La “manofilia” peronista

Mirando al sur

Dado que el peronismo se caracteriza por un dinámico y considerable espectro ideológico que le permite pasar de ser neoliberal una década a postularse izquierdista en la siguiente, a veces se dice que muchos peronistas se sitúan en la actualidad según cómo venga la mano. Las manos, no sólo la muerte, tienen mucha historia en la trastienda procedimental del movimiento. Sobre la necrofilia peronista abundaron ensayistas y literatos. Sobre todo hurgó la pluma inigualable de Tomás Eloy Martínez, maestro de la síntesis entre ficción y realidad. Pero sobre la manofilia no parece estar todo dicho.

De hecho, la baja temporada en la que discurre Cristina Kirchner por culpa del acoso judicial suscita entre sus acólitos variadas muestras de respaldo a su inocencia. Para clasificarlas los periodistas casi siempre acuden a una escala binaria –de paso homenajean al mundo K, donde todo es binario– y preguntan: “¿Pondría usted las manos en el fuego por ella?”.

Perón decía que el bolsillo es la víscera más sensible. Las manos, sin embargo, son la parte más sensible de los dirigentes peronistas. Empezando, claro, por las del líder, antes que nada célebres por abrirse desde el balcón para contener en forma simbólica a las masas. En 1950, cuando preparaba su reelección, Perón enfrentaba un cuadro de inflación, sequía y falta de divisas. Impuso entonces restricciones a la salida de dólares, lo cual llevó a Estados Unidos a ofrecerle un préstamo a un consorcio de bancos argentinos para que se les pudieran pagar las deudas a los exportadores norteamericanos. Perón rechazó el ofrecimiento el 1º de mayo de 1950 en el discurso que pronunció ante el Congreso. Dijo textualmente: “Me cortaré las manos antes que firmar cualquier cosa que signifique un préstamo a mi país”. Poco después llegó a un acuerdo por 125 millones de dólares.

Quizás algún anciano todavía lo recuerde: el antiperonismo le puso de apodo al general “la Venus de Milo”. Anécdota que sería jocosa de no haber tenido un epílogo macabro. Treinta y siete años después, nunca se supo bien por qué, alguien le cortó las manos al cadáver de Perón y se las llevó quién sabe adónde. Es tenebroso, pues: cada vez que un dirigente peronista se somete a la discusión de si pondría o no las manos en el fuego por un compañero, Amado Boudou, Cristina Kirchner o quien fuere, está literalmente jugando con fuego, visto que con los restos de su líder al calor de la historia la metáfora se fundió con la realidad, como otra página fronteriza de Tomás Eloy Martínez.

A Aníbal Fernández se le puede reprochar complicidad con el narcotráfico, pero no habría que criticarlo por falta de coherencia. Tanto respecto de Boudou como de Cristina Kirchner, él dijo que no pensaba poner las manos en el fuego. “A mí me enseñó Néstor Kirchner a no poner las manos en el fuego por nadie”, explicó hace poco en las puertas de los tribunales de Comodoro Py, donde el kirchnerismo encontró su lugar para instalar una tribuna sin tener que desplazarse. Es evidente que el día que Néstor Kirchner enseñó a no poner las manos en el fuego Víctor Hugo Morales faltó. El relator deportivo del relato dijo el último fin de semana que él sí pondría las suyas por Cristina Kirchner y hasta aclaró con el énfasis propio de los conversos que las pondría “enfáticamente”, aunque nadie le había pedido una graduación del riesgo. Entre los dirigentes del Frente para la Victoria ninguno fue tan lejos como el relator redundante. “No quiero decir que no piense que hay corrupción; puede haberla, pero para convencerme van a tener que mejorar las pruebas”, exigió, con el rigor de un crítico que evalúa restoranes para concederles una estrella Michelin. De manera similar reaccionaban en los setenta los fanáticos de Isabel Perón (también Vicente Leónides Saadi) sobre el ministro José López Rega, inventor del terrorismo de Estado, a quien beneficiaban con el principio de inocencia con el argumento de que la Justicia todavía no lo había condenado.

Hace algunos siglos las leyes anglosajonas establecían que los incriminados tenían que caminar varios pasos sosteniendo un hierro al rojo ardiente. Si llegaban hasta la meta preestablecida eran considerados inocentes y si no la conclusión resultaba obvia: eran culpables. De ahí viene lo de poner las manos en el fuego, aunque se ve que con el tiempo hubo una tercerización de la garantía, porque la expresión mide la confianza que se tiene en la inocencia de otro, no en la propia. Por lo menos nadie dice: “Pongo las manos en el fuego por mí, me creo”.

A diferencia del general Paz, el gobernador cordobés que perdió su brazo en batalla, el gobernador bonaerense Daniel Scioli perdió el suyo en un accidente ajeno a la vida institucional. Sin embargo, se sabe que su reacción abnegada frente al infortunio formó parte del menú de virtudes que le permitió encumbrarse durante muchos años –hasta que fue vencido en el primer balotaje presidencial de la historia– como el político más votado del país. Scioli, que siempre tomó con admirable buen humor las bromas sobre su brazo, tuvo dos episodios públicos alusivos a su manquedad que quedaron inscriptos en la historia manofílica del peronismo. El primero fue cuando el presidente Néstor Kirchner lo desafió en un acto transmitido por televisión a que dijera “quién le ata las manos”. Había trascendido por entonces que el propio Scioli, en privado, le había dicho a Carolina Píparo, víctima de una feroz salidera bancaria, que no podía hacer nada en materia de seguridad porque “tenía las manos atadas”.

Pero si el reto a Scioli sobre las manos atadas no fue una de las frases más logradas de Kirchner, tampoco lo fue la que Florencio Randazzo le dedicó a la hipótesis de que Scioli terminase siendo, como terminó, el candidato presidencial del Frente para la Victoria. El ministro del Interior opinó que en ese caso el “proyecto” se quedaría manco. El gobernador bonaerense de doble mandato dejó pasar la frase de Kirchner pero con la de Randazzo se declaró tremendamente ofendido. Cualquiera puede entender por qué la mano vino así.

Al menos hasta ahora Scioli no pertenece al grupo de antiguos funcionarios kirchneristas citados por los jueces a comparecer por corrupción (más aún, todavía ni siquiera está clara la pertenencia de Scioli al kirchnerismo). Pero si Víctor Hugo Morales quisiera respaldarlo sería recomendable –más que nunca– que sólo dijera eso, que lo respalda.

Quizás algún anciano todavía lo recuerde: el antiperonismo le puso de apodo al general “la Venus de Milo”. Anécdota que sería jocosa de no haber tenido epílogo macabro.

“A mí me enseñó Néstor Kirchner a no poner las manos en el fuego por nadie”, explicó Aníbal Fernández hace poco en las puertas de los tribunales de Comodoro Py.

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Quizás algún anciano todavía lo recuerde: el antiperonismo le puso de apodo al general “la Venus de Milo”. Anécdota que sería jocosa de no haber tenido epílogo macabro.
“A mí me enseñó Néstor Kirchner a no poner las manos en el fuego por nadie”, explicó Aníbal Fernández hace poco en las puertas de los tribunales de Comodoro Py.

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