No habrá doble comando

Redacción

Por Redacción

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner no fue candidata a ningún cargo electivo y por lo tanto ha podido comparar la cantidad de votos que consiguió en el 2007 y el 2011 con el total llamativamente más magro que obtuvo hace poco más de una semana Daniel Scioli, pero si bien se resiste a reconocerlo, ella también sufrió una derrota contundente que la obligará a modificar radicalmente sus planes. Antes de las elecciones, sus partidarios creían que, con Scioli en la Casa Rosada, la señora seguiría siendo la líder máxima del oficialismo y que, desde El Calafate, le diría lo que tendría que hacer. Por un par de días, muchos kirchneristas continuaron hablando como si a su entender el doble comando así supuesto todavía constituyera una alternativa viable, pero ya sabrán que el 25 de octubre dejó de serlo. Aun cuando no les preocupe demasiado la probabilidad de que el próximo presidente sea Mauricio Macri, sí tienen motivos de sobra para lamentar la pérdida de la provincia de Buenos Aires, puesto que habían confiado en que les serviría no sólo de reducto desde el cual podrían hostigar al gobierno nacional, sino que también les permitiría repartir cargos públicos bien remunerados entre una multitud de militantes. Desgraciadamente para ellos, provincias como Santa Cruz y Misiones, que aún quedan en manos kirchneristas, no están en condiciones de ofrecerles lo mismo. No se trata de un asunto menor. Además del atractivo para algunos, tal vez muchos, del “relato” nacional y popular adoptado por el matrimonio que inició su larga gestión en mayo del 2003, el proyecto K se basó desde el comienzo en la apropiación del dinero suministrado por los contribuyentes para financiar un frondoso aparato político. En los meses últimos, el gobierno nacional ha aumentado sustancialmente el número de empleados públicos con el propósito indisimulado de formar una retaguardia dispuesta a luchar contra cualquier intento de desmantelar el sacrosanto “modelo” improvisado por Cristina y sus adherentes. Los más privilegiados por dicha maniobra han sido los integrantes de La Cámpora, aquellos “pibes de la revolución” que se imaginaban miembros de una nueva elite pero que, con escasas excepciones, han resultado ser incapaces de desempeñar sus funciones con un mínimo de eficacia. El gobierno kirchnerista también ha usado el dinero público para crear una suerte de imperio periodístico, mejor dicho, propagandístico, al subsidiar generosamente a medios determinados a cambio de su apoyo ideológico. Aún más costosa para la Argentina ha sido la voluntad de la presidenta de impulsar el llamado “capitalismo de los amigos”, una modalidad que es típica de países subdesarrollados gobernados por regímenes corruptos. Así las cosas, lo que nos espera no es un cambio “normal”, uno equiparable con el que sucedió cuando Carlos Menem entregó las insignias presidenciales a Fernando de la Rúa, sino una transición sumamente difícil. Aún más que Néstor Kirchner, Cristina gobernó como si fuera la jefa de lo que, andando el tiempo, sería un partido único resuelto a monopolizar todos los cargos públicos, tanto políticos como judiciales. Si bien no pudo alcanzar todo cuanto se había propuesto, construyó un Estado propio enquistado en el formal que el próximo presidente tendrá que expulsar, aunque sólo fuere por no contar con los recursos económicos necesarios para mantenerlo. En el transcurso de la campaña, tanto Macri como Sergio Massa se afirmaban decididos a no permitir que el Estado siguiera siendo “un aguantadero” para “los ñoquis” y “vagos inútiles” de La Cámpora. Por razones electoralistas, Scioli ha preferido guardar silencio acerca del problema gigantesco ocasionado por el intento de Cristina de crear un partido único que le respondería después del cambio de gobierno, pero si le toca mudarse a la Casa Rosada sorprendería que se resignara a dejarse acompañar por miles de militantes que lo desprecian y por lo tanto procurarían frustrar cualquier iniciativa que no les gustara. De haber sido otro el resultado de las elecciones en la provincia de Buenos Aires, el “comando doble” previsto por los estrategas kirchneristas aún motivaría la preocupación no sólo de Scioli sino también de Macri pero, mal que les pese a Cristina y sus huestes, los votantes del distrito más importante del país se las arreglaron para forzarlos a abandonarlo.


La presidenta Cristina Fernández de Kirchner no fue candidata a ningún cargo electivo y por lo tanto ha podido comparar la cantidad de votos que consiguió en el 2007 y el 2011 con el total llamativamente más magro que obtuvo hace poco más de una semana Daniel Scioli, pero si bien se resiste a reconocerlo, ella también sufrió una derrota contundente que la obligará a modificar radicalmente sus planes. Antes de las elecciones, sus partidarios creían que, con Scioli en la Casa Rosada, la señora seguiría siendo la líder máxima del oficialismo y que, desde El Calafate, le diría lo que tendría que hacer. Por un par de días, muchos kirchneristas continuaron hablando como si a su entender el doble comando así supuesto todavía constituyera una alternativa viable, pero ya sabrán que el 25 de octubre dejó de serlo. Aun cuando no les preocupe demasiado la probabilidad de que el próximo presidente sea Mauricio Macri, sí tienen motivos de sobra para lamentar la pérdida de la provincia de Buenos Aires, puesto que habían confiado en que les serviría no sólo de reducto desde el cual podrían hostigar al gobierno nacional, sino que también les permitiría repartir cargos públicos bien remunerados entre una multitud de militantes. Desgraciadamente para ellos, provincias como Santa Cruz y Misiones, que aún quedan en manos kirchneristas, no están en condiciones de ofrecerles lo mismo. No se trata de un asunto menor. Además del atractivo para algunos, tal vez muchos, del “relato” nacional y popular adoptado por el matrimonio que inició su larga gestión en mayo del 2003, el proyecto K se basó desde el comienzo en la apropiación del dinero suministrado por los contribuyentes para financiar un frondoso aparato político. En los meses últimos, el gobierno nacional ha aumentado sustancialmente el número de empleados públicos con el propósito indisimulado de formar una retaguardia dispuesta a luchar contra cualquier intento de desmantelar el sacrosanto “modelo” improvisado por Cristina y sus adherentes. Los más privilegiados por dicha maniobra han sido los integrantes de La Cámpora, aquellos “pibes de la revolución” que se imaginaban miembros de una nueva elite pero que, con escasas excepciones, han resultado ser incapaces de desempeñar sus funciones con un mínimo de eficacia. El gobierno kirchnerista también ha usado el dinero público para crear una suerte de imperio periodístico, mejor dicho, propagandístico, al subsidiar generosamente a medios determinados a cambio de su apoyo ideológico. Aún más costosa para la Argentina ha sido la voluntad de la presidenta de impulsar el llamado “capitalismo de los amigos”, una modalidad que es típica de países subdesarrollados gobernados por regímenes corruptos. Así las cosas, lo que nos espera no es un cambio “normal”, uno equiparable con el que sucedió cuando Carlos Menem entregó las insignias presidenciales a Fernando de la Rúa, sino una transición sumamente difícil. Aún más que Néstor Kirchner, Cristina gobernó como si fuera la jefa de lo que, andando el tiempo, sería un partido único resuelto a monopolizar todos los cargos públicos, tanto políticos como judiciales. Si bien no pudo alcanzar todo cuanto se había propuesto, construyó un Estado propio enquistado en el formal que el próximo presidente tendrá que expulsar, aunque sólo fuere por no contar con los recursos económicos necesarios para mantenerlo. En el transcurso de la campaña, tanto Macri como Sergio Massa se afirmaban decididos a no permitir que el Estado siguiera siendo “un aguantadero” para “los ñoquis” y “vagos inútiles” de La Cámpora. Por razones electoralistas, Scioli ha preferido guardar silencio acerca del problema gigantesco ocasionado por el intento de Cristina de crear un partido único que le respondería después del cambio de gobierno, pero si le toca mudarse a la Casa Rosada sorprendería que se resignara a dejarse acompañar por miles de militantes que lo desprecian y por lo tanto procurarían frustrar cualquier iniciativa que no les gustara. De haber sido otro el resultado de las elecciones en la provincia de Buenos Aires, el “comando doble” previsto por los estrategas kirchneristas aún motivaría la preocupación no sólo de Scioli sino también de Macri pero, mal que les pese a Cristina y sus huestes, los votantes del distrito más importante del país se las arreglaron para forzarlos a abandonarlo.

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