Neuquén: un cementerio atravesado por el delito y la violencia

El cementerio del barrio El Progreso de Neuquén atrae a carteristas, suicidas y seguidores de cultos extravagantes. Es el territorio donde las bandas prolongan sus disputas más allá de la muerte. Del otro lado del muro, los chicos de una escuela juegan al vóley hasta que la pelota cae entre las tumbas y no se animan a buscarla.

Redacción

Por Redacción

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NEUQUÉN (AN).- La mujer, de unos 80 años, encorvada por el paso del tiempo y el golpe del momento, lloraba, con un pañuelo en la cabeza, el rostro quebrado. Entonces, sintió un aliento desconocido y la voz amenazante: “Dame la cartera, vieja…”. José Ferradas tiene una memoria privilegiada y el llanto de esa mujer quedó suspendido en su mente. No fue la única que sufrió un robo en el cementerio del barrio El Progreso de esta capital. Es que ahí, en un lugar donde domina la angustia y la muerte, también existe un escenario para el delito.

José suma 22 años sepultando, limpiando, viviendo su vida en medio del dolor ajeno. Jura que se siente cómodo, que está “más tranquilo” entre tumbas que en la calle. “La ciudad es un loquero, dejame acá”, dice con una amplia sonrisa amarilla, de amabilidad y tabaco.

Llamativamente, lo más duro en este cementerio de barrio no está en la ingrata tarea de sepultar. Al menos para José, el problema está en la seguridad. Allí van a descansar casi todos los muertos de la ciudad bajo tierra porque en el cementerio Central el destino generalmente es el nicho.

Sebastián Busader

sbusader@rionegro.com.ar

José Ferradas tiene 22 años trabajando en el camposanto de El Progreso.

Enterramos a casi todos los muchachos que han tenido problemas con la ley, y sus ‘historias’ no terminan con la muerte”, explica el encargado del lugar, nacido en Zapala y criado en una casa de concepción castrense.

Recuerda robos y tiroteos, peleas por herencias y jóvenes pertenecientes a bandas que han destrozado (y destrozan) las tumbas de quienes supieron ser adversarios. Y que cayeron en el pozo final de la violencia. “Una vez velábamos a un pibe del barrio San Lorenzo, al que habían tiroteado. Lo estábamos bajando cuando comenzaron a disparar. Había llegado la banda contraria, y quedamos en medio del fuego”.

¿La policía no patrulla el cementerio?

Antes teníamos seguridad policial, y las cosas andaban mejor. Pero contrataron seguridad privada, y la verdad que no sirve. Este lugar a veces es tierra de nadie. Los jóvenes vienen a robar, se llevan placas (una vez se robaron 70), muchas veces asaltan a la gente, se han llevado autos… Pero además, por las tardecitas se juntan a tomar, a drogarse y la verdad es que estamos un poco desprotegidos.

Marcas que no se olvidan

José y sus compañeros son de esos tipos a los que no los asusta nada. Es cierto, de vez en cuando necesitan pasar por un sillón psicológico, pero eso hace “unos cinco años que no pasa”.

Más que asustarlo, hay situaciones que los han paralizado. Recuerdan tres: cuando se ahorcó un compañero en pleno cementerio; cuando un joven, desesperado, desenterró con las manos el cuerpo de su madre, y el primer día que encontró un reguero de sangre y, en el final de ese “caminito”, la cabeza de un gallo que tendida sobre el piso advertía de algún “trabajo”.

–¿Por qué no dejan este trabajo?

–¿Y por qué deberíamos dejarlo? Cobramos un plus de un 25%, trabajo cerca de mi casa y acá me siento incluso más a gusto que en la calle, donde todo es como un loquero.

Días y horarios

José dice que al menos tres personas se ahorcaron desde que trabaja en el cementerio de El Progreso y que “las brujerías están a la orden del día”.

Con su tono y a sus tiempos cuenta que aquellos que bucean en mares esotéricos eligen lunes y jueves a la noche para desandar la barda y deambular por el camposanto. Con el paso de los años puede describir al detalle los movimientos típicos, las horas elegidas y los rituales más corrientes.

Encontramos velas negras y de colores, bebidas fuertes, pochoclos, sangre de animales, cabezas de gallos y gallinas. Vienen, hacen lo suyo y se van”, sonríe el encargado del cementerio, ahora sin inmutarse como aquella primera vez que como a él lo paralizó, podría quitarle el aliento a cualquiera.

Espacio completo

El camposanto se ubica entre la calle Abraham y las bardas. Al lado funciona el CPEM 48, sobre tierra que supo ser del cementerio, con problemas por esa vecindad de conveniencia (ver aparte). Hay unos 5.000 cuerpos “descansando en paz” allí y “está saturado”.

En ese terreno de unos 380 metros por otros 320 ha pasado de todo. En la vida y en la muerte. José dice que ingresan entre 7 y 10 cuerpos semanales, que se producen no menos de cinco robos por semana y que se volvió un escenario apetecible para los hijos de lo ajeno.

Vienen, se sientan en una tumba y monitorean. Cuando ven alguna mujer sola, indefensa, la roban. Hemos agarrado a varios, pero la mayoría se escapa. También pasa que estos pibes se suman al cortejo fúnebre en moto, llegan aquí y cuando la gente deja sus autos, para ir a ver el final de su ser querido, se lo roban”.

Cuando la pelota cruza el paredón

El CPEM 48 tiene lo que envidiarían en muchos colegios de Neuquén: un enorme espacio para realizar actividades deportivas. Un enorme espacio que se utiliza poco, porque linda con el cementerio del barrio El Progreso, y “no es nada agradable que los chicos griten y festejen un gol cuando al lado hay gente que sufre por su ser querido”.

El colegio 48 –muerto que habla, en la quiniela– se construyó e inauguró a finales de los 90 en terrenos donde supo estar el camposanto. Es parte de la mitología urbana que existen algunas tumbas abajo del edificio educativo e incluso los docentes muestran una montículo de tierra y piedras donde “dicen que estaría enterrado un cacique”.

Los alumnos naturalizaron ya estudiar junto a un cementerio. Es más, la mayoría vive cerca, en alguno de los barrios del oeste. El problema está “en la contaminación visual. No es nada agradable ver cuando desentierran restos, tampoco presenciar el dolor de familiares ante una pérdida. De los dos lados está el problema, porque cuando los chicos usan el playón, muchas veces la pelota se va al cementerio, y tiene que saltar el paredón para buscarla”, explicó Noel Jeckeln, vicedirector allí.

La construcción del edificio está en subida y termina al pie de la barda. A medida que asciende el paredón lindante, queda cada vez más abajo. Y a los chicos les llega a la altura del pecho. “Hicimos una nota pidiendo que levantan el muro o que planten árboles, para hacer una especie de cortina como en las chacras. Pero todavía no hemos tenido respuestas”, explicó. Además del CPEM, en el terreno que supo ser camposanto también funcionan la Escuela 249 y el Jardín de Infantes 48.


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