asia, a la mayoría de los habitantes actuales del continente no le resulta del todo atractiva la idea. Por el contrario, le parece derrotista, cuando no suicida, abrir las puertas de par en par para que entren multitudes de personas de cultura nada europea, la mayoría hombres jóvenes, que incluyen a algunos que, al desembarcar, vociferan “Alá es el más grande”, el grito de guerra favorito de los yihadistas. Puede que los optimistas tengan razón y que tales temores resulten exagerados. Con toda seguridad Merkel reza para que sea así; de estallar conflictos violentos en las semanas próximas a causa del ingreso atropellado de centenares de miles de migrantes, le correspondería encargarse de todos los costos políticos.
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