A Cristina le cuesta irse
Acaso lo más destacado del discurso que profirió la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ante el Congreso el domingo, con el que se propuso inaugurar –se olvidó de hacerlo–, por última vez, las sesiones ordinarias de los legisladores, fue su extensión inusitada, de 219 minutos, si bien fue uno menos que los usados en el 2013 para rendirse homenaje y asegurarle al país que su gestión había sido un éxito rotundo. Como ya nos tiene acostumbrados, en la alocución maratónica de Cristina no hubo un atisbo de autocrítica sino una multitud de datos poco confiables y, desde luego, muchos ataques contra los que por algún motivo se han visto incluidos en su lista de enemigos, como los supuestos militantes del “Partido Judicial” que a su entender buscan “independizarse de la Constitución, las leyes y los códigos”, el fallecido fiscal Alberto Nisman por una acusación “bochornosa” y aquellos “estúpidos” que son contrarios a los acuerdos con China que, vaticinó, “en cinco años va a ser el actor económico más importante del mundo”. Aunque a Cristina le quedan pocos meses más en el poder y, aun cuando un oficialista triunfara en las elecciones presidenciales, lo que es posible, se trataría de alguien de ideas, actitudes y modalidades muy distintas de las reivindicadas por los líderes del gobierno actual, se dio el lujo de pronunciar una arenga más apropiada para una candidata electoral en campaña que para una presidenta que se despedía. Lejos de intentar reconciliarse con la oposición para que la acompañara en la fase final de su gestión, lo que a la luz de la magnitud de los desafíos frente al país sería lo más inteligente, optó por llamar la atención a las divisiones existentes, de tal modo ampliándolas. El que una mandataria que está por irse haya preferido subrayar lo presuntamente positivo de su gestión y pasar por alto lo negativo es lógico, pero el resultado fue que los temas que en la actualidad más preocupan a la ciudadanía no merecieron una sola mención en las casi cuatro horas que necesitó para su discurso. La inflación, la recesión, el default parcial, la precariedad de las reservas, el aumento del desempleo y el sobredimensionamiento de la burocracia estatales son realidades. También, la corrupción que, huelga decirlo, es la causa básica de la ofensiva emprendida por Cristina contra lo que llama “el Partido Judicial”; si no tuviera motivos para sentirse alarmada por las investigaciones de los interesados en averiguar la ruta tomada por “el dinero K”, no se le hubiera ocurrido tratar a muchos jueces y fiscales como si los creyera subversivos. Por lo demás, omitió aludir a la inseguridad ciudadana y a la presencia alarmante de bandas de narcotraficantes que, como advirtió hace poco el papa, quien cuenta con buenas fuentes de información, plantea el peligro que la Argentina termine “mexicanizándose”. Si bien todos los políticos son proclives a exagerar los méritos propios y atribuir los problemas a la maldad de sus adversarios, la costumbre de Cristina de abusar de una “deformación profesional” que puede imputarse a la naturaleza competitiva de su oficio es mucho más que una debilidad personal. Actúa así porque los demás lo permiten. Mientras que en democracias más maduras que la nuestra los simpatizantes del mandatario de turno le aconsejarían fingir respetar las opiniones ajenas y estar dispuesto a dialogar con los opositores más importantes, ya que caso contrario buena parte de la ciudadanía se sentiría ofendida, aquí abundan los atraídos por la idea de que un gobierno fuerte tenga forzosamente que comportarse con prepotencia. Durante sus primeros cuatro años en el poder, el personalismo extremo de Cristina no le ocasionó demasiados problemas, pero desde que el modelo económico, privado del “viento de cola” sin el cual no podría funcionar, comenzó a deteriorarse, la presidenta se ha alejado cada vez más del país real hasta llegar a su situación actual. De haberse visto rodeada desde el vamos por colaboradores más dispuestos a ayudarla que a aplaudirla, Cristina estaría terminando mucho mejor sus ocho años como presidenta ya que, entre otras cosas, no se sentiría obligada a aferrarse a un relato ficticio que tiene muy poco que ver con el país en que vive la mayoría abrumadora de sus compatriotas.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 3 de marzo de 2015
Acaso lo más destacado del discurso que profirió la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ante el Congreso el domingo, con el que se propuso inaugurar –se olvidó de hacerlo–, por última vez, las sesiones ordinarias de los legisladores, fue su extensión inusitada, de 219 minutos, si bien fue uno menos que los usados en el 2013 para rendirse homenaje y asegurarle al país que su gestión había sido un éxito rotundo. Como ya nos tiene acostumbrados, en la alocución maratónica de Cristina no hubo un atisbo de autocrítica sino una multitud de datos poco confiables y, desde luego, muchos ataques contra los que por algún motivo se han visto incluidos en su lista de enemigos, como los supuestos militantes del “Partido Judicial” que a su entender buscan “independizarse de la Constitución, las leyes y los códigos”, el fallecido fiscal Alberto Nisman por una acusación “bochornosa” y aquellos “estúpidos” que son contrarios a los acuerdos con China que, vaticinó, “en cinco años va a ser el actor económico más importante del mundo”. Aunque a Cristina le quedan pocos meses más en el poder y, aun cuando un oficialista triunfara en las elecciones presidenciales, lo que es posible, se trataría de alguien de ideas, actitudes y modalidades muy distintas de las reivindicadas por los líderes del gobierno actual, se dio el lujo de pronunciar una arenga más apropiada para una candidata electoral en campaña que para una presidenta que se despedía. Lejos de intentar reconciliarse con la oposición para que la acompañara en la fase final de su gestión, lo que a la luz de la magnitud de los desafíos frente al país sería lo más inteligente, optó por llamar la atención a las divisiones existentes, de tal modo ampliándolas. El que una mandataria que está por irse haya preferido subrayar lo presuntamente positivo de su gestión y pasar por alto lo negativo es lógico, pero el resultado fue que los temas que en la actualidad más preocupan a la ciudadanía no merecieron una sola mención en las casi cuatro horas que necesitó para su discurso. La inflación, la recesión, el default parcial, la precariedad de las reservas, el aumento del desempleo y el sobredimensionamiento de la burocracia estatales son realidades. También, la corrupción que, huelga decirlo, es la causa básica de la ofensiva emprendida por Cristina contra lo que llama “el Partido Judicial”; si no tuviera motivos para sentirse alarmada por las investigaciones de los interesados en averiguar la ruta tomada por “el dinero K”, no se le hubiera ocurrido tratar a muchos jueces y fiscales como si los creyera subversivos. Por lo demás, omitió aludir a la inseguridad ciudadana y a la presencia alarmante de bandas de narcotraficantes que, como advirtió hace poco el papa, quien cuenta con buenas fuentes de información, plantea el peligro que la Argentina termine “mexicanizándose”. Si bien todos los políticos son proclives a exagerar los méritos propios y atribuir los problemas a la maldad de sus adversarios, la costumbre de Cristina de abusar de una “deformación profesional” que puede imputarse a la naturaleza competitiva de su oficio es mucho más que una debilidad personal. Actúa así porque los demás lo permiten. Mientras que en democracias más maduras que la nuestra los simpatizantes del mandatario de turno le aconsejarían fingir respetar las opiniones ajenas y estar dispuesto a dialogar con los opositores más importantes, ya que caso contrario buena parte de la ciudadanía se sentiría ofendida, aquí abundan los atraídos por la idea de que un gobierno fuerte tenga forzosamente que comportarse con prepotencia. Durante sus primeros cuatro años en el poder, el personalismo extremo de Cristina no le ocasionó demasiados problemas, pero desde que el modelo económico, privado del “viento de cola” sin el cual no podría funcionar, comenzó a deteriorarse, la presidenta se ha alejado cada vez más del país real hasta llegar a su situación actual. De haberse visto rodeada desde el vamos por colaboradores más dispuestos a ayudarla que a aplaudirla, Cristina estaría terminando mucho mejor sus ocho años como presidenta ya que, entre otras cosas, no se sentiría obligada a aferrarse a un relato ficticio que tiene muy poco que ver con el país en que vive la mayoría abrumadora de sus compatriotas.
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