Encrucijada del chavismo
Dijo en una oportunidad el presidente turco Recep Tayyip Erdogan que la democracia es como un tranvía: “vas en ella hasta donde necesitas ir y luego te bajas”. Comparten la opinión del islamista neo-otomano algunos mandatarios latinoamericanos, entre ellos el venezolano Nicolás Maduro y, a juzgar por su conducta reciente, Cristina Fernández de Kirchner. Con todo, si bien aquí el tranvía democrático sigue avanzando aun cuando nuestra presidenta se haya creído víctima de una maligna confabulación derechista, en Venezuela corre el riesgo de romperse luego de chocar contra la voluntad popular. Maduro ya ha advertido en diversas ocasiones que a menos que el chavismo se anote “una victoria perfecta” en las elecciones legislativas de hoy, defenderá “la revolución” con la ayuda de las fuerzas armadas, reeditando así los esquemas que hace algunas décadas se ensayaron en países como Perú. Puesto que todo hace prever que los chavistas sufrirán una derrota humillante en las urnas, Venezuela, que ya es uno de los países más violentos de la Tierra, podría estar en vísperas de un gran estallido sociopolítico que tendría un impacto muy fuerte en el resto de la región. En países democráticos como Estados Unidos y Francia, los presidentes han tenido que aprender a “cohabitar” con un Congreso dominado por la oposición. No les es fácil, pero entienden que en circunstancias determinadas no existe más alternativa que resignarse a negociar con legisladores de otros partidos, como está haciendo el presidente demócrata norteamericano Barack Obama con republicanos que a menudo le son virulentamente hostiles y como Mauricio Macri se acostumbrará a hacer en los próximos meses. Sin embargo, ocurre que las aspiraciones del chavismo no son democráticas sino totalitarias. Sus militantes no creen en el pluralismo, razón por la que la posibilidad real de que la oposición se apodere de la legislatura e incluso obtenga tantos escaños como para estar en condiciones de impulsar un referéndum revocatorio con el propósito de desplazar a Maduro, les ha motivado alarma. Lo mismo que las otras variantes del populismo supuestamente izquierdista que se difundieron en la región gracias en buena medida al boom de los commodities, el chavismo ha sido un fracaso colosal. La economía venezolana está en ruinas. Al privarla de su única fuente de ingresos, la caída estrepitosa del precio del petróleo la ha vuelto incapaz de cubrir las necesidades básicas del grueso de la población. Así y todo, por perverso que parezca, hasta hace poco el régimen parecía capaz de aprovechar en beneficio propio los desastres provocados por su ineptitud al emprender una campaña de miedo según la cual un eventual triunfo opositor tendría consecuencias nefastas para el pueblo trabajador. En América Latina los fracasos económicos pueden perjudicar más a la oposición que al gobierno responsable, ya que nadie ignora que, para superarlos, es necesario tomar muchas medidas muy antipáticas. Líderes opositores venezolanos como Henrique Capriles ven en la elección de Macri una señal de que el populismo rencoroso está batiéndose en retirada no sólo en la Argentina sino también en su propio país. Puede que estén en lo cierto, pero es una lástima que el cambio político que está afectando a muchos en la región se haya debido más que nada a las vicisitudes de la economía internacional. De haber continuado soplando por algunos meses más “el viento de cola”, Daniel Scioli estaría preparándose para recibir el bastón de mando y otros símbolos del poder, mientras que el petróleo seguiría financiando la alocada aventura chavista. Por desgracia, parecería que para los electorados latinoamericanos temas como la corrupción, el autoritarismo, la mendacidad institucionalizada, el desprecio por las reglas constitucionales y la retórica xenófoba sólo adquieren importancia cuando el poder de compra de la gente comienza a reducirse. Nadie gana elecciones señalando que, en última instancia, el nivel de vida de la mayoría depende directamente de la salud de las instituciones, de suerte que es de prever que, en esta parte del mundo, las vicisitudes de las economías más poderosas sigan incidiendo más en los vaivenes ideológicos de los distintos países que las ideas adoptadas por los dirigentes políticos.
Dijo en una oportunidad el presidente turco Recep Tayyip Erdogan que la democracia es como un tranvía: “vas en ella hasta donde necesitas ir y luego te bajas”. Comparten la opinión del islamista neo-otomano algunos mandatarios latinoamericanos, entre ellos el venezolano Nicolás Maduro y, a juzgar por su conducta reciente, Cristina Fernández de Kirchner. Con todo, si bien aquí el tranvía democrático sigue avanzando aun cuando nuestra presidenta se haya creído víctima de una maligna confabulación derechista, en Venezuela corre el riesgo de romperse luego de chocar contra la voluntad popular. Maduro ya ha advertido en diversas ocasiones que a menos que el chavismo se anote “una victoria perfecta” en las elecciones legislativas de hoy, defenderá “la revolución” con la ayuda de las fuerzas armadas, reeditando así los esquemas que hace algunas décadas se ensayaron en países como Perú. Puesto que todo hace prever que los chavistas sufrirán una derrota humillante en las urnas, Venezuela, que ya es uno de los países más violentos de la Tierra, podría estar en vísperas de un gran estallido sociopolítico que tendría un impacto muy fuerte en el resto de la región. En países democráticos como Estados Unidos y Francia, los presidentes han tenido que aprender a “cohabitar” con un Congreso dominado por la oposición. No les es fácil, pero entienden que en circunstancias determinadas no existe más alternativa que resignarse a negociar con legisladores de otros partidos, como está haciendo el presidente demócrata norteamericano Barack Obama con republicanos que a menudo le son virulentamente hostiles y como Mauricio Macri se acostumbrará a hacer en los próximos meses. Sin embargo, ocurre que las aspiraciones del chavismo no son democráticas sino totalitarias. Sus militantes no creen en el pluralismo, razón por la que la posibilidad real de que la oposición se apodere de la legislatura e incluso obtenga tantos escaños como para estar en condiciones de impulsar un referéndum revocatorio con el propósito de desplazar a Maduro, les ha motivado alarma. Lo mismo que las otras variantes del populismo supuestamente izquierdista que se difundieron en la región gracias en buena medida al boom de los commodities, el chavismo ha sido un fracaso colosal. La economía venezolana está en ruinas. Al privarla de su única fuente de ingresos, la caída estrepitosa del precio del petróleo la ha vuelto incapaz de cubrir las necesidades básicas del grueso de la población. Así y todo, por perverso que parezca, hasta hace poco el régimen parecía capaz de aprovechar en beneficio propio los desastres provocados por su ineptitud al emprender una campaña de miedo según la cual un eventual triunfo opositor tendría consecuencias nefastas para el pueblo trabajador. En América Latina los fracasos económicos pueden perjudicar más a la oposición que al gobierno responsable, ya que nadie ignora que, para superarlos, es necesario tomar muchas medidas muy antipáticas. Líderes opositores venezolanos como Henrique Capriles ven en la elección de Macri una señal de que el populismo rencoroso está batiéndose en retirada no sólo en la Argentina sino también en su propio país. Puede que estén en lo cierto, pero es una lástima que el cambio político que está afectando a muchos en la región se haya debido más que nada a las vicisitudes de la economía internacional. De haber continuado soplando por algunos meses más “el viento de cola”, Daniel Scioli estaría preparándose para recibir el bastón de mando y otros símbolos del poder, mientras que el petróleo seguiría financiando la alocada aventura chavista. Por desgracia, parecería que para los electorados latinoamericanos temas como la corrupción, el autoritarismo, la mendacidad institucionalizada, el desprecio por las reglas constitucionales y la retórica xenófoba sólo adquieren importancia cuando el poder de compra de la gente comienza a reducirse. Nadie gana elecciones señalando que, en última instancia, el nivel de vida de la mayoría depende directamente de la salud de las instituciones, de suerte que es de prever que, en esta parte del mundo, las vicisitudes de las economías más poderosas sigan incidiendo más en los vaivenes ideológicos de los distintos países que las ideas adoptadas por los dirigentes políticos.
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