Abrazarse a su corazón guitarrero

"Juanjo" Domínguez y su cuarteto mostraron en Neuquén sus cuerdas únicas en un homenaje gardeliano pero atípico. Hoy a las 20.30 estarán en Villa La Angostura.



NEUQUEN (AN).- “No (haremos) el Gardel apurado de las películas, sino el Gardel de las guitarras”. Explica sin necesidad el homenaje. Un homenaje que sacude las entrañas, que dispara sin piedad ante un auditorio que queda absorto. Que entre asombrado y congelado decide ofrendarle un aplauso de pie. Un auditorio que se queda corto con el tributo y que manda algunos emisarios hacia el escenario para que se fundan en un abrazo con el maestro.

La imaginación juguetea con su poseedor de la forma que a ella le place. Por momentos Juanjo Domínguez, el increíble guitarrista, se asemeja a una pintura bíblica, a un Noé sin arca pero con dedos aceleradísimos. Por momentos su rostro se mimetiza en un imagen posmodernista, semioculto entre los efectos del humo, la luz, la leyenda y un traje violeta furioso que parece tener vida propia.

Es verdad, habría que decir que el recital que brindó Juanjo Domínguez Cuarteto -en el cine teatro Español el viernes- estuvo separado por momentos, compartimentos generacionales, musicales, ideológicos. Una delicia instrumental que le dio una cachetada a lo estructurado, a los prejuicios, al tango pensado sólo desde el tango. Sorprende a partir de un virtuosismo innato. Que también se sonroja por las horas de práctica, días de ensayo, semanas, meses y años de mirarse a los ojos con sus músicos, de entenderse con solo pestañear.

Pasea sus dedos depurados por lo extenso de un camino cuerdístico que sorprende, alegra, angustia, congela… Tangos que sólo se escucharán en Japón -¿su segunda casa?-, valses, algunos gatos, ritmos centroamericanos, como el aggiornado “Valsecito jaranero” de Venezuela. Acompañado por los maestros Rubén Díaz -segunda guitarra-, Miguel Vignola -tercera guitarra- y de su hermano Raúl “La llave” Domínguez -guitarrón-, éste fue apenas el prólogo que anunciaría las obras del Gardel “poco conocido”, el que andaba de giras por el sur y la región cuyana, “el de las guitarras”.

Antes deleitó con algunas obras de Astor Piazzolla. Propuso sensibles arreglos, escalas y punteos que despertaron una ovación tras otra, y un “Adiós Nonino” que fue uno de los más lindos de la noche. Reloj atrás, las “gracias” al chaqueño Oscar Alemán, al que presentó como “uno de los creadores del jazz” tocando “Dedo duro” desde una pasión que se tornó exacerbada, atrapante, efusiva y romántica. “Picante, no…?”

Y Corazón guitarrero”, para “Don Carlos”. Juanjo analiza la historia y concluye en que la figura colosal, legendaria del zorzal criollo se devoró de un bocado el nombre, la identidad de sus acompañantes. Entonces le brinda tributo a ellos, a los que estuvieron detrás de la “voz”, a los que ponían balizas en la ruta musical. Para Barbieri, Vivas, Riverol y otros, la réplica al dedillo de “El día que me quieras” y “Volver”. Para ellos y para nosotros. Para los que terminaron de pie abrazando con las palmas a ese gigante barbado.

Sebastián Busader


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