La presidencia es mía, mía
Aún se recuerda la reacción furibunda del entonces presidente Carlos Menem cuando le advirtieron que el jefe de Estado no podía aceptar regalos tan costosos como la Ferrari Testarossa que, en 1991, le obsequiaron dos empresarios italianos. “Es mía, mía, mía” gritó, de tal modo poniéndose en ridículo no sólo ante la opinión pública contemporánea sino también ante la posteridad. Si bien sería absurdo comparar la presidencia de la Nación con un auto deportivo, la resistencia de Cristina Fernández de Kirchner a reconocer que su mandato está por terminar y que por lo tanto le corresponde colaborar para que la transición se concrete sin demasiados problemas innecesarios se asemeja bastante a la actitud asumida por Menem. Por cierto, no la ayudará en el futuro. Aunque Cristina se ha propuesto ser la líder indiscutida de la oposición peronista al gobierno de su sucesor electo, Mauricio Macri, la forma llamativamente mezquina con la que la señora está preparándose para enfrentar lo que vendrá ha brindado a sus adversarios internos motivos más que suficientes para esforzarse por impedirlo. Como afirmó Macri, “en vez de salir por la puerta grande sale por la puerta chica”, un detalle que con toda seguridad le costará mucho en los próximos meses. Ha sido tan evidente su voluntad de poner obstáculos en el camino del gobierno que está por iniciar su gestión que sorprendería que la mayoría no la culpara de las muchas dificultades que tendrá que intentar superar. Dadas las circunstancias, a Cristina no le convendría en absoluto ocupar el centro del escenario político en los próximos meses. Antes bien, sería de su interés alejarse de él hasta que la ciudadanía se haya acostumbrado a atribuir todas las desgracias nacionales a los macristas, pero parecería que es tan fuerte su afán de protagonismo que no se le ha ocurrido que le sería mucho más provechoso emprender una retirada táctica. En la fase final de su gestión la presidenta ha tomado tantas medidas polémicas, con el propósito manifiesto de perjudicar al gobierno de Macri, que a quienes pronto serán los voceros oficialistas les será muy fácil acusarla de ser la madre de todos los ajustes que se verán constreñidos a aplicar. No sería injusto de su parte, claro está, pero, como Cristina y sus incondicionales entienden mejor que nadie, en política las impresiones pueden importar mucho más que los hechos. Un análisis técnico según el cual el gobierno kirchnerista ha manejado la economía con un grado de irresponsabilidad apenas concebible incidiría poco en la reputación de la presidenta saliente; en cambio, su manera rencorosa de despedirse del poder sí está teniendo un impacto decididamente negativo. Cuando de movilizar a amplios sectores ciudadanos para que se sintieran emotivamente comprometidos con un “modelo” determinado se trataba, Cristina resultó ser mucho más astuta que Menem, pero últimamente se ha comportado de tal modo que ya parece más que probable que comparta el triste destino político del compañero riojano, el de un caudillo que durante casi diez años pareció invencible en las urnas pero que, desprovisto del poder presidencial, se vio abandonado por el grueso de sus simpatizantes y que, para conservar los fueros que tanto necesitaba, no tuvo más opción que arrodillarse mansamente ante el nuevo “poder hegemónico”. Después del 10 Cristina dependerá del capital político que ha sabido acumular, pero lo está despilfarrando tan frenéticamente que corre el riesgo de quedarse con nada más que una pequeña fracción de lo que tenía. Muchos políticos son vengativos e irán a virtualmente cualquier extremo para perjudicar a sus rivales, pero los más exitosos entienden la importancia de convencer a la ciudadanía de que en verdad son personas generosas y ecuánimes que nunca soñarían con hacer tropezar a nadie. Cristina es diferente, ya que parece resuelta a aprovechar los días finales de sus ocho años en la Casa Rosada para llamar la atención sobre sus características menos atractivas. Puesto que en el mundo de la política los excesos suelen resultar contraproducentes, lo más probable es que Macri se vea beneficiado por la forma atípica de despedirse de su antecesora, pero es razonable suponer que preferiría que Cristina eligiera una forma más ortodoxa de ayudarlo a consolidarse en el poder.
Aún se recuerda la reacción furibunda del entonces presidente Carlos Menem cuando le advirtieron que el jefe de Estado no podía aceptar regalos tan costosos como la Ferrari Testarossa que, en 1991, le obsequiaron dos empresarios italianos. “Es mía, mía, mía” gritó, de tal modo poniéndose en ridículo no sólo ante la opinión pública contemporánea sino también ante la posteridad. Si bien sería absurdo comparar la presidencia de la Nación con un auto deportivo, la resistencia de Cristina Fernández de Kirchner a reconocer que su mandato está por terminar y que por lo tanto le corresponde colaborar para que la transición se concrete sin demasiados problemas innecesarios se asemeja bastante a la actitud asumida por Menem. Por cierto, no la ayudará en el futuro. Aunque Cristina se ha propuesto ser la líder indiscutida de la oposición peronista al gobierno de su sucesor electo, Mauricio Macri, la forma llamativamente mezquina con la que la señora está preparándose para enfrentar lo que vendrá ha brindado a sus adversarios internos motivos más que suficientes para esforzarse por impedirlo. Como afirmó Macri, “en vez de salir por la puerta grande sale por la puerta chica”, un detalle que con toda seguridad le costará mucho en los próximos meses. Ha sido tan evidente su voluntad de poner obstáculos en el camino del gobierno que está por iniciar su gestión que sorprendería que la mayoría no la culpara de las muchas dificultades que tendrá que intentar superar. Dadas las circunstancias, a Cristina no le convendría en absoluto ocupar el centro del escenario político en los próximos meses. Antes bien, sería de su interés alejarse de él hasta que la ciudadanía se haya acostumbrado a atribuir todas las desgracias nacionales a los macristas, pero parecería que es tan fuerte su afán de protagonismo que no se le ha ocurrido que le sería mucho más provechoso emprender una retirada táctica. En la fase final de su gestión la presidenta ha tomado tantas medidas polémicas, con el propósito manifiesto de perjudicar al gobierno de Macri, que a quienes pronto serán los voceros oficialistas les será muy fácil acusarla de ser la madre de todos los ajustes que se verán constreñidos a aplicar. No sería injusto de su parte, claro está, pero, como Cristina y sus incondicionales entienden mejor que nadie, en política las impresiones pueden importar mucho más que los hechos. Un análisis técnico según el cual el gobierno kirchnerista ha manejado la economía con un grado de irresponsabilidad apenas concebible incidiría poco en la reputación de la presidenta saliente; en cambio, su manera rencorosa de despedirse del poder sí está teniendo un impacto decididamente negativo. Cuando de movilizar a amplios sectores ciudadanos para que se sintieran emotivamente comprometidos con un “modelo” determinado se trataba, Cristina resultó ser mucho más astuta que Menem, pero últimamente se ha comportado de tal modo que ya parece más que probable que comparta el triste destino político del compañero riojano, el de un caudillo que durante casi diez años pareció invencible en las urnas pero que, desprovisto del poder presidencial, se vio abandonado por el grueso de sus simpatizantes y que, para conservar los fueros que tanto necesitaba, no tuvo más opción que arrodillarse mansamente ante el nuevo “poder hegemónico”. Después del 10 Cristina dependerá del capital político que ha sabido acumular, pero lo está despilfarrando tan frenéticamente que corre el riesgo de quedarse con nada más que una pequeña fracción de lo que tenía. Muchos políticos son vengativos e irán a virtualmente cualquier extremo para perjudicar a sus rivales, pero los más exitosos entienden la importancia de convencer a la ciudadanía de que en verdad son personas generosas y ecuánimes que nunca soñarían con hacer tropezar a nadie. Cristina es diferente, ya que parece resuelta a aprovechar los días finales de sus ocho años en la Casa Rosada para llamar la atención sobre sus características menos atractivas. Puesto que en el mundo de la política los excesos suelen resultar contraproducentes, lo más probable es que Macri se vea beneficiado por la forma atípica de despedirse de su antecesora, pero es razonable suponer que preferiría que Cristina eligiera una forma más ortodoxa de ayudarlo a consolidarse en el poder.
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