Intimidad rota
Las redes sociales han venido a resignificar conceptos tales como amistad y privacidad. Los datos personales están siendo absorbidos por la red donde cualquiera puede ser detectado. Por otro lado, “el rastro” digital constituye una valiosa herramienta de negociación comercial para las empresas.
En Londres, hay una obra de Bansky que parece una demoledora premonición: “En el futuro, todos tendremos 15 minutos de privacidad”. Es un chiste para “entendidos”. Para los que conocen la frase original de Warhol, “en el futuro todos tendremos 15 minutos de fama”.
Pero la broma no deja de ser una verdad incómoda. En tiempos de Twitter y de Facebook, incluso de Google que pide más datos personales para facilitar las búsquedas, la fama es más común que el anonimato. Lo privado es más ventilado que lo público. Y la intimidad… la intimidad ya no existe. O es puro cuento.
John Perry Barlow, ex letrista de la banda Grateful Dead, fundador de la Electronic Frontier Foundation y autor de la Declaración de Independencia del Ciberespacio, decidió hacer pública toda su vida porque asegura que no tiene nada que esconder. “Esa es la única forma de tener algo de privacidad”, aplaude el señor internet Leonard Kleinrock, el primer hombre que envió un mail en el mundo, el 29 de octubre de 1969.
Paroxismos digitales. A Tommy Christopher, corresponsal en la Casa Blanca para “Mediaite.com”, el infarto le vino de maravillas. Fue su primicia soñada. La historia única y ejemplar que todo periodista quisiera contar algún día. La suya la transmitió, en vivo y en directo, por Twitter. El afectado escribió: “Sólo se me podía ocurrir a mí. Twitteando en directo mi ataque al corazón. ¡Supera eso!”.
Después de “eso” Christopher abandonó la común notoriedad que puede albergar un reportero para deleitarse en la fama internacional. Su tiempo de gloria digital ya estaba comprado. Su cuenta en Twitter no ha parado de sumar “Seguidores” y, como premio mayor a su osadía, el famoso Jay Leno utilizó el caso en uno de sus monólogos. A pesar de que aún le espera una delicada recuperación, Tommy sólo tuvo palabras de agradecimiento: “Ya soy un hombre feliz. Puedo morir tranquilo”. ¿Pero a quién estaban destinadas? ¿a Dios? ¿A los médicos que lo salvaron? ¿Al omnisciente Twitter que como una vecina realmente chismosa todo lo puede expandir?
Poseer una cuenta de Twitter es fácil. Es práctico. Puede ser divertido y puede ser peligroso. Lo saben los propios creadores del sitio que hoy tiene 145 millones de usuarios y, lo ignora, al menos una parte de esa enorme población.
La política de usos y privacidad de las redes sociales está claramente estipulada en la parte inferior del sitio de la empresa. No se trata ni remotamente de información accesoria o inocente. Es letra pequeña que merece ser leída.
Básicamente lo que dicen estos contratos es que bajo ciertas condiciones los datos personales, como también las secuencias de comportamiento en la red, de quienes utilicen Twitter o Facebook pero también los servicios de mail de Google o Hotmail, entre otros, puede ser utilizados por estas compañías con distintos fines. Comerciales, por ejemplo.
Toda vez que actualizamos nuestra cuenta o “nos movemos” hacia alguna dirección en internet, dejamos un rastro. Ese rastro adquiere un importante valor cuando se trata de ofrecer y comercializar productos.
producción
claudio andrade
verónica bonacchi
Apenas un ejemplo, si has escrito a un amigo que te irás de viaje a Europa en tu mail, es muy probable que en la siguiente sesión, te aparezcan al costado de tu cuenta de correo publicidades sobre Europa: sus hoteles, sus tours y sus restaurantes. Tal vez te tientes y hagas un clic impensado. Esa es la idea.
El rastro en la web
Los datos personales, sumados al comportamiento en la web, representan una fuente de información que puede ayudar a hacer viable la existencia de las empresas on line.
Toda vez que una empresa de este tipo, aun en búsqueda de capitales, se dirige a un potencial anunciante, irá a la reunión con una base de datos que demuestra que conocen bien a sus clientes. Es uno de los principios del marketing moderno.
Sin embargo ¿no es esto lo que desde hace décadas vienen haciendo las tarjetas de crédito? ¿Por qué nos importa tanto cómo capitalizan Twitter y compañía nuestros datos y no nos preocupa lo que sucede con otras entidades comerciales?
Una de las respuesta a estos interrogantes tiene relación con el grado de intimidad que desarrollamos en dichas redes. Una tarjeta es una tarjeta. El crédito en cuerpo de plástico. Sin embargo, las redes sociales son espacios de recreación y de encuentro. La sola sensación de que Twitter o Facebook constituyen una suerte de club, de boliche o de café virtual donde podemos expresar nuestros puntos de vista, cambia radicalmente las cosas.
Amigos son los amigos
Las redes sociales han venido a resignificar conceptos como “Amistad” y “Privacidad”.
En principio, no todos los “amigos” que figuran a la izquierda de tu pantalla son realmente tus amigos. Y no todos los “seguidores” ubicados al tope de la página, son auténticos seguidores. La amistad en Facebook o Twitter es relativa.
Por lo general, se trata más bien de gente que conocemos, que hemos visto, que nos suena, con quien nos saludamos, pero a veces –muchas veces– ni siquiera eso.
Cuando opinamos acerca de un tema no siempre esperamos que cualquiera conozca nuestro punto de vista. Sobre ciertas apreciaciones preferimos que las reciban sólo y exclusivamente los “amigos”. Pero a veces la reciben más personas de las que querríamos.
No lo digas todo
El sitio “protuiter.com” ha definido una serie de reglas de privacidad para quienes utilizan Twitter. La primera de ellas dice: “No lo digas todo”. Y agrega: “Aparte de ser un obvio problema de privacidad, por el hecho de contarle todo a todos tus seguidores, puede llegar a ser muy molesto”.
Por otro lado, como advierte el administrador de “todotwitter.com”, si bien somos propietarios de nuestros Twitter estos puede hacer extensos recorridos incluso cuando los eliminamos.
“Aunque borremos un tweet unos segundos después de haberlo emitido, éste probablemente habrá recorrido ya gran parte de su ruta, y habrá sido leído por un alto porcentaje de usuarios, sobre todo los que no twittean vía web (a estos sí se les borrará al recargar la página), y que seguirán reflejados en el caché de sus clientes, donde nosotros no tenemos acceso.”, explica.
Existen ejemplos burdos de lo que podría suceder si ofrecemos demasiada información: Israel Hyman, un usuario de Twitter que salía de vacaciones, quiso compartir su alegría con sus 2.000 seguidores. Escribió, entre otras cosas, “preparándome para salir de la ciudad” y “otras 10 horas manejando”. Unos ladrones tomaron nota y le robaron la casa.
Días atrás, Salvador, curtido amante del rock y del heavy metal, escribió en su perfil de Facebook: “estoy deprimido”. Algo más de un puñado de sus 2 mil y algo más de “Amigos”, le enviaron mensajes de afecto. Salvador sobrevivió y siguió subiendo sus comentarios, debajo del ya célebre “¿Qué estás pensando?”.
Lo que ocurrió con Salvador y sus amigos, podría ser uno de los tantos alcances útiles de la red que hace unas semanas alcanzó los 500 millones de usuarios.
Creando un avatar
Sin embargo, entre la realidad virtual y la realidad real hay diferencias. No es lo mismo enviar un beso que darlo, ni “regalar” una torta pixelada que una torta comprada en una panadería. A veces la distancia es tirana pero aún a pesar de ella abundan los gestos que se definen mejor bajo el signo de la piel.
La creación de un perfil es al mismo tiempo la creación de un avatar.
El ser que constituimos para una red tendrá elementos exaltados o disminuidos que no siempre se corresponderán con la verdadera figura de su autor.
Tal vez, sólo tal vez, Salvador simplemente estaba triste. Pero escribió “deprimido”. Tal vez a Salvador le guste actuar. O lo que de verdad quería era llamar la atención de sus amigos o comprobar quién respondería a su declaración.
Siempre, en algún punto, la escritura, y la escritura web en este caso, contiene elementos ficcionales, por no decir que “describirse” es provocar una ficción.
Lo cierto es que en la medida en que miramos también somos observados.
En tanto usuarios de las redes sociales poco a poco, o muy rápidamente, vamos adquiriendo la forma de un libro abierto.
Nuestra biografía se integrará a la base de datos de Facebook, donde también estarán albergados nuestros videos familiares y nuestras fotografías.
En Twitter se harán públicas nuestras actividades cotidianas y las más diversas opiniones acerca de una gran variedad de temas (desde un “adoro desayunar con café” hasta un “odio a las ballenas”).
Una colección completa de nuestras fotografías, en tamaños a elección, tendrán un espacio en Flickr. Y si tenemos un banda, también dejaremos nuestra huella musical en myspace.
¿Quieres ser famoso?
El ser totalmente ubicable todo el tiempo implica la reformulación de otro concepto más: el ser famoso. ¿Qué es ser famoso hoy? ¿Cuál es la privacidad que protegían con tanto celo las estrellas que hoy tienen twitter y cuentan si van al gimnasio, si están esperando un hijo o si acaban de despertarse?
La cantidad de información que circula cambia también el concepto de necesidad. Realmente, ¿es imprescindible saber que el Kun Agüero se cortó el pelo, que Amalia Granata está “yegando” al ensayo de ShowMatch, o que Shakira cree inevitable anunciar su gira aquí y ahora?
Realmente, no. Pero quien se deja seducir por estas herramientas entra en una especie de consumo desenfrenado en la que lo importante y lo accesorio no cuentan, no se diferencian.
Twitter y Facebook se han convertido en el sueño dorado de la peor pesadilla George Orwell, en “1984”: es una suerte de Gran Hermano, pero voluntario. Todos se dejan ser espiados –todos espían– por convencimiento propio y no porque un sistema los oprima o controle. ¿O sí?
Fabio Tarasow, coordinador del proyecto Educación y Nuevas Tecnologías de Flacso, cree que “Twitter es aquello para lo que los usuarios lo utilizan: existen casi tantos usos de Twitter como usuarios. Para algunos es un medio de difundir sus pensamientos sobre la vida; para otros, un medio para hacer política, o simplemente para no hacer nada”.
Detesto Facebook
Hace un par de años, el escritor británico y editor de la revista “The Idler”, Tom Hodgkinson, escribió un polémico artículo acerca de los fines y los orígenes de Facebook que comenzaba así: “Detesto Facebook”. Hodgkinson asegura que estamos presenciando la “transformación de las relaciones humanas en commodities, la extracción de valor capitalista de las amistades”.
El periodista define a uno de sus primeros inversores, Peter Thiel (quien puso sobre la mesa cuando nadie apostaba un peso, 500 mil dólares), como a un filósofo futurista de 42 años, cuyo mentor filosófico es René Girard, pensador que ha desarrollado una teoría del comportamiento humano llamada “deseo mimético”, donde se sostiene que las personas son como corderos que se copian unas a otras sin pensar al respecto.
Hodgkinson se pregunta “¿Desde cuándo necesito una computadora para conectarme con la gente que me rodea? ¿Por qué mis relaciones tienen que pasar por la imaginación de un grupo de supernerds de California? ¿Qué tiene de malo el pub?”
Mientras tanto la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ya sacó su cuenta en Twitter y tiene más de 45 mil seguidores, convirtiéndose en el político nacional estrella de esta red. En otra galaxia, Barak Obama ya tiene más de 5 millones de “Seguidores” en su Twitter.
Yo espío, tu me espías, el te espía, nosotros espiamos.
En Londres, hay una obra de Bansky que parece una demoledora premonición: “En el futuro, todos tendremos 15 minutos de privacidad”. Es un chiste para “entendidos”. Para los que conocen la frase original de Warhol, “en el futuro todos tendremos 15 minutos de fama”.
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