Ajustes y rescates
Cuando por la impericia, mala suerte o, en algunos casos, conducta engañosa de sus gobernantes un país resulta incapaz de honrar sus deudas, el resto del mundo, representado por el FMI, suele exigirle un ajuste severo a cambio de algunas concesiones importantes. Como es natural, la actitud asumida por los acreedores siempre motiva las protestas airadas tanto de quienes temen verse perjudicados como de los reacios a pagar los costos políticos que les supondría la austeridad. Hace diez años, al encontrarse la Argentina en una situación parecida a la de Grecia, Portugal e Irlanda desde que estalló la crisis financiera, se consolidó el consenso de que todo se había debido a la severidad excesiva del FMI, un organismo supuestamente tan comprometido con “los números” que no le importaban los sufrimientos de la gente, pero en Europa los gobiernos de Alemania y Francia se han mostrado todavía más decididos a reclamar medidas muy duras. Desde su punto de vista, la alternativa a un ajuste draconiano sería resignarse a enviar subsidios cada vez mayores a los países en apuros para que pudieran continuar como antes. No piensan en hacerlo porque la opinión pública local se opone con virulencia a la idea de gastar miles de millones de euros para ayudar a quienes cree corruptos e irresponsables. En principio, es positivo que los políticos griegos, portugueses y otros de la Eurozona no puedan culpar al FMI de las penurias que sus compatriotas tendrán que enfrentar, emulando así a los políticos de nuestro país. Si bien muchos miembros del “Club Mediterráneo” tratarán de figurar como víctimas inocentes de la maldad y la estupidez ajenas, no les será tan fácil convencer al electorado de que fue meramente anecdótico su propio aporte al desastre que están protagonizando, de suerte que es por lo menos posible que en adelante se sientan constreñidos a actuar con mayor realismo. Con todo, sería un error subestimar su capacidad para esquivar el bulto, razón por la que no es demasiado probable que aprendan mucho de lo que les ha sucedido. Por desgracia, modificar una cultura política, porque es de eso de lo que se trata, no es tan fácil como puede suponerse. Las sociedades que se han acostumbrado a vivir por encima de sus medios suelen resistirse con tenacidad a cambiar. Nuestra experiencia en la materia es aleccionadora; a pesar de todo lo ocurrido en la segunda mitad del siglo pasado, no bien se puso en marcha un proceso de recuperación el gobierno cayó en la tentación de intentar convivir con una tasa de inflación sumamente elevada. Con todo, logramos salir de la convertibilidad devaluando el peso y “reestructurando” el grueso de la deuda pública. Aunque el default no fue gratuito –millones de personas pagarían un precio muy alto–, gracias a los abultados ingresos que nos proporcionó la exportación de grandes cantidades de commodities agrícolas se reanudó pronto el crecimiento macroeconómico. Desafortunadamente para los griegos, portugueses y otros, ellos no cuentan con las mismas opciones. Abandonar el euro sería aún más traumático de lo que fue para nosotros salir de la convertibilidad, y puesto que no podrán apostar a la producción masiva de soja o trigo tendrán que depender del turismo y de la exportación de bienes manufacturados, sector éste en que no están en condiciones de competir ni con los alemanes y franceses ni, huelga decirlo, con los chinos y sus vecinos de Asia oriental. Puede entenderse, pues, el pesimismo que sienten los ciudadanos de los países periféricos de la Eurozona. No quieren conformarse con un estándar de vida llamativamente inferior al alemán o francés, como en efecto hacen los habitantes de muchas provincias argentinas cuyos ingresos per cápita son una pequeña fracción de los porteños, pero saben que no podrán aumentar mucho su productividad en el futuro previsible. Si Europa fuera una confederación auténtica, los países más ricos estarían dispuestos a subsidiar a los más pobres, como sucede en Alemania e Italia donde los respectivos gobiernos nacionales se sienten responsables por las zonas económicamente atrasadas del este y del sur respectivamente, pero la solidaridad de los europeos prósperos con los demás sigue siendo casi tan limitada como lo fue antes de la creación de lo que sería la UE.