Arriba de una moto por las rutas de la Patagonia

Club de motoqueros, una pasión regionalCada vez son más en Río Negro y Neuquén“Río Negro” pasó una jornada con ellos.

En abril de este año, Horacio buscó su destino. Se subió a una más que venerable Gilera de la década del 50 y emprendió la ruta que une General Roca con Azul. Fueron más de mil kilómetros a una velocidad de entre 50 y 60 kilómetros por hora. Unos cuatro días de camino.

Cuando llegó al Encuentro Nacional de Motoqueros que cada año se realiza en esa ciudad de la provincia de Buenos Aires tenía sinceras ganas de bajarse del caballo y tirarse por allí, donde sea, hotel, pasto o carpa, prestada porque la suya se había quedado en su dormitorio.

Un miembro de la organización no tardó en anotar su arribo. En teoría, para el local, no era nada del otro mundo: Roca, una ciudad del mismo nombre, queda a unos 200 kilómetros de Azul.

– ¿De dónde venís flaco?, le preguntó birome en mano.

– De Roca.

– ¡Ah…! ¿cuándo saliste?

– Y hará cuatro días…

– ¡Cuatro días! ¿Cómo hiciste para demorarte tanto si Roca queda aquí nomás?

– Noooo de Roca, Río Negro.

– ¡¡Eh!! ¡¡Loco, aquí vino uno de Río Negro!!

Así fue cómo Horacio se llevó la copa al motociclista más esforzado del encuentro. Después no le costó trabajo conseguir una carpa prestada, comida y un lugar donde dormir el esfuerzo. Cuatro días, viejo, cuatro días.

Será una anécdota para los nietos. Aunque a Horacio, mecánico de motos, asador, todavía le queda un trecho largo para recordar glorias pasadas. Tiene 30 y representa más. Ha vivido apurado y sin angustia hasta hoy. Su hijo mayor ya está por alcanzarlo, tiene 17. “Me enamoré y listo”, dice.

Los sábados a eso de las 21.30 su casa en calle Tres de Febrero al 2.800 comienza a llenarse de ruidos extraños. El vecindario está acostumbrado. Motos, motos y más motos. Son los miembros de CAM, el Club de Amigos Motoqueros de General Roca, provincia de Río Negro, no Roca, provincia de Buenos Aires, que se entienda.

Las reglas son claritas aquí: todos ponen algo del dinero que les cabe en el bolsillo. “Para la cerveza”, pide un flaco que tiene en su mano una gorrita que a las 11 de la noche empieza a llenarse de monedas. Unas irán a parar a la carne y otras a la cerveza.

A pesar de las medallas y las heridas de guerra, no es Horacio quien cuenta la historia. Modesto se encarga de hacer el fuego y preparar la cena de los 30 ó 40 tipos que ahora esperan en el patio de su taller.

-Esta es la Gilerita en que se fue el loco, cuenta José, junto a Horacio, miembro fundador del CAM.

La Gilera no dice gran cosa de sí misma. Uno podría imaginarse que tamaño viaje era una empresa para máquinas de calado más profundo. Aquí explican que atravesó el tiempo con dignidad y ahora es una pieza de museo a la que su dueño cada tanto le agrega un chiche nuevo. Tuvo una estrella del ‘Che’ Guevara y ahora luce unos colores extraños. Con el motor detenido, aguarda a que las cosas cambien.

En la calle, con Horacio al volante adquiere otra dimensión. Horas después de esta incursión al mundo motoquero lo encontraremos al flaco y a su moto rodando por el Canalito. Entonces veremos a la máquina y su amo listos para apropiarse del camino, una postal de película. La verdadera esencia de un sueño que comenzó en Estados Unidos a mediados del siglo pasado: el vaquero moderno montado a su potro de metal.

“El asunto es que tenga dos ruedas, el resto no importa”, dice el hombre que debe andar por los 30 y tantos y vino a pasar la jornada con su mujer.

Son tiempos de crisis, los motoqueros lo saben mejor que nadie. “La mía está en terapia”, dice un chico de varias habilidades, una de ellas la fotografía.

La moto es un símbolo y su sonido un pretexto para tener un grupo, pasarla bien y campear el temporal. Ser propietario de una moto en esta parte del mundo requiere algo más que dinero: ingenio, garra, pasión.

Horacio llama a comer. A la medianoche no hay cuerpo sin hambre. “Nada de cosas raras, venís, te tomás unas cerveza, comés y después nos vamos a bailar o al río”, explica Horacio. Y todo eso en moto.

El CAM peregrina cada año a Chimpay. No siempre los reciben con aplausos, pero en general hay “buena onda”. “Aquí se piensa en el motoquero malo, en el loco de las películas que busca pelea, pero nosotros estamos en otra”. En Chimpay tuvieron sus cosas. Algunos vecinos prefirieron cerrar la ventana cuando los vieron aparecer para la fiesta de Ceferino.

Fiesta en Apycar

A Chimpay van en manada, cuidándose unos a otros. También se dejan ver por Apycar donde entre el 8 y el 10 de este mes organizaron (termina hoy) un encuentro nacional. Faltó cierta coordinación con otros grupos que también organizaron algo semejante en Córdoba. Mala suerte, para otra vez las cosas andarán mejor.

El cronista tenía sus prejuicios. Hace unos 30 años atrás un maestro de periodismo que aún vive por cierto Hunter Thompson escribió un libro dedicado a los tristemente célebres “Angeles del Infierno”, la banda de motoqueros que le sirvió de guardaespaldas a los Rolling Stone, y terminó con su humanidad magullada en medio del desierto. Pero no es el caso. Salvo un pibe que anda arriba de una Zanella con su chica y el ojo en compota, no hay mayores signos de violencia. Paz, brother.

“Martillo” es de profesión peluquero, estilista le dicen hoy, pero el fin es similar. Camina con dificultad como si sus músculos hubieran perdido la capacidad de doblar a sus huesos. ¿Un accidente en moto? No, se calló del camión.

El chico de 23 años, que mejor debería apodarse tormenta o demonio de Tazmania, lo cuenta: “Estaba ayudando en una mudanza, la puerta cerraba mal, venía medio distraído, el chofer dio una vuelta cerrada y ¡buaaaaa!, me rompí el que vos sabés”. Pasarán unos cuantos días, según el médico que lo atendió, antes de que recupere la movilidad perdida. Mientras tanto “Martillo” deberá ir por la vida como esos soldaditos verdes de plástico con plataforma. De manejar una moto ni hablemos.

Igual se las encargará para bailar a Robbie William. Cuando la radio pasa el hit Rock DJ, “Martillo” satura los parlantes con el volumen. Nadie opina lo contrario. “El pibe es así, pero es sano y cuando no está lo extrañamos”, cuenta José, mientras en una pata “Martillo” baila y jura “¡Soy inmortal!”

La idea de Horacio es crecer. Ya llegaron hasta este punto del camino y no tienen pensado volver a atrás. Oficialmente comenzaron hace un año y medio, pero ya en 1993 se juntaban a compartir asados. Al principio eran tres, cuatro. En los días cálidos de este verano suponen que llegarán a ser 50 o tal vez más. El fenómeno se expande por la región, en Neuquén también hay dos clubes similares con actividades durante todo el año.

“Es un sentimiento inexplicable lo que se siente estar arriba de una moto, el viento en la cara, no sé, no creo que haya una experiencia similar”, cuenta un pibe de unos 25 años que tiene pensado ir a mover el cuerpo después del paseo habitual por las calles de la ciudad.

Una moto de la década del ’40, del ’50 ó del ’60 pasada por las manos de un experto como Horacio, lista para agarrar vuelo cuesta alrededor de 1.000 dólares. Pero si se quiere algo más, el número no tiene techo. Una Honda de buena cilindrada, de los ’80, llega a los 3.000; una Harley, la más barata del mercado, casi 13.000. “Tener una Harley es el sueño de muchos motoqueros. Pero no hay que volverse loco, lo importante es tener una buena máquina y sentir la pasión”, explica Horacio.

Descubrimos en esta noche de sueños y ronroneos explosivos que la moto representa el espíritu de la libertad. Aun trasplantado a la Patagonia, este ícono de la cultura norteamericana conserva su esencia. Un hombre y su moto. Sí, casi como en los western. Eso somos al fin de cuentas, almas solitarias que buscan compañía.

Cerca de las dos de la mañana Horacio partirá la noche en dos. El vecindario aguanta. La Gilera tiene personalidad, vomita fuego y violencia antes de partir.

Es un sábado de diciembre, algo frío, tal vez por eso la gente se deje ver menos en los bares y las veredas. “No es que no hay ganas, loco, no hay plata”, asegura un chico en un descanso de “la vuelta” en un autoservicio.

Ningún motoquero avezado se sentiría a desgano aquí. La Patagonia tiene en su geografía la mística que buscaron las leyendas de las carreteras estadounidenses: inmensidad, calor y soledad. La gente a pie está bastante acostumbrada. Tuercen la mirada, fruncen el ceño, sonríen. Ahí vienen estos tipos de nuevo. Todo bien, “man”.

Las calles, las casas, los comercios y sus vidrieras, las chicas en minifalda, los perros que ladran y los colores de la noche se pierden veloces mientras José acelera el motor de su Honda. Es la delicada voz de la muerte que a cada minuto le susurra: hoy podrías morir. “Tendrás que esperar flaca, tendrás que esperar”. En la última parada José y Horacio ponen sus motos al frente del grupo que formaron hace unos años.

Vestidos con dos gruesas camperas de cuero miran a la cámara un instante. Después quedará flotando el trueno, el sello de los vaqueros que corren por este desierto.

Claudio Andrade


En abril de este año, Horacio buscó su destino. Se subió a una más que venerable Gilera de la década del 50 y emprendió la ruta que une General Roca con Azul. Fueron más de mil kilómetros a una velocidad de entre 50 y 60 kilómetros por hora. Unos cuatro días de camino.

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