A casi diez años del brutal crimen en la costa, sigue el misterio

El asesinato de la taxista de San Antonio Silvia Manzanares sacudió la temporada de verano, en enero de 2009. La investigación no está cerrada pero depende sólo de una huella.

Redacción

Por Redacción

Sólo queda una huella. La encontraron en el taxi, y fue cotejada con todas las fichas de todas las comisarías de la provincia. Pero el resultado fue negativo. Hasta el momento, no existe nadie que haya ingresado en un destacamento rionegrino con el que ese rastro coincida. La última vez que se libró un oficio para realizar ese trámite fue en 2016. Se chequeó mediante el Sistema Automatizado de Identificación de Huellas Dactilares (AFIS), que centraliza todos los datos. Y la operación se repite de tanto en tanto.

De esa impresión dactilar no puede extraerse ningún perfil genético porque, según le indicó un experto a la Justicia, “el reactivo que se utiliza para eso la destruiría”. Y deben preservarla, porque es la única que consta como prueba en la causa de asesinato de la taxista Silvia Manzanares, que sigue impune.

El hecho, que ocurrió el 3 de enero de 2009, conmovió a esta ciudad y cambió el derrotero del tradicional arranque del verano. En plena temporada, nadie buscaba las noticias que aspiran a entretener. Conmovidos por la crueldad de lo ocurrido, tanto residentes como turistas aguardaban las novedades de la investigación. No había muchas plataformas digitales ni redes sociales. La información llegaba a través de los diarios papel. Y, en las playas, antes de chequear los datos del tiempo se apuraba el repaso de las páginas policiales.

En las calles su rostro se multiplicaba, demandando Justicia. Todavía persisten los volantes, pegados en alguna vidriera. Reproducen la foto que se hizo pública el día posterior al crimen. Una que la muestra en primer plano. Con sus 47 años, sus anteojos velándole la mirada, su corte carré y una media sonrisa. Que era dulce al momento de posar para la cámara. Pero, ahora, interpela a todo el que la mira.

Todo ocurrió una mañana. Agobiante, como todas las de ese verano. Silvia abordó el taxi que manejaba vestida con una remera, bermudas y ojotas. Pasó temprano por la base, ubicada en pleno centro. Pero no había movimiento y volvió a su casa a desayunar. Allí vivía junto a su pareja, Javier Becco. De una unión anterior habían nacido tres hijos, que, tras independizarse, decidieron mudarse fuera de la localidad.

Según se supo, desde su domicilio partió hacia una plataforma ubicada en la intersección de las calles Quintana y Malvinas, frente al Jardín Nº 8. En el libro en el que se registran los viajes quedó asentado que su coche se ocupó a las 10.30. No se consignó que se hubiese liberado después. Ni que la radio hubiese emitido ninguna señal de peligro.

Lo que siguió, forma parte de las incógnitas que quedaron por resolver. En los 11 cuerpos de los que consta la causa, no figuran sospechas acerca de quién o quiénes la mataron con semejante brutalidad.

Es que la violencia a la que fue sometida fue atroz. De las 12 puñaladas que le asestaron, dos resultaron mortales. Fueron las más profundas. Una alcanzó su yugular, y la otra su omóplato izquierdo. Además recibió golpes en la cabeza y en la nuca. En su momento, se dijo que también poseía quemaduras, que podrían haber sido provocadas por agua caliente. Sin embargo, en la causa figura una nueva interpretación de esas lesiones. Habrían sido causadas por la exposición al sol, durante el tiempo en el que el cadáver estuvo al aire libre.

Lo que sí quedo claro fue la dinámica del ataque, que se determinó en base al hallazgo del cuerpo. Estaba tendido boca abajo, en un camino vecinal paralelo a las vías ubicado a 200 metros del basural municipal, en inmediaciones de la Ruta 3.

El taxi, un Fiat Siena dominio GRA431, quedó a escasa distancia, a un costado del sendero. Con una de sus ruedas obstaculizada por las matas. Cerca de allí, estaban tirados los anteojos y el calzado de la mujer. Y, sobre la senda, había marcas del zigzagueo que experimentó el auto.

Por eso piensan que la taxista comenzó a recibir los puntazos mientras manejaba.

La autopsia indicó que los primeros 10 fueron superficiales. Como todos estaban en su espalda, creen que él o los atacantes viajaban en la parte de atrás. Tenía heridas defensivas en sus manos, que usó para evitar que la tortura siguiera. Luego, creen que abandonó el vehículo. Al tratar de huir perdió los anteojos y las ojotas. Fue alcanzada mientras corría. Cayó de espaldas, y allí recibió las dos cuchilladas que la ultimaron.

A las 11.15, la comisaría 10º recibió la denuncia de un oficial de la Prefectura, que al pasar por el camino junto a su hijo vio el cuerpo sin vida. Habían pasado 45 minutos del último viaje registrado. Y comenzaba una pesquisa que, a casi 10 años de lo ocurrido, aún no logró determinar los móviles del crimen ni dar con él o los culpables de uno de los crímenes más violentos que se recuerden en la costa rionegrina.

“Analizamos la huella pero no hubo resultados”

La fiscal de San Antonio Mariela Coy recibió la causa hace sólo unos años, cuando se ocupó formalmente de la fiscalía que antes encabezaba Fabio Corvalán, que actualmente es juez.

“La prueba más certera que tenemos hasta el momento es una huella dactilar que se tomó en el taxi. En 2016, mandé a cotejar esta huella mediante el Sistema Automatizado de Identificación de Huellas Dactilares (AFIS) que se implementó en la Provincia. Ese método realiza el testeo con las fichas ingresadas en comisarías de todo Río Negro. Pero lamentablemente no hubo resultados positivos” manifestó Coy.

La fiscal reconoce que aunque la investigación fue extensa ni siquiera se pudo precisar el móvil del asesinato. “Entre las últimas acciones que figuran en la causa, antes de que pasara a mis manos, figura la realización de una autopsia psicológica de la víctima que justamente buscó dilucidar posibles móviles. Pero no pudieron determinarse” informó.

Todavía existe una recompensa vigente para aquellos que aporten datos.

En el auto sólo se pudo extraer una huella, el único elemento de prueba, pero sin dueño.

Nunca se pudo llegar a tener aunque sea un sospechoso del crimen y una motivación para semejante asesinato de la taxista de San Antonio Oeste.

De la huella dactilar no puede extraerse ningún perfil genético porque, según le indicó un experto a la Justicia, “el reactivo que se utiliza para eso la destruiría”.

Se ha cotejado la impresión digital con todos los registros de las comisarías y los nuevos ingresos, pero hasta el momento dio resultados negativos.

Un crimen con más

dudas que certeza

El único allanamiento que se realizó en la causa fue al día siguiente del hecho. Los perros entrenados en odorología llevaron hacia una casa habitada por una familia. Dos jóvenes que moraban allí fueron sospechosos durante un tiempo. Se secuestraron unas prendas de estos chicos en las que finalmente no se hallaron rastros del ADN de la víctima.

En la investigación, sin embargo, presumían que él o los victimarios podrían haber utilizaron el exterior de esa vivienda para refugiarse, atravesando luego la pequeña medianera de esa casa, que conducía a un sector descampado.

Hubo muchos rumores vinculados al móvil del violento hecho. En el expediente se abordaron, pero no tuvieron la consistencia suficiente para convertirse en líneas de investigación. Uno de ellos fue el tema de la droga. En la ciudad circulaban dos versiones opuestas sobre el tema: una, indicaba que la taxista había denunciado a unos dealers y que su crimen había sido en venganza por su accionar. Esa denuncia, según la causa, nunca existió. Otra, señalaba que la mujer podría haber sido contratada para trasladar estupefacientes a Sierra Grande, y que en uno de sus viajes se habría quedado con parte de ellos. Tampoco se hallaron elementos que corroboraran esto.

Las líneas que sí se profundizaron pero finalmente no arrojaron datos positivos estuvieron vinculadas a otros temas. Una de ellas apuntaba a los celos como posible móvil.
Es que la taxista había mantenido una relación sentimental con un chofer de una empresa de panificación oriundo de Viedma, que estaba casado. Esa sospecha se descartó. Otra apuntaba al círculo más íntimo. Ocurre que la mujer estaba tramitando la guarda de su nietita de 6 años, ya que una de sus hijas, radicada en Viedma, tenía múltiples inconvenientes que le impedían ocuparse de ella. Pero otros familiares de la pequeña se oponían a que eso ocurriera. De todas maneras Esta línea tampoco prosperó.

En otro caso, una huella permitió dar con el asesino

El Sistema Automatizado de Identificación de Huellas Dactilares (AFIS) que se implementó en la Provincia hace ya tres años se hizo célebre porque permitió dar con el homicida de Irma Casadei, una mujer de 75 años asesinada brutalmente en esta capital en el 2011.

Una huella que tomó en la escena del crimen el sargento primero Gustavo Carrasco posibilitó que, 6 años después, Miguel Levin fuera detenido y enjuiciado por el caso. Este hombre era conocido en la comarca, porque se dedicaba a la venta ambulante de bolsas de residuos.

En una entrevista con “Río Negro”, el sargento Carrasco comentó que, conmovido por la ferocidad del crimen, llegó a conocer “de memoria” el rastro dactilar hallado en la vivienda de Casadei. Con la incorporación del sistema AFIS, a principios de marzo del año pasado repitió la búsqueda y el sistema detectó la coincidencia con una huella recientemente incorporada. Allí surgió la identidad de Levin.

En esa misma entrevista Carrasco mencionó que, en su rol policial, siempre “tuvo presentes” otros homicidios resonantes.

El de la taxista de San Antonio Silvia Manzanares es uno de ellos.

Entre las últimas acciones que figuran en la causa, antes de que pasara a mis manos, figura una autopsia psicológica de la víctima que buscó dilucidar posibles móviles. Pero no pudieron determinarse”,

aseguró la fiscal de San Antonio Mariela Coy.

Datos

Nunca se pudo llegar a tener aunque sea un sospechoso del crimen y una motivación para semejante asesinato de la taxista de San Antonio Oeste.
De la huella dactilar no puede extraerse ningún perfil genético porque, según le indicó un experto a la Justicia, “el reactivo que se utiliza para eso la destruiría”.
Se ha cotejado la impresión digital con todos los registros de las comisarías y los nuevos ingresos, pero hasta el momento dio resultados negativos.

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