Anécdotas y fatigas en la dura saga de bandidos
Cuando el ex soldado de la Fronteriza del Chubut, Pedro Peña, ya centenario, en un hospital y no tan lejos de su agonía, declaró haber combatido a los bandidos norteamericanos, comenzaron no pocas confusiones y desapareció un importante expediente del Juzgado Federal de Rawson.
por:
FRANCISCO N. JUAREZ
fnjuarez@sion.com
n esta frecuencia dominical de historias iniciada en mayo del 2001, ya el 5 de agosto de ese año apareció la primera nota sobre las Policías Fronterizas.
El tema de la organización, puesta en marcha y –sobre todo- sus conflictos y excesos cometidos por sus escuadrones contra el bandolerismo sureño, reapareció con frecuencia en esta serie de notas patagónicas. Sumó hasta el presente, 34 ediciones basadas en cuatro décadas de investigaciones.
¿La motivación? Echarse a andar por los senderos de la curiosidad en juveniles veraneos de escalamientos y exploración andina. ¿La clave? Escuchar a los más viejos pobladores en los primeros años de los '60, cuando aún sobrevivían testigos valiosos. Algunos hablaban de Ryan y Harry y Etta Place, dos bandidos norteamericanos y una bella mujer, todos asaltantes de bancos, y de muchos otros.
La tarea consistió en hurgar archivos nacionales y regionales (incluso en Chile y en Estados Unidos), además de una larga y minuciosa revisión en hemerotecas de todas latitudes.
No fue suficiente: artillado de grabador y cámara fotográfica. Hubo que emprender repetidos viajes por las mismas comarcas recorridas por las fronterizas de Chubut y de Río Negro y marchar por los senderos usados por los bandoleros perseguidos por esos escuadrones.
Placeres de pioneros
No fue –no es- un sacrificio, claro. A los paisajes se agregan las emociones de dar con los testimonios y con huellas dejadas a cada paso. Matear ya entonces con la familia Sepúlveda en el rancho de la banda en Cholila, presunto pero confirmado luego con documentación contundente; dar más tarde con lo que queda del boliche de Eduardo Hann donde se aprovisionaban los algo torpes Bob Evans y William Wilson, cuando planearon el gran secuestro de Lucio Ramos Otero, o arribar a la Cochamó bañada por el Pacífico, donde en 1911 otros bandidos –en esa ocasión, chilenos- se enfrentaron en combate con los carabineros.
O años más tarde, emprender recorridas por Corcovado y Río Pico y Las Pampas, de a caballo, para marchar por la picada boscosa (el otro jinete era Dudy Berwyn, de Esquel) que llevaba al lugar donde los bandidos norteamericanos erigieron la celda de troncos ya desaparecida, pero que había sido encierro del aludido Ramos Otero en el otoño de 1911.
Paralelamente este autor investigaba la vida patagónica de todos los norteamericanos pioneros, además del secuestrado por un par de ellos y a su vecino y enemigo: Pío Quinto Vargas.
Fue un hallazgo indagar entonces la vida, fechorías, asesinatos y fugas del mentado Vargas (dado en parte también en estas páginas).O fotocopiar en el archivo del Juzgado Federal de Rawson, ya a mediados de los años '70, los voluminosos expedientes de sus andanzas. Lo lamentable fue también descubrir que el sumario levantado por la Policía Fronteriza por el secuestro de Luci Ramos Otero no estaba en ningún archivo. Faltaba en el Archivo General de la Nación, donde habría permanecido durante casi cuatro décadas, por ser material que pertenecía a jurisdicción nacional y razón por lo que aún permanecen otros expedientes de esas policías.
El escocés incógnito
¿Dónde estaba ese valioso material?
Por lo pronto, en 1949 el Ministerio del Interior formó el expediente 3.043, a propósito de la carta que le llegó desde Claremorris, Irlanda, suscripta el 1º de noviembre de 1948 por Frank O' Grady Cross. En Buenos Aires fue traducida al castellano por el policía traductor Jorge A. Serrano Redonnet. A pesar de que la carta fue escrita de manera enigmática y aunque prometía una segunda misiva aclaratoria, confesaba que acababa de fallecer un escocés que conocía desde 30 años antes (1918) y que en estado de grave enfermedad le había hecho revelaciones de sus andanzas patagónicas (no revelaba su nombre pero era John Gadner).
Fueron esas revelaciones del escocés lo que abasteció un anexo de preguntas que O'Grady Cross hizo al ministro del Interior y también a la agencia Pinkerton en la calle Broadway de Nueva York.
Las 11 preguntas que enumeró estaban motivadas por una delirante codicia, y aunque proporcionaban abundante información de los bandidos y enumeraba los posibles asaltos, se detenía especialmente en un supuesto asalto a un tren de la «Argentina and Pacific Co.». Preguntaba si ese suceso era cierto, como así también si fue robado todo el oro que portaba. Con una febril ingenuidad, O'Grady desarrolló en las preguntas 7ª y 8ª su interés por si el producto del robo eran lingotes o monedas de oro, si las autoridades recobraron algo, si se sabía que parte de lo robado fue escondido y se preguntaba si las condiciones atmosféricas no habrían alterado «en 42 años» semejante fortuna (parecía referirse a un asalto en 1906. En ese año los bandidos estaban en Chile). El remitente se despedía prometiendo hacer grandes revelaciones.
Lo que siguió a la carta fue un expediente que movilizó durante ese año, 1949, a las policías patagónicas. Debieron dirigir sus pesquisas en busca del pasado, por lo que se acudió a viejos policías sobrevivientes, como Julio O. de Antueno, y al mismísimo Milton Roberts (que reiteró su repetido dato equivocado: que la gavilla llegó a Cholila en 1902, cuando realmente fue en 1901).
Como resulta evidente que a las actuaciones principales, que fueron concentradas finalmente en Chubut, le fueron agregadas (desde Buenos Aires o desde Rawson) las actuaciones de la Fronteriza de Chubut por el secuestro de Lucio Ramos Otero, que nada tenía que ver con lo que consultaba el irlandés avariento. Así, algunas indagaciones se fueron por las ramas.
Familia Perón y Ramos Otero
Por ejemplo, el comisario Francisco Medina, a cargo en 1949 de la Jefatura de Policía de Chubut, entendió que había que dar con los libros (creía que eran dos tomos, pero fueron cuatro) de Lucio Ramos Otero con el relato de su secuestro por los bandoleros norteamericanos. Recordó que en Cabo Raso el poblador Esteban Lacoste tenía dichos libros. Quizás recordó que al padre se los había obsequiado el mismo Ramos Otero. Los ejemplares ya escaseaban, y el consultado no los tenía. Pero sí un dato curioso: «Posiblemente esos libros fueron cedidos por mi padre a algún amigo…» y remataba asegurando que «posiblemente doña Juana, la viuda de don Mario T. Perón, pueda ser poseedora de esos libros, pues entonces residía en Camarones y nuestro común amigo don Mario Avelino Perón se casó por esa época con su esposa que vivía en las proximidades de una estancia que Otero tenía en Malaspina».
Más allá de que el escocés que deambuló por la Patagonia y murió en Irlanda, sin querer fue causante de las indagaciones urdidas por O'Grady Cross, búsqueda de datos de la banda languideció y seguramente ya hace años que el irlandés murió amarrado a una caja de correspondencia con sus mejores esperanzas.
Pero ¿cuándo desapareció el expediente de todas estas actuaciones, prontuarios de bandidos, todo anexado a sumario de la Fronteriza por el secuestro de Ramos Otero? ¿Los tomaría alguien a pesar de la protección a todos los expedientes judiciales de interés histórico con normas sancionadas entre 1953 y 1969 que prohíbe destruirlos?.
Justamente en 1969 se estrenó en la Argentina el filme «Butch Cassidy». No solamente quien esto escribe descubrió entonces que los personajes allí evocados podrían ser los que investigaba desde hacía tiempo: también hubo alguien, que, aunque no los conoció en un hospital de Rawson, Chubut, dijo «yo integré la patrulla que los mató».
El chileno Pedro Peña, de 103 años (moriría poco después) ciertamente combatió en las cercanías de Río Pico el 9 de diciembre de 1911, cuando los abatidos fueron los norteamericanos Bob Evans y William Wilson (el propio Peña fue herido de un balazo). No sólo los confundía con Place y Ryan, sino que se urdió una confusa conferencia de prensa con enviados especiales para entrevistar a Peña (ver La Razón del 2 de mayo de 1970). La organizaron el comisario de Chubut Enrique Bernardo Hinschoot y el juez federal de Rawson, Alejandro Godoy, quien desde entonces atesoró el expediente del caso Ramos Otero en su propio hogar. En adelante, siguieron confusiones graves, transgresiones a la preservación de los documentos oficiales con historia y no pocas picardías. (Continuará)
CURIOSIDADES:
• Transgresiones. Cuando a principios de los años ’70 el expediente sobre el secuestro de Lucio Ramos Otero fue sacado del archivo del Juzgado Federal de Rawson, ya estaba legislada -en tres sucesivas etapas que se desplegaron desde 1953 a 1969- la protección a los expedientes judiciales que tuvieran algún interés histórico. • No violar el Art. 18. Ya la ley 14.242 sancionada el 29 de setiembre de1953 prohibía la destrucción de ciertos expedientes judiciales, entre los que estaban los de carácter histórico. El decreto-ley 6.848 sancionado el 12 de agosto de 1963 en su artículo 18 dispuso taxativamente cuáles expedientes no podían destruirse (mucho menos sustraerse) y en los que incluía los que tenían algún interés social o histórico. Pero se refería sólo a los archivos de actuaciones judiciales y notariales de la Capital Federal. • Lo histórico, no lo social. La ley 17.292, sancionada y promulgada el 23 de mayo de 1967 (B.O. del 1º de junio) dispuso en su artículo 2º mantener la protección de los expedientes históricos, pero omitió los de interés social. Todavía quedaban afuera los juzgados federales del interior del país. Los incluyó la ley 18.328 sancionada el 25 de agosto de 1969, por su Art. 1º que extendió hasta ellos las disposiciones de los artículos 17 y 18 del decreto-ley 6.848 ya aludido.
por:
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora
Comentarios