Gerardo, el hombre que llegó a Añelo cuando el pueblo no era nada
Construyeron un hotel, pasaron crisis y se repusieron. Dice que la vida en este paraje les enseñó que “ sobrevive el que no se cae en bajada”.
Al fondo del pueblo, justo en la última calle, está la chacra de Don Cabrera, el dueño del Hospedaje Añelo. A las seis de la tarde terminó de preparar la tierra de la huerta y vuelve su casa. Va en la Ford 350, atrás del camión regador que no le deja paso, avanza despacio y mientras recorre su pueblo el sol le pega en los ojos achinados.
Lo dicen las maestras de la escuela, la gente en las calles: si hay alguien que puede contar cómo es Añelo ese es Gerardo Cabrera. Cuándo le preguntan, no necesita pensar el tiempo que pasó en ese pueblo. “Cumplí 43 años, llegué el 25 de agosto de 1973”, dice sin dudar. El hombre tiene 78 años y nació en Chile, pero sus amigos le dicen “el chino”.
Cuenta que llegó a construir las obras del canal riego. “No me lo olvido, era un paraje. Era cabeza de departamento por eso se festejan 100 años, pero no había pueblo”, afirma.
Recuerda que al llegar había dos comercios. La gente de campo bajaba a caballo cada tanto a buscar provisiones. La carne se conseguía cuando venía un arreo y carneaban chivos.
Eliana Fuentes, su mujer, es tan pionera como él porque seis meses después lo fue a acompañar en la aventura de poblar ese lugar que era nada. “Decidimos quedarnos, no sabemos por qué, hasta teníamos casa en Cipolletti”, dice.
Construyó casas rurales y trabajó en el Municipio, hasta que alquiló un salón y puso un bar que convirtieron en restaurante. Eliana cocinaba y trabajaba como hormiga. A veces para un comensal, otras para seis o siete. “Pero la tranquilidad se alteró cuando llegaron las empresas de otro lado de Loma de la Lata. Eso fue en el 78 o 79. Los que nos alquilaban el salón me lo sacaron para trabajarlo porque vieron que daba plata”, recuerda.
Tuvo suerte, sobre todo cuando llegaron las empresas. Los primeros clientes fueron Román, una empresa que trabajaba para YPF, después vinieron Pérez Companc, lo que hoy es DLS, clientes que conserva hasta ahora. Cabrera cuenta que un censo del año 75 anunció que el pueblo era el que más había crecido en el país. “Pasamos de 20 a 200 habitantes. Nos conocíamos todos, éramos como una familia grande”.
Gerardo había juntado dinero, así que se hizo la casa, vendió el auto, una hormigonera y terminó un salón en el que puso el restaurante. Después construyó el hotel y hoy tienen 60 habitaciones, en dos edificios diferentes. “Nos abastecíamos de Neuquén y la bebida de Barda del Medio. Viajaba tres veces por semana a la ciudad. Al restaurante le hice un sótano grande para conservar la verdura, el pan”, dice y ceba un mate amargo.
Pero del 92 al 93 pasaron una crisis como la de estos tiempos. “Mi señora lavaba las sábanas de las pocas habitaciones que teníamos y yo me dedicaba a pegar ladrillos que es lo que mejor se hacer, así pasamos esos años, para comer no faltó”, cuenta.
Supo manejarlo, cuando tuvo plata compró y cuando no, esperó. Invirtió en una chacra de 50 hectáreas y compró aquel local que al principio de la historia alguien se negó a alquilarle e hizo otro hotel. Hoy le dejó los dos hoteles a sus hijos que se encargan del trabajo y él va a la chacra o a la iglesia del pueblo, a colaborar con la ampliación que están haciendo.
Hoy se siente una nueva crisis del petróleo. Pero dice que el tiempo en Añelo le enseñó que” sobrevive el que no se cae en bajada”.
“Para abastecernos iba tres veces por semana en un 350 a Neuquén; primero en la Ford 100, a 60 kilómetros, tardaba dos horas seguro”.
Gerardo Cabrera, que llegó a Añelo el 25 de agosto de 1973.
El árbol familiar
del pionero
Gerardo tiene seis hijos: “Jorge con el primer matrimonio, José Luis, Claudio Gabriel, Aurora que se nos murió, después Víctor y la más chica Virginia”. Además suma 23 nietos y 25 bisnietos.
Nació en Chile, pero él dice que “es un chileno, al que se le dice chileno por decir”, porque a los 10 años vivía en Argentina.
Para Gerardo, “el boom del petróleo” siempre es bueno, aunque a veces lamenta que se haya llevado la tranquilidad y el espíritu familiar de los primeros años de Añelo.
Datos
- “Para abastecernos iba tres veces por semana en un 350 a Neuquén; primero en la Ford 100, a 60 kilómetros, tardaba dos horas seguro”.
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