“Yo entré a la música bailando con la más linda”

Talento, dicen, es tener cierto don o cierta gracia y facilidad para realizar alguna actividad, por lo general, ligada al arte. Otros aseguran que se nace con talento y que no se logra por más que uno se esfuerce en conseguirlo. Para Hernán Lugano, talento es poder expresar con el piano un estado de ánimo, emociones, una idea o simplemente su música.

Hernán Lugano “Yo entré a la música bailando con la más linda” Talento, dicen, es tener cierto don o cierta gracia y facilidad para realizar alguna actividad, por lo general, ligada al arte. Otros aseguran que se nace con talento y que no se logra por más que uno se esfuerce en conseguirlo. Para Hernán Lugano, talento es poder expresar con el piano un estado de ánimo, emociones, una idea o simplemente su música. Hernán Lugano tiene las manos pequeñas y prolijas, como las de los buenos pianistas. Se sienta, abre su piano y toca durante largos minutos. Empieza con un tango, lo cambia por el bolero, sigue con algo del folclore argentino y termina improvisando una música hermosa, capaz de conquistar oídos sensibles. Detrás de sus instrumentos hay una gran biblioteca de apuntes, partituras y libros de música e historia, o ¿es que acaso para él esas dos disciplinas van separadas? Incansable investigador de los más disímiles ritmos musicales, nuevos y en desuso, su interés central siempre ha girado en torno de utilizar los más diversos elementos de nuestra música para crear, componer e improvisar un sonido nuevo, reconociblemente argentino, moderno y precursor. Este joven pianista porteño radicado hace 13 años en Bariloche, ha recorrido un largo camino por los escenarios del mundo desplegando ritmos que van desde el clásico, el cubano y el jazz latino y otras músicas que lo tienen en estos momentos atrapado en una serie de conciertos por Europa. Encasillar la música de Lugano con un nombre es poco adecuado. Su estilo es la fusión de todas las músicas y eso se nota en su discoteca, dividida en ritmos afro, latinos, europeos, clásicos y modernos, o en instrumentos, tambores, guitarras, pianos… No es casual que este joven del barrio porteño de Saavedra, hijo de un bailarín y músico, se encariñara con el piano de su madre, profesora de geografía y pianista, y sacara temas de The Beatles a los 8 años. Entonces comenzó a ir a clases en las que se aburría mucho y optó por tocar lo que le gustaba y practicar en su casa para aprender. Lugano es autodidacta y cuando le preguntan quién le enseñó a poner esa fuerza que tiene cuando toca el piano, dice que se mueve por impulsos, que hace lo que le gusta y que le sale de adentro, de muy adentro. Y pese a que asegura que los músicos tienen el oído desarrollado para escuchar su propio instrumento, Lugano toca algo de guitarra y un poco de bandoneón. “Es imposible sentir lo mismo que siente un clarinetista cuando toca el clarinete”, dice Lugano mientras toca una guitarrita de su hijo Diego. Porque no es sólo cuestión de habilidad, de saber tocar o de entrenar el oído, se trata de tener talento, ganas, fuerza y un compromiso con el arte. Dice que talento es sentir la música más allá de lo que percibe el oído y que música es un espacio de esferas en las que él coloca su percepción, eso que capta su talento. A los 17, mientras tocaba con unos amigos en un barcito de Buenos Aires, una austríaca le propuso viajar a Europa y presentarse en un restaurante muy coqueto de Stuttgart (Alemania), en el que conoció a artistas importantes. Tocaba todas las noches y cumplió el sueño del pibe: tocar música argentina en el extranjero, cobrar buena plata y viajar. Pero el entusiasmo por la maravillosa rutina duró poco y decidió abandonar el contrato y mudarse a la calle a zapar nuevos ritmos y conocer Europa desde el llano. Movilizar el piano era complicado, así que eligió un chiche nuevo: el acordeón, muy argentino y portátil. “Semblanza” tocaba con charango, guitarra y acordeón en las calles del viejo continente. Después volvieron las propuestas en la Argentina, pero los contactos y los amigos siguieron vigentes en Europa, donde con ganas y tiempo fue ganando un espacio. Acá las giras, después Bariloche, la familia que formó lejos y siempre Europa y principalmente Dinamarca, en donde vivió varios años. “Desde mi primer viaje, siempre supe que Europa no era un lugar para vivir”, dice Lugano después de casi 20 años de giras. Actualmente Lugano prepara en Bariloche la música que toca lejos, con la nueva banda de Luis Alvaro Varona, por ejemplo, el trompetista de Irakere, el grupo del pianista cubano Chucho Valdés, que estuvo tocando en el teatro Colón lo mismo que Lugano en el Caribe. Varona vive en Dinamarca y allá terminarán de grabar un disco de timba, un ritmo cubano más moderno que la salsa que convoca a miles de personas a bailar y divertirse combinando danza y música, algo poco común en estos tiempos por este lado del mundo, y que probablemente cuente con las voces de los hermanitos importados de Chelsea, Inglaterra, David y Gabriel Moncada, que con su Hot Line, enseñan lo que es el funk en Bariloche. También sigue por el mundo con Calixto Oviedo y la Recompensa, un grupo de músicos colombianos y cubanos que, con sus ritmos y cultura afro, dejaron sus lugares por estos nuevos, para difundir el movimiento afrocaribeño que más gusta. Es que La Habana es como Florencia en el 1500, y tanto renacimiento llega de la mano de estos músicos a Alemania, Austria, Scandinavia y las Canarias. Para los fanáticos del piano, de los solos de piano, Lugano preparó una serie de seis conciertos que también lo tendrán como estrella en buenos auditorios muy lejos de acá. En la Argentina tiene planes con su trío, formado por el roquense Andrés Fuhr en contrabajo y Ernesto Zeppa en batería, de partir a Europa el año que viene con la fusión del Tango Jazz, o viajar a Nueva York a conocer y nutrirse, impregnarse de otras músicas, el alimento de este músico sensible y maravilloso.   Todas las músicas, la música Para lograr la identidad que sólo los buenos artistas buscan conseguir, Hernán Lugano se vale de todo tipo de elementos de nuestra cultura musical sin prejuicios, sean elementos vivos o bien ya en desuso, desde el minué federal, pasando por los de la escuela nacionalista, hasta la música tocada hoy en las bailantas. Es por eso que imprime sellos propios a sonidos ya conocidos pero poco explorados, movimientos que crean fenómenos y que, por culpa del prejuicio colectivo, nadie se detiene a estudiar. La cumbia, por ejemplo, ese sonido tan popular de las bailantas, alcanza lo que pocos han conseguido en el país: “Es alegre y a la gente le gusta divertirse. Y se juntan miles de personas a bailar una cumbia y a pasarla bien. Esto que no ocurre siempre, es todo un fenómeno”. Para Lugano cualquier género es un desafío: un cielito, un malambo, un tango, el chamamé, una cumbia, no importa. Aborda cada ritmo como si fuera su especialidad. Escucha discos, va, mira, toca con los músicos. “Pero lo interesante viene después, ¿qué hago ahora con esto? ¿Puedo hacer un solo sobre los 2 tonos que presenta la cumbia tradicional? ¿Podré convertir esto en música de concierto, en algo para que capte otro oído? Estoy tratando, y en el tratar siempre aparecen cosas buenas”. Lugano se mueve por impulsos creativos dignos de admirar, y parecería ser que eso que ahora escuchamos sin prestarle atención, luego de pasar por su cabeza y su piano, se convertirá en algo propio, único y especial. Así también ocurrió con el jazz, que al fusionarle instrumentos y ritmos latinos, ahora es un género completamente distinto del jazz tradicional. Dentro de los proyectos que está preparando, Lugano apadrinó una banda barilochense que pronto se presentará con su música en la ciudad. Agua Sucia ya tiene un disco de 13 temas grabado y arreglado por él, al que sólo le falta incorporar las voces. “Estos chicos son muy buenos y tienen brillantes ideas. Compusieron temas que se tocan con más de 15 instrumentos sobre la base de la cumbia argentina, que es muy distinta de la cumbia original que es colombiana”. Atención, estamos frente a un nuevo movimiento: la cumbia patagónica. Desde que decidió dedicarse profesionalmente a la música, Lugano tuvo en claro que se relacionaría con una amplia rama musical. “Creo que en esto llega un momento en que si no ampliás tu mundo musical, te aburrís. El agua que se estanca, se pudre, decía Piazzolla y aunque parezca que nada que ver, al final es todo lo mismo”. Bariloche, como espacio de arte “Esta ciudad tiene eso de querer irte muy lejos, pero cuando estás allá en lo único que pensás es en volver”. Lugano es tajante en su comentario y consecuente con sus actos. Cuando decidió radicarse en Bariloche tenía sólo 20 años y venía de largas giras por Europa y, con una banda nacional, de recorrer todo el país. “Era demasiado, salías de gira por todas las ciudades, tocabas y volvías a tu casa después de una semana para volver a partir. Necesitaba tranquilidad y siempre había pensado en Bariloche para quedarme y difundir mi música”. Cuando llegó, comenzó a tocar el piano en confiterías y hoteles que tenían, y tienen actualmente, a la música al servicio de la gastronomía y el comercio, por lo que decidió decir basta y dedicarse verdaderamente a lo que le importa: desarrollar distintos géneros musicales e investigar con detenimiento la historia de estos ritmos. “Acá no existe un espacio para el concierto, para la música y para quien quiera ir a ver buena música. Había un anfiteatro, pero lo sacaron y ahí ahora no hay nada. La falta de lugar para tocar es algo que nos afecta a todos los músicos barilochenses”. Lugano cree que con el deterioro de la educación, la cultura en todas sus manifestaciones está relegada a un segundo plano. Esto es lamentable sabiendo que son varios los músicos locales, como Diego Rapoport, otro pianista de renombre nacional que acompañó en formaciones por ejemplo a Luis Alberto Spinetta o Pedro Moncada, excelente guitarrista desarrollado profesionalmente en Inglaterra, que al no encontrar un espacio para desplegar todo su potencial deben viajar para seguir creciendo en sus carreras. Si bien el artista necesita permanentemente buscar nuevos horizontes y conocer la música del mundo, contar con la infraestructura y medios necesarios para obtener buenos resultados en el propio lugar, es fundamental para crear la identidad cultural local. “En Argentina estamos atrasados con la concepción que se tiene del arte. En cualquier país de Europa los músicos están apoyados por el Estado para hacer giras internacionales con tal de difundir la música de cada país en el mundo. Acá eso es imposible. El apoyo es casi nulo”. Lugano también fue uno de los organizadores del Bariloche Jazz Festival 2002 que se realizó ese verano en la calle Palacios y en el cual se presentaron músicos de la región y el mundo. El Festival demostró que es posible crear un espacio de difusión de la música y que existe un público que también necesita mezclarse con la cultura. Pero para eso se necesita mucho apoyo y respeto por el arte.  


Hernán Lugano “Yo entré a la música bailando con la más linda” Talento, dicen, es tener cierto don o cierta gracia y facilidad para realizar alguna actividad, por lo general, ligada al arte. Otros aseguran que se nace con talento y que no se logra por más que uno se esfuerce en conseguirlo. Para Hernán Lugano, talento es poder expresar con el piano un estado de ánimo, emociones, una idea o simplemente su música. Hernán Lugano tiene las manos pequeñas y prolijas, como las de los buenos pianistas. Se sienta, abre su piano y toca durante largos minutos. Empieza con un tango, lo cambia por el bolero, sigue con algo del folclore argentino y termina improvisando una música hermosa, capaz de conquistar oídos sensibles. Detrás de sus instrumentos hay una gran biblioteca de apuntes, partituras y libros de música e historia, o ¿es que acaso para él esas dos disciplinas van separadas? Incansable investigador de los más disímiles ritmos musicales, nuevos y en desuso, su interés central siempre ha girado en torno de utilizar los más diversos elementos de nuestra música para crear, componer e improvisar un sonido nuevo, reconociblemente argentino, moderno y precursor. Este joven pianista porteño radicado hace 13 años en Bariloche, ha recorrido un largo camino por los escenarios del mundo desplegando ritmos que van desde el clásico, el cubano y el jazz latino y otras músicas que lo tienen en estos momentos atrapado en una serie de conciertos por Europa. Encasillar la música de Lugano con un nombre es poco adecuado. Su estilo es la fusión de todas las músicas y eso se nota en su discoteca, dividida en ritmos afro, latinos, europeos, clásicos y modernos, o en instrumentos, tambores, guitarras, pianos... No es casual que este joven del barrio porteño de Saavedra, hijo de un bailarín y músico, se encariñara con el piano de su madre, profesora de geografía y pianista, y sacara temas de The Beatles a los 8 años. Entonces comenzó a ir a clases en las que se aburría mucho y optó por tocar lo que le gustaba y practicar en su casa para aprender. Lugano es autodidacta y cuando le preguntan quién le enseñó a poner esa fuerza que tiene cuando toca el piano, dice que se mueve por impulsos, que hace lo que le gusta y que le sale de adentro, de muy adentro. Y pese a que asegura que los músicos tienen el oído desarrollado para escuchar su propio instrumento, Lugano toca algo de guitarra y un poco de bandoneón. “Es imposible sentir lo mismo que siente un clarinetista cuando toca el clarinete”, dice Lugano mientras toca una guitarrita de su hijo Diego. Porque no es sólo cuestión de habilidad, de saber tocar o de entrenar el oído, se trata de tener talento, ganas, fuerza y un compromiso con el arte. Dice que talento es sentir la música más allá de lo que percibe el oído y que música es un espacio de esferas en las que él coloca su percepción, eso que capta su talento. A los 17, mientras tocaba con unos amigos en un barcito de Buenos Aires, una austríaca le propuso viajar a Europa y presentarse en un restaurante muy coqueto de Stuttgart (Alemania), en el que conoció a artistas importantes. Tocaba todas las noches y cumplió el sueño del pibe: tocar música argentina en el extranjero, cobrar buena plata y viajar. Pero el entusiasmo por la maravillosa rutina duró poco y decidió abandonar el contrato y mudarse a la calle a zapar nuevos ritmos y conocer Europa desde el llano. Movilizar el piano era complicado, así que eligió un chiche nuevo: el acordeón, muy argentino y portátil. “Semblanza” tocaba con charango, guitarra y acordeón en las calles del viejo continente. Después volvieron las propuestas en la Argentina, pero los contactos y los amigos siguieron vigentes en Europa, donde con ganas y tiempo fue ganando un espacio. Acá las giras, después Bariloche, la familia que formó lejos y siempre Europa y principalmente Dinamarca, en donde vivió varios años. “Desde mi primer viaje, siempre supe que Europa no era un lugar para vivir”, dice Lugano después de casi 20 años de giras. Actualmente Lugano prepara en Bariloche la música que toca lejos, con la nueva banda de Luis Alvaro Varona, por ejemplo, el trompetista de Irakere, el grupo del pianista cubano Chucho Valdés, que estuvo tocando en el teatro Colón lo mismo que Lugano en el Caribe. Varona vive en Dinamarca y allá terminarán de grabar un disco de timba, un ritmo cubano más moderno que la salsa que convoca a miles de personas a bailar y divertirse combinando danza y música, algo poco común en estos tiempos por este lado del mundo, y que probablemente cuente con las voces de los hermanitos importados de Chelsea, Inglaterra, David y Gabriel Moncada, que con su Hot Line, enseñan lo que es el funk en Bariloche. También sigue por el mundo con Calixto Oviedo y la Recompensa, un grupo de músicos colombianos y cubanos que, con sus ritmos y cultura afro, dejaron sus lugares por estos nuevos, para difundir el movimiento afrocaribeño que más gusta. Es que La Habana es como Florencia en el 1500, y tanto renacimiento llega de la mano de estos músicos a Alemania, Austria, Scandinavia y las Canarias. Para los fanáticos del piano, de los solos de piano, Lugano preparó una serie de seis conciertos que también lo tendrán como estrella en buenos auditorios muy lejos de acá. En la Argentina tiene planes con su trío, formado por el roquense Andrés Fuhr en contrabajo y Ernesto Zeppa en batería, de partir a Europa el año que viene con la fusión del Tango Jazz, o viajar a Nueva York a conocer y nutrirse, impregnarse de otras músicas, el alimento de este músico sensible y maravilloso.   Todas las músicas, la música Para lograr la identidad que sólo los buenos artistas buscan conseguir, Hernán Lugano se vale de todo tipo de elementos de nuestra cultura musical sin prejuicios, sean elementos vivos o bien ya en desuso, desde el minué federal, pasando por los de la escuela nacionalista, hasta la música tocada hoy en las bailantas. Es por eso que imprime sellos propios a sonidos ya conocidos pero poco explorados, movimientos que crean fenómenos y que, por culpa del prejuicio colectivo, nadie se detiene a estudiar. La cumbia, por ejemplo, ese sonido tan popular de las bailantas, alcanza lo que pocos han conseguido en el país: “Es alegre y a la gente le gusta divertirse. Y se juntan miles de personas a bailar una cumbia y a pasarla bien. Esto que no ocurre siempre, es todo un fenómeno”. Para Lugano cualquier género es un desafío: un cielito, un malambo, un tango, el chamamé, una cumbia, no importa. Aborda cada ritmo como si fuera su especialidad. Escucha discos, va, mira, toca con los músicos. “Pero lo interesante viene después, ¿qué hago ahora con esto? ¿Puedo hacer un solo sobre los 2 tonos que presenta la cumbia tradicional? ¿Podré convertir esto en música de concierto, en algo para que capte otro oído? Estoy tratando, y en el tratar siempre aparecen cosas buenas”. Lugano se mueve por impulsos creativos dignos de admirar, y parecería ser que eso que ahora escuchamos sin prestarle atención, luego de pasar por su cabeza y su piano, se convertirá en algo propio, único y especial. Así también ocurrió con el jazz, que al fusionarle instrumentos y ritmos latinos, ahora es un género completamente distinto del jazz tradicional. Dentro de los proyectos que está preparando, Lugano apadrinó una banda barilochense que pronto se presentará con su música en la ciudad. Agua Sucia ya tiene un disco de 13 temas grabado y arreglado por él, al que sólo le falta incorporar las voces. “Estos chicos son muy buenos y tienen brillantes ideas. Compusieron temas que se tocan con más de 15 instrumentos sobre la base de la cumbia argentina, que es muy distinta de la cumbia original que es colombiana”. Atención, estamos frente a un nuevo movimiento: la cumbia patagónica. Desde que decidió dedicarse profesionalmente a la música, Lugano tuvo en claro que se relacionaría con una amplia rama musical. “Creo que en esto llega un momento en que si no ampliás tu mundo musical, te aburrís. El agua que se estanca, se pudre, decía Piazzolla y aunque parezca que nada que ver, al final es todo lo mismo”. Bariloche, como espacio de arte “Esta ciudad tiene eso de querer irte muy lejos, pero cuando estás allá en lo único que pensás es en volver”. Lugano es tajante en su comentario y consecuente con sus actos. Cuando decidió radicarse en Bariloche tenía sólo 20 años y venía de largas giras por Europa y, con una banda nacional, de recorrer todo el país. “Era demasiado, salías de gira por todas las ciudades, tocabas y volvías a tu casa después de una semana para volver a partir. Necesitaba tranquilidad y siempre había pensado en Bariloche para quedarme y difundir mi música”. Cuando llegó, comenzó a tocar el piano en confiterías y hoteles que tenían, y tienen actualmente, a la música al servicio de la gastronomía y el comercio, por lo que decidió decir basta y dedicarse verdaderamente a lo que le importa: desarrollar distintos géneros musicales e investigar con detenimiento la historia de estos ritmos. “Acá no existe un espacio para el concierto, para la música y para quien quiera ir a ver buena música. Había un anfiteatro, pero lo sacaron y ahí ahora no hay nada. La falta de lugar para tocar es algo que nos afecta a todos los músicos barilochenses”. Lugano cree que con el deterioro de la educación, la cultura en todas sus manifestaciones está relegada a un segundo plano. Esto es lamentable sabiendo que son varios los músicos locales, como Diego Rapoport, otro pianista de renombre nacional que acompañó en formaciones por ejemplo a Luis Alberto Spinetta o Pedro Moncada, excelente guitarrista desarrollado profesionalmente en Inglaterra, que al no encontrar un espacio para desplegar todo su potencial deben viajar para seguir creciendo en sus carreras. Si bien el artista necesita permanentemente buscar nuevos horizontes y conocer la música del mundo, contar con la infraestructura y medios necesarios para obtener buenos resultados en el propio lugar, es fundamental para crear la identidad cultural local. “En Argentina estamos atrasados con la concepción que se tiene del arte. En cualquier país de Europa los músicos están apoyados por el Estado para hacer giras internacionales con tal de difundir la música de cada país en el mundo. Acá eso es imposible. El apoyo es casi nulo”. Lugano también fue uno de los organizadores del Bariloche Jazz Festival 2002 que se realizó ese verano en la calle Palacios y en el cual se presentaron músicos de la región y el mundo. El Festival demostró que es posible crear un espacio de difusión de la música y que existe un público que también necesita mezclarse con la cultura. Pero para eso se necesita mucho apoyo y respeto por el arte.  

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